Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


lunes, 16 de julio de 2018

¡¡Hola chicos!! Espero que hayan tenido un lindo fin de semana.Yo he escrito el capi así que feliz de cumplir.
Espero les guste. Creo que el próximo libro vendrá muy cargado con nuevas historias. Prepárense.
Un besazo enorme y gracias por comentar.


Capítulo 57.

Conexión.

Douglas.

Regresé de la Universidad junto a Marin. Había entregado la tesis escrita y ahora solo faltaba esperar la fecha de exposición. Podía decirse que me sentía relajado. Después de todo a mi edad no abundaban muchos casos de jóvenes con una carrera terminada. Cuatro años había llevado lo que para el común de la gente ocupaba siete. Tenía ganas de desarrollarme en lo que más me apasionaba, los números, análisis, y estadísticas. Tampoco había perdido el gusto por jugar a los videos pero tenía marcado lo que debía ocupar en mi vida entre la responsabilidad y el entretenimiento.

Si echara un vistazo a mi pasado, no sabría decir que fue lo que provocó que madurara. Quizás valorar la vida cuando estuve en peligro, o comenzar a contemplar el mundo con mis ojos de lobo. Salir del caparazón donde tu familia y amigos te habían pintaron un mundo sin mayores dificultades fue duro. Aunque jamás dudaré que lo habían hecho por amor.

El hecho de enamorarme y entregar el corazón también me ayudó a crecer. Hoy por hoy, lejos estaba de añorar las aventuras tras de chicas y trasnochadas de pubs y alcohol. El vértigo de desobedecer consejos ya no caía tan en gracia ni se saboreaba atrayente. Sin embargo mi carácter rebelde era parte de mí y creería que no me abandonaría hasta el final de mis días, pero ya no lo empleaba sin límite ni fundamento. Peleaba por lo que creía justo. Sentía que era más importante que el otro escuchara mis razones y para ello quedaba claro que no era necesario alzar la voz.

La mano de Marin acariciando mi espalda me trajo al presente. Frente al espejo, sentado en la cama, la contemplé sonreír.

—¿Qué miras tanto en el espejo? ¿Convenciéndote que eres un chico guapo?

Reí.

—No, solo me quedé pensando en mí. En lo que soy ahora, en lo que logré.

Ella recostó su cabeza en mi hombro y sus ojos azules me miraron a través del espejo.

—Estoy orgullosa de ti.

Giré el rostro y besé sus labios.

—Yo de ti.
—¿En serio?
—¡Claro!
—¿Crees que estoy a tu altura?
La cogí de la cintura y con el mínimo esfuerzo la senté en mis rodillas. Su largo cabello rubio se balanceó suavemente. Nos miramos a los ojos.

—No hay otra hembra que me guste más y que desee más para mi vida. Estoy orgulloso de ti.
—No hago grandes cosas –murmuró colocando un mechón detrás de su oreja.
—Eres una mujer con bellos sentimientos y un gran corazón. Eres muy dulce y bella. Además, preparas un café tan rico que ni Charles te iguala.
—¡Tonto! –Golpeó mi hombro—. Hablo en serio.
—Yo también –sonreí.
—Pero hablo sobre otras cosas, no sé… No soy nadie importante.
—¿Por qué dices eso? Para muchos eres lo más importante, me incluyo.
—Es que…
—A ver, dime la verdad. ¿A qué tienes miedo?
—Yo… No quiero que me malinterpretes. Estoy feliz por la tesis y tu carrera, sin embargo me pregunto si no seré poca cosa al lado tuyo. Solo sé hacer muy bien los quehaceres de la casa.
—¿Y te parece poco?
—No…
—Trabajas en el hospital. ¿Quieres cambiar de trabajo? ¿Te gustaría estudiar?
—Bueno, cuando era pequeña soñaba como Signy, en ser una enfermera. Ayudar a curar.
—¿Enfermera? ¿Y por qué no médica?
—No me daría la cabeza.
—¡Qué cosas dices, Marin! Vas a hacerme enfadar.
—No quiero arruinar el momento, Douglas. Otro día conversaremos y…
—No, hablémoslo ahora. ¿Quieres anotarte en la Universidad? Te ayudaré a estudiar, aunque mi fuerte no es la sangre –sonreí—. Bueno, a veces.

Rio.

—¿Sabes? Muchas veces me pregunté al verte dormir plácidamente, como eres cuando cazas. No hablas nunca de ello.
—Es que… No es algo cómodo para mí, ni halagador. No quiero renegar de los genes de mi padre, soy parte vampiro. Sin embargo no es lo que hubiera elegido para mi vida. Vivir gracias a que otros mueren.
—Entiendo. ¿Por eso cada tanto vas al hospital? ¿Por transfusiones?
—Sí. También he cazado. No lo niego. Siempre lo he hecho con Numa, aunque odio usar mis colmillos.

Besó mis labios y achinó los ojos.

—Me gustan tus colmillos.
—¿Ah sí?
—Sí, mucho.

De pronto antes que mi boca se apoderara de esos labios deliciosos, la imagen de Numa cruzó mi mente. Se veía alterado, compungido.

Me separé lentamente y cerré los ojos.

—Douglas, ¿qué ocurre?
—Nada… Solo que pensé en Numa de pronto y no lo vi bien. Es extraño. Nunca me pasó, solo con Bianca.
—¿Qué crees que es?
—No lo sé. Fue horrible.
—A lo mejor ya ha llegado de la Isla, pensó en ti, y transmitió el pensamiento. ¿Puede ocurrir?
—No tengo idea, Marin. Mis genes son una caja de sorpresas. Lo que me ocurre con Bianca no se repite con nadie más, solo hasta ahora, con Numa.
—Entonces, ¿sabías donde estaba mi prima y si estaba bien?
—No. Supongo que ella no querría contactarme… Pero ahora Numa… Lo llamaré.

Me puse de pie y busqué el móvil en la mesa del velador. Marin me observó preocupada.

—Tranquila, seguramente querrá verme. Hace tiempo no nos vemos.

Lo cierto es que no creí lo dicho. Algo extraño ocurría con Numa. Su imagen había transmitido dolor. Intenté comunicarme pero el móvil no respondía.

—Quizás esté aún en el avión –miré la hora.
—¿Por qué no vas a la mansión?
—Eso haré. ¿Vienes conmigo?
—Esta vez no, disculpa. Es que prometí a mi madre que la acompañaría con los trámites. Hoy le darán el alta a mi tío.
—Okay, cariño. Nos encontraremos más tarde y cenaremos en el centro, ¿te parece?
—Sí, no olvides llamarme para contarme de Numa.
—No te preocupes. Dale saludos a tu madre de mi parte.

Ya en el estacionamiento monté mi moto y di arranque. Una sensación de desasosiego no me abandonaba. ¿Qué estaría ocurriendo con Numa?

El móvil vibró en el bolsillo trasero de los jeans. Al ver la pantalla sonreí. Era él.

—¡Numa!
“Hola hermano, llegué”
—¡Qué bien! Voy para allí. Tengo ganas de verte.
“Yo también… Estuve mucho tiempo sin ustedes.”
—Tengo mucho que contarte. Hoy presenté la tesis.
“Me alegro, Douglas”
—Tú… ¿estás bien?
“Sí.”
—Okay, en quince minutos nos veremos.
“Por favor”.

La última frase que escuché no fue alentadora. ¿Por favor? Sonaba a desesperación.

A toda velocidad cogí la carretera que me llevaba a mi viejo hogar.

………………………………………………………………………………………………

Cuando los portones se abrieron conduje a baja velocidad por el sendero del parque. Numa estaba sentado en el segundo escalón del portal. Fumaba un cigarrillo, cabizbajo. En cuanto me vio lazó la colilla y se puso de pie. No alcancé a estacionar la moto en el garaje. Apagué el motor y desmonté a mitad de camino.

Él al principio no avanzó, se quedó de pie, mirándome. Como si no creyera que estuviera allí.

—¡Ey! ¡Aquí estás, cabrón! ¡Volviste! –exclamé.

En ese instante sonrió como si recién me reconociera.

Caminó hacia mí con pasos ligeros hasta llegar y abrazarme fuerte.

Yo también lo abracé.

—¡Qué fuertes estás! ¿Has ido al gimnasio?

Nos separamos y sonrió.

—Sí. En la Isla después del trabajo no hay mucho para hacer.
—¿Qué ha dicho Rose cuándo te vio? Imagino que habrá abierto los ojos como platos.
—Algo así.
—¿Algo así? La conozco, habrá afilado los colmillos.
—No te creas —caminó a mi lado hacia el portal—. Ya no le intereso.

Me detuve y lo miré.

—¿Y por eso estás triste? ¿Te lo dijo?
—Me lo dio a entender, pero no es solo eso…
—Vamos, entremos y me cuentas. Bebamos algo fuerte, como en los viejos tiempos.

La sala lucía solitaria. Al parecer todos estaban ocupados, salvo Lenya que salió del despacho con un maletín. Después de saludar brevemente se dirigió a la calle.

—Yo serviré el trago, ¿qué bebes?
—Coñac. No quiero mezclar y ya bebí con Charles.
—Okay, beberé lo mismo.

Al caer el líquido ámbar en mi vaso calculé la medida. Sabía que regresaría conduciendo la moto y no era aconsejable beber más de lo permitido. Sí, hasta en eso me había vuelto responsable.
Llené por la mitad el vaso de Numa y lo extendí.

—Amigo, por el reencuentro.

Chocó el vaso y sonrió.

—Por los viejos tiempos –murmuró.

Me senté en el sofá junto a él y lo insté a que contara sobre la Isla. No deseaba enfatizar sobre Rose ya que al parecer no le había ido muy bien. Él explicó sobre sus tareas, las explosiones, y la llegada de papá, Bianca, y Nicolay. Pero al cabo de unos minutos cortó la charla amena para volver a Rose.

—Le traje un anillo hecho por mí.
—¿No lo quiso?
—Sí, lo aceptó en calidad de amigos. No era lo que esperaba.

Suspiré.

—Tranquilo. Tú sabes cómo es Rose. Un día cualquiera cambia de opinión. Además… ¿Estás seguro de lo que querías proponerle? Quizás sea mejor que lo pienses. Vivir en la Isla tanto tiempo podría haberte sensibilizado pero no quiere decir que ella sea el amor de tu vida. ¿Entiendes?
—Lo que no entiendo porque todo vuelve otra vez.

Arquee la ceja.

—¿Todo? ¿Qué quieres decir?

Bebió un trago y quedó pensativo.

—Numa, ¿qué quieres decir con que todo vuelve?
—Eso… Que todo el pasado regresa –de pronto sus ojos emocionados me miraron—. ¿Recuerdas? Fue una plaza donde te vi por primera vez.
—Sí, lo recuerdo. Tú me invitaste a jugar. Me preguntaste como me llamaba.
—Sí… Y yo te dije mi nombre. Numa… Eso fue lo que te dije. No tenía mucho más para contar –bajó la mirada.
—¿Recuerdas cuando ensuciamos la alfombra de leche con chocolate? Sara casi se infarta –reí.
—Sí, y también cuando llegaba algunas tardes de la semana. Ron iba a buscarme. Me gustaba verte sonreír porque venía a visitarte. También sonreía, solo que tú no podías verme.

Bebió otro trago de coñac y lo imité.

—Recuerdo la primera noche que nos quedamos despiertos. Papá nos retó unas quinientas veces. Creo que nadie tiene su paciencia.
—Coincido –reí.
—Al fin te dormiste.
—¿Yo primero?
—Sí, lo recuerdo bien. Me quedé esperando el amanecer. Rogando porque no llegara nunca. Porque sabía que al otro día debía volver… Y no quería… No quería comenzar otra pesadilla.

Mi mano aferró su brazo y me miró fijo. Sus ojos brillaban conteniendo la pena de ese recuerdo espantoso.

—Hasta ahí, hermano. Hasta ahí quiero que recuerdes. No más.


Drank.

Esa mañana había salido muy temprano para ver al Sami. En cuanto llegué vi el sidecar al costado de la humilde cabaña y sonreí. Aún estaba cargado con víveres de distinto tamaño.
Él salió a recibirme apenas bajé de la moto. Sus tres lobos lo siguieron y en minutos me rodearon olfateando el aire.

—Oye, huelen las rosquillas.
—¿Has traído rosquillas?
—¡Claro! Dime que has hecho café.
—No te esperaba pero lo prepararé ya mismo.
—¡Qué bien! ¿Te ayudo a descargar?
—Gracias. Fui con mi gente. Les llevé medicina. La preparo con hierbas.
—Lo sé. Has experimentado conmigo, ¿recuerdas?

Sonrió mostrando una hilera perfecta de dientes.

—Cierto, el día que querías suicidarte.
—No quería suicidarme, me perdí.

Cargué entre mis brazos un par de ollas y un rollo de piel al parecer de un oso pardo. Él cogió un par de botas de cuero y tres paquetes de contenido desconocido. Más tarde descubriría que se trataba de azúcar y panes de jabón blanco.

Nos sentamos junto a la mesa cada uno en sus respectivos troncos. Porque ya me sentía dueño de aquel asiento improvisado que había talado él para mí. Cuando el café estuvo listo bebimos al principio en silencio, saboreando el exquisito líquido oscuro y aromático.

—¿Tienes amigos en la tribu? –pregunté saboreando una rosquilla.
—Todos son amigos.
—Yo también tengo amigos en la reserva. Otros amigos quedaron en Drobak, mi ciudad natal.
—¿Es lejos de aquí?
—Sí. Tienes que tomar un avión.
—¿Cómo es Drobak?
—Es hermoso –bebí un trago lentamente—. Tranquilo, como en Kirkenes, pero sin tanta nieve. Hay muchas flores en primavera y la gente en verano suele bañarse en el lago. Hay un bosque muy bonito. Las parejas van a pasear por allí y… —callé—.

Me miró y bebió en silencio.

—Te he contado de Liz, ¿verdad?
—Sí.
—Tendrá su bebé para otoño. El padre es Lenya Craig. Yo… la amé mucho.

Depositó la taza en la mesa cuidadosamente. La vista quedó fija en la madera rústica. Nada preguntó. Solo esperaba que yo contara. A veces preferimos que nos llenen de preguntas a tener que desmenuzar nuestra historia. Aún más si esta no tiene final feliz.

—Ella visita la reserva –continué—.Todos la quieren. Liz es muy agradable y simpática. Tiene un carácter especial, lo sé.

Sonreí.

Me miró al fin pero continuó en silencio.

Eché un vistazo alrededor en la cabaña. Quizás para no mirarlo a los ojos y que descubriera mi tristeza que aunque superada estaba allí, en el fondo de mi corazón.

—Creo que siento nostalgia por lo vivido. Lo pasamos bien. Peleábamos, cierto… Ella es muy celosa. En ese sentido compadezco a Lenya… No, mentira… No lo compadezco. Lo envidio. Es horrible sentir envidia. ¿Tú te has sentido así?
—No sé que es la envidia –contestó.
—Eres muy afortunado.
—Debes buscar otra hembra.

Reí.

—Amigo, no puede buscarse un amor. Si a eso te refieres.

Arqueó la ceja, curioso. Comprendí que tampoco sabía que era el amor.

—No es lo mismo que tener sexo –expliqué—. Tú… ¿Has tenido sexo?
—Ajma.
—¿Perdón? ¿Ajma? ¿Es la hembra que tiene sexo contigo?
—Sí.
—¿Te encuentras con ella?
—Cuando la luna está en creciente voy a la reserva Sami.
—Ah… Y… Tú vas, ¿y ella te espera para tener sexo y regresas aquí?
—Sí.
—¿Pagas por ello?
—¿Por qué lo haría? No es una cosa para comprar. Ella le gusta.
—Imagino que sí –murmuré.

El Sami sería para cualquier chica un excelente espécimen. No imaginaba como habrían arreglado el tema del sexo entre la tribu. A lo mejor por él, Ajma sentía algo más.

Quise sanar mi curiosidad pero preferí callar. El Sami se habría criado desde pequeño aquí. Sospechaba que era el mismo Rob del que hablaba Mamina. ¿Pero por qué no habría querido regresar nunca a la reserva de lobos?

—Ella me enseñó –murmuró.
—Ah… Y… ¿Solo vas cuando la luna está en creciente?
—Sí.
—Después… Quiero decir, ¿después no sientes necesidad?
—A veces, pero lo hago solo. Ella también me enseñó cómo hacerlo. ¿Quieres que te explique? Porque si extrañas a Liz podrías…
—No, no, gracias, sé cómo hacerlo –lo interrumpí.

No deseaba una clase teórica de masturbación.

Finalmente reí. Me observó con el ceño fruncido.

—Perdón, no me río de ti. Te lo juro. Es gracioso que esté hablando contigo sobre esto.
—¿Por qué? Somos amigos. Si algo no sabes puedo contarte.
—Sí, yo te lo agradezco. Es que el tema ya de por sí es engorroso.
—¿Engorroso?
—Incómodo. Digo, el tema del sexo.
—Es naturaleza.
—Sí, lo sé.
—Si no supieras beber agua o comer te enseñaría.
—Entiendo. Fuera de tu mundo las cosas no funcionan así. El sexo es algo oculto dentro de todo. En esta época, no tanto como muchos años atrás, sin embargo se conservan ciertos límites. Si quieres sexo debes buscar la forma, hay reglas. Aunque ella esté de acuerdo no puedes en la calle tocar sus pechos o practicar sexo oral en cualquier lado, ¿entiendes?

Negó con la cabeza.

Carraspee. Lo admito, yo solito me había metido en el brete.

—¿Cómo lo hacen con Ajma?
—Pues… Ella me espera en su hogar pero el resto sabe que haremos. No molestan. Nos quitamos la ropa y la monto.
—¡Eh! ¿Así nomás?

Encogió los hombros.

—¿No la acaricias ni ella a ti?
—No. Porque yo no soy su macho. Quiero decir, no soy su marido.
—¿Su marido lo sabe?
—No, él murió. Ella no quiere marido.
—Ah, entiendo…
—¿Tú tocaste a Liz?
—Sí, ella era mi chica. Algún día tú también tendrás tu chica y sabrás de qué hablo. El sexo no es un acto repetitivo y por necesidad si sientes otras cosas.
—¿Amor?
—Exacto. El acto es más completo. Sentirás más placer cuando te ocurra.
—Amigo, ¿qué es el sexo oral?

Abrí la boca y la cerré.

—Bueno… es… como te explico.
—¿Es difícil?
—No… Es… —carraspee otra vez.
—¿Más café? –preguntó.
—Por favor.

Esto iba para largo.

Creo que había pasajes en mi vida que nunca olvidaría. La cara del Sami mientras explicaba a qué me refería con el sexo oral, era uno de ellos. Quedó impactado. Y muchas veces tuve que esforzarme para no tentarme. Lo hubiera hecho sentir muy mal y no era la intención. Recordé explicarle que no lo intentara con Ajma, salvo si ella estaba de acuerdo.

En lo sucesivo seguimos hablando sobre otros temas sin importancia. La escuela lista a inaugurar, mi deseo de estudiar alguna carrera, y cosas por el estilo. Sin embargo el Sami volvió a preguntar sobre el amor. Entendí que yo era la única conexión que tenía con el mundo exterior. ¿Quién le enseñaría si no era la tribu o yo?

Traté de explicar con palabras sencillas lo que significaba enamorarse. Cuando la ves, te transpiran las manos, el corazón te palpita, y no te salen las palabras. Sientes que toda la tierra gira en torno de ella. Quieres estar siempre a su lado, que su cuerpo este pegado a ti, abrazarla, besarla. Si ella se aleja, todo se oscurece, nada tiene sentido.

Mientras él me escuchaba, pensaba si algún día me sentiría otra vez así. Enamorado.

—Nunca querré estar enamorado –susurró.
—¿Por qué? Es maravilloso.
—La gente hace cosas malas cuando está enamorado. Tú no las harás, ¿verdad?
—¿De qué hablas?

Negó con la cabeza y cambió de tema.

—¿A quién se refería el Sami? ¿Quién habría hecho cosas malas por estar enamorado?

Poco a poco la conversación tomó otro rumbo. Hablamos del próximo verano y los frutos que daría el bosque. Había ciertas moras que no podías probar porque envenenaban. Dijo que me enseñaría a identificarlas. Después, comió las rosquillas disfrutando de esa reunión entre amigos. Lucía un semblante relajado y feliz. Pero todo cambió cuando mencioné quien las había preparado.

—Las hizo Mamina.

No me miró, sin embargo noté el impacto al escuchar ese nombre.

—Conoces a Mamina, ¿verdad?
—¿Quieres más café? –fue la evasiva respuesta.
—No, gracias. El tazón fue suficiente.
—Mejor, yo… tengo cosas que hacer.
—Okay… Yo… También debo irme.

Me puse de pie y me imitó. Quise ayudarlo con las tazas pero se adelantó y cogió ambas. Me dio la espalda mientras se disponía a enjuagarlas en una tina de agua limpia.

—Nos veremos otro día –saludé—. Hasta pronto.
—Hasta pronto –contestó sin mirarme.

Salí de la cabaña y subí a mi moto. Los lobos me observaron desde el portal. Antes de arrancar el Sami salió. Lo miré, apenado.

—Siento haberte hecho enfadar.
—No estoy enfadado contigo, “brann har”. No conozco a nadie de la reserva.
—Entiendo. Hasta pronto amigo.
—Hasta pronto.

Bernardo.

Recorrí el futuro Jardín de Infantes, junto a Louk y Tim. Mike, Kriger, y Vinter, se retiradon temprano a descansar. Habían estado ayudando en la limpieza de restos de materiales de construcción para que mañana Drank, July, Sabina, y yo, termináramos los últimos detalles como dar brillo a los pisos y limpiar los vidrios.

Tim abrió el armario de madera y observó detenidamente.

—¿Crees que sea suficiente para guardar todo aquí?

Me acerqué y abrí la segunda puerta.

—Sí, no olvides que tenemos los baúles para juguetes en el rincón del aula. Esto servirá para carpetas de dibujo.

Louk se acercó con una caja de bloques.

—Además son muy pequeños. Será como guardería. ¿Qué edades abarcará?
—De tres a cinco. Servirá para aquellos padres que tiene que trabajar lejos y no pueden dejar sus críos con un familiar. Por supuesto que el docente les enseñará lo básico.
—A propósito, ¿ya tienes la maestra? –preguntó Tim.
—No, el próximo lunes vendrá la inspección para dar el okay a las instalaciones. Ellos se encargan de elevar la nota de pedido y de enviar algún maestro o maestra.
—No creo que nadie quiera venir hasta aquí. Es una pena que July no haya terminado la carrera de docente –se apenó Louk.
—¡Qué quieres! Si se pasa cuidando tres hermanos más pequeños y haciendo las tareas de la casa –afirmó Tim.
—No tiene más remedio. Su padre trabaja en Kirkenes y su madre pasa tejiendo telares para vender. Cuando me case con ella y viva conmigo insistiré para que continúe la carrera.
—Calla Louk, cuando te decidas y te cases, July tendrá cincuenta años –rio Tim.
—Anda cabrón, ¡qué sabes!
—A ver, dime. ¿La llevarás a vivir con tu abuela?
—Mamina dijo que no. Que debemos vivir solos.
—¿Has visto? Hasta le has preguntado.
—No te metas, Tim. Sé lo que hago.
—No me meto, es un consejo. ¿No ves que tu chica le encantaría tener una familia? Le encanta los niños.
—¿Por qué no te buscas una novia, Tim?
—Basta los dos –protesté—. Ayúdenme a sacar las bolsas de arena. Las pondremos bajo el alero por si llueve.

………………………………………………………………………………………………...

En quince minutos terminamos de cargar las bolsas. El sol dormía en el horizonte cuando las vi por el sendero.

—Tenemos visitas.

Tim y Louk se miraron con disgusto.

—¿Qué querrán estas dos? –murmuré.

Camile y Suly llegaron hasta la puerta abierta de par en par. Se quedaron de pie esperando que diera permiso para que entraran.

—Adelante. Si buscan a Carl, ya se marchó.
—No busco a mi hermano, Bernardo. Necesitaba hablar contigo.
—Dime, ¿en qué puedo ayudar?

Camile echó una mirada al aula principal y recorrió con pasos lentos sin perder detalle.

—Se trata de mis hijos. Ya no puedo enviarlos al colegio privado. Perderán el año. Me gustaría saber si podrían asistir aquí.
—Lo siento, no es mala voluntad. No construimos una escuela con todos los grados. Es solo un Jardín Infantes y hay otra aula para apoyo escolar.
—Lo sé. Por eso mismo. No quisiera que estuvieran todo el resto del año sin practicar. ¿Pueden asistir y prepararse para rendir libre?
—Bueno, en ese caso no tendría objeción. Aún no tenemos maestros, quizás en menos de un mes.
—Esperaré.
—Como gustes.
—¡Ay pero qué belleza estas mesitas coloridas! ¿Has visto Suly?

La hermana de Carl miró a Camile.

—Son bonitas.
—¿Quién iba a imaginarse que podían lograr tanto refinamiento y elegancia?

Suspiré… Paciencia…

—Debo irme –dijo Tim cogiendo su morral—. Carl prepararía la cena y no quiero dejarlo con todo.
—¡Qué gentil! –se burló Camile.
—¿Cómo está mi hermano?

Tim giró para verla a la cara.

—Está bien, buenas tardes.
—También me voy. Prometí a Drank ir al centro de Kirkenes –dijo Louk.
—Drank no está –camile se acercó a Louk—. ¿No lo sabes? Salió muy temprano. ¿No te lo dijo?
—Drank no tiene que decir todo lo que hace –interrumpí de mal humor.
—Oh… ¿Tú tampoco sabes dónde va? Es curioso. Eres el alfa, supongo.
—Camile si no tienes nada más que decir, las despido. Debo cerrar las puertas.
—¿Ya? Pensé que podía ayudar en algo.
—¡Qué tarde te has acordado! –enfureció Louk.
—Vamos, buenas tardes –dijo Suly.

Pero Camile no se movió para marcharse. Al contrario, se acercó a Louk.

—Deberías controlar tu carácter, lobo. Recuerda, puede ser peligroso. Es una suerte que no te mezcles con humanos. Tu carácter y los humanos serían una bomba de tiempo. Me daría mucha pena verte un día ser echado de la reserva. No lo olvides.

Louk frunció el ceño.

—Vamos Louk. Cerraré y regresaremos. Sabina también espera para cenar.


Douglas.

Mi padre llegó con mi hermano y Bianca dos días después de haberme reencontrado con Numa. Esta vez Marin me acompañó a la mansión y aprovechó a verse con Liz. Ambas tenían mucho de qué hablar, y yo tenía una conversación pendiente con la dama de los Craig.

Apenas entré a la sala pregunté por ella a Charles. Dijo que estaba en su habitación hablando con Scarlet. Se le notaba a nuestro entrañable mayordomo el nuevo semblante relajado y feliz. Subí las escaleras con una mezcla de sentimientos encontrados. Golpee la puerta y Scarlet me abrió. Me quedé recostado contra el marco con las manos en los bolsillos de mis jeans. Bianca se asomó pero no sonrió. Scarlet murmuró un “permiso”, después se retiró.

Me quedé contemplando unos segundos a Bianca y ella a mí, hasta que expresé con disgusto.

—No fue justo.

Bajó la mirada y se echó atrás para dejarme pasar. Cerré la puerta y permanecí de pie. Ella se sentó en la cama.

—Me asustaste. Creí que no regresarías. Ni siquiera supe que te ocurrió.
—No me entenderás –susurró.
—Inténtalo, ya no soy un niño.

Me adelanté unos pasos y apoyé mi culo en el tocador. Crucé los brazos y esperé.

—No estábamos bien con tu padre. No me sentía fuerte para hacer frente a una crisis bajo el mismo techo. Necesitaba escapar.
—¿Fue por Nicolay?
—En parte. Pero no por culpa del niño. Sentí que tu padre no me hacía partícipe de su paternidad.
—La Bianca que conozco lo hubiera planteado.
—Sí, pero no era la misma. El hecho de no poder darle un hijo, ver a mi padre junto a mi tía… Reconocer que no fui un hijo deseado. Intentar acercarme al niño y que no me permitieran. Me sentí demás en esta casa. Estaba vacía, vi todo negro. Por otra parte, el mensajero de la muerte que no me dejaba en paz. Quiere su don y se acaba el tiempo.
—¿Cómo se lo devolverás?
—Hallaré la forma, no te preocupes. Todo lo sucedido fue demasiado, una gran depresión.
—Puede entender tu depresión, sin embargo pudiste venir a mí.
—Tú no lo solucionarías.
—¡Tú qué sabes! Podría haber hablado con papá. Podría haberte escuchado desahogarte. Pero no pensaste en mí. Ni siquiera estando lejos me tranquilizaste. Intenté conectarme contigo y era evidente que no era tu idea.
—No. No era mi idea. Necesitaba aislarme, Douglas. Sin embargo… sí, tienes razón. Debí tranquilizarte. Lo siento. Sabes lo que te quiero. No dejes de quererme por este error.
—No dejaría de quererte, Bianca. Porque te quiero tanto estoy enfadado. De lo contrario me importaría un cuerno que entraras y salieras de la mansión. Además… —me acerqué y me senté a su lado—. Papá lo pasó muy mal. Es mi padre, Bianca. No quería verlo sufrir.
—Lo sé, lo siento. Debe ser extraordinario estar en el lugar de tu padre y saber que todos lo cuidan muy bien. Estar tan… protegido.
—No seas injusta. Sabes que todos aquí te amamos y no queremos verte mal. Yo mismo arrancaría los ojos de cualquier enemigo tuyo.
—Perdón… Me sentí sola, y no busqué ayuda tampoco. Me arrepiento de no haberte dicho nada. No te lo merecías… Lo sé.

Bajé la vista.

—¿Y con papá? ¿Solucionaron la crisis?
—Estamos en eso. Pero nos amamos, no lo dudes. No me fui porque no me interesaba.
—¿Le has dicho lo que sentías?
—Sí. Él admitió sus errores y yo los míos.
—¿Qué ocurrió con el mensajero de la muerte?
—Por ahora todo está controlado.
—¿Segura?
—Sí, puedes quedarte tranquilo.
—¿Y con Nicolay? ¿Cómo te has llevado en la Isla?

Sonrió.

—Excelente. Es encantador. Pudimos compartir solos y eso ayudó. Si hubiera estado Ekaterina otro cantar hubiera sido.
—¿Ekaterina?
—La tía del niño.
—De todas formas la cruzarás poco.
—No te creas. Tu padre dio autorización para que viva aquí.
—¿Qué?
—Lo veo perfecto, Douglas. Nicolay ha tenido una gran pérdida por la muerte de su madre. Mudanzas, un juicio por filiación. Es mucho para un niño de siete años para que además se le prohíba tener contacto cotidiano con su tía.
—No entiendo porque no vive con los errantes. Papá les dio la guarda. Podría ver a Nicolay allí.
—El niño la extraña. Te repito, no tengo objeción mientras ella no se interponga y me dé el lugar. Supongo que lo entenderá. Quizás este celosa.
—Me has asustado, Bianca.

La miré y me miró con esos ojos tan bellos y cálidos.

—Tienes los ojos más bellos de toda la mansión. Y pensar que fui el primero que te los vi. ¿Recuerdas? Aún estabas en el hospital con Charles, después de aquella inundación.
—Sí, lo recuerdo.

Sus dedos acariciaron mi cabello.

—Lo siento, Douglas. No quise lastimarte. Con mi huída, créeme que la he pasado fatal. No fue un recreo. ¿Me perdonas por preocuparte?
—Solo si prometes que no volverás a alejarte sin decirme dónde estás. Tu ausencia fue volver a sentirme como aquellos días que no se sabía nada de ti. Cuando creímos que habías muerto.

Levantó su mano derecha.

—Lo prometo.

La abracé fuerte.

—Tú no puedes fallarme, Bianca. Porque desde el día que prometiste que no dolería aquella transfusión, no solo te entregué mi confianza, sino mi corazón. Puedes divorciarte de mi padre, dejar de gustarte las cosas que siempre te han gustado, abandonar tu profesión, todo lo que se te ocurra, pero no puedes cortar el lazo que nos une. Sé que me quieres como un hijo y yo como si fueras mi madre. Esa unión, es indisoluble.
—Lo siento, cariño. Te quiero, no volveré hacerte sufrir.

Numa.

A la noche nos reunimos todos los Craig en el salón comedor. Por supuesto que el bife de cordero con patatas preparado por Margaret solo tuvo tres destinatarios, Douglas, Marin, y Nicolay. El resto bebimos café. El medio que nos rodeaba respiraba armonía. La dama de los Craig había regresado y las charlas eran alegres y distendidas. Yo me sentía feliz, pero extraño. Algo dentro de mí apretaba el pecho y deseaba salir. Igual cuando quieres llorar y limpiar toda la mierda de adentro.

Bebí un sorbo de café y me entretuve en observar a mi familia. Porque aunque no tenían mis genes me consideraba perteneciente al aquelarre. Me hubiera gustado nacer vampiro, ser un Craig de sangre, pero era lo que había. Mi historia se había escrito muy diferente a ellos, sin embargo debía sentirme agradecido de haberme cruzado con Douglas hace tantos años. No debía permitir que mi pasado empañara el presente, pero… tenía miedo de que tarde o temprano las oscuras sombras de mi horrenda niñez me impidieran ser feliz.

¿Por qué regresaban esas imágenes tortuosas?

El grito de Scarlet me hizo saltar de la silla. Lenya había dejado un ratón a cuerda sobre la mesa para sorpresa y enfado de las hembras.

—¿De dónde has sacado ese ratón? –protestó Marin.
—¡Es mi juguete! –exclamó Nicolay estirando la mano para cogerlo.
—Parece de verdad –rio Bianca.
—Mi amor, pero si ese ratón se nota que es a cuerda –rio Sebastien.
—Ahora lo veo pero al principio lo vi correr sobre el mantel y me asusté.
—¿Abres muertos y te asustas de un ratón? –preguntó Rodion risueño.
—Es horrible –apoyó Sara.
—Me dan impresión los bichos –se quejó Marin.
—Cariño, mi bicho no te impresiona –rio Douglas.

Marin golpeó su hombro.

—¡Grosero!
—Douglas… —la voz de Sebastien se escuchó neutra y firme.
—Perdón, pensé que no habían escuchado.
—Pues fíjate qué sí, se ha escuchado perfecto.
—Lo siento, papá.

Sonreí.

—¡Escuchen! –Exclamó Scarlet—. Tengo que decirles algo importante.
—¿Te casas con ese patán de Grigorii? –preguntó Lenya.
—No, idiota. Se trata de mi ascenso. Damas y caballeros, me ascendieron de grado.
—¿Ya no tendrás que hacer rondas en la calle?
—Sí, Charles. Eso sí.
—¿Tendrás un grupo a tu cargo? –preguntó Sebastien.
—No.
—Pues entonces, ¿cuál es la diferencia? –se burló Lenya.
—En la práctica todo igual. Es cuestión de estatus.
—¡Ooooh! –Exclamaron a coro.
—¿Están burlándose de mí?
—Cariño, no hagas caso, te felicito.
—Gracias Bianca.
—Yo también te felicito –apoyó Liz.
—¡Qué lindas cuñadas tengo! –lanzó dos besos en el aire.
—¿Dónde está Ekaterina? –Sebastien observó alrededor de la mesa.
—Creo que ha querido quedarse en su habitación –informó Rose.
—En la habitación de Numa, dirás —agregó Douglas.

Margaret se levantó de la silla.

—Yo iré por ella.
—Prepararé más café –dijo Charles.

Rose me miró apenada.

—¿Dónde duermes tú?
—¿Por qué? ¿Quieres hacerme una visita? –murmuré por lo bajo.
—¡Idiota! Pregunto para saber si estarás cómodo –se enfadó.
—Gracias. Puedo dormir en cualquier parte. Estoy acostumbrado a la calle. ¿Sabes que es dormir en la calle? No, ¡qué vas a saber tú!
—Numa…

Mi amigo miraba asombrado.

—¿Qué te ocurre?
—Nada, lo siento.

Dando una excusa, saludé y me levanté de la mesa. Avancé hasta la puerta y al abrir choqué con Ekaterina.

—Lo siento.

Ella me miró a los ojos y noté un ligero rubor. Se quedó inmóvil como estatua. Mi iris paseó en segundos por sus labios, su cuello de piel inmaculada, y el nacimiento de esos pechos voluminosos a través del escote.

Ella rápidamente intentó cerrar con una mano el primer botón de su vestido.

—Si me permites pasar.
—Sí… —susurró.

Salí de allí y subí la escalera hacia la habitación de Douglas.

NOTA: ¡Cómo le gusta enredar a la autora! Jajajaja.