Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


martes, 23 de enero de 2018

¡Hola mis chicos! Dejo para ustedes capi 42. La tormenta avanza sobre la mansión de los Craig. Ya nada será igual ni podrá volverse atrás. Una perspectiva única de la mano de Hela.
De aquí en más tocaremos el tema de la discriminación. Con todos sus matices. Es fácil proclamar la igualdad pero no es tan sencillo si nos toca de cerca. Traté de ubicar a mis lectores en cada posición con errores y razones. Por eso tantas perspectivas en el capítulo. Espero les guste y ansío sus comentarios. Me hacen feliz. Besitos.


Capítulo 42.
Soledad.

Hela.



Caminé por senderos pedregosos, trepando por rocas filosas, esquivando pequeñas corrientes de agua turbia, hasta llegar a la cima. Desgastada, casi sin fuerzas, me senté a las puertas de la caverna. La luz mortífera de alrededor contrastaba con la energía potente y refulgente del interior del túnel. Era la energía que necesitaba para reponerme por bajar al mundo de los vivos. Pero yo no podía entrar para renovarme. Estaba prohibido para mí hasta que mis dones no estuvieran completos.

Cada vez que me transportaba al mundo terrenal y abandonaba el espiritual, mi poder se menoscababa. No solo por la materialización sino porque el hábitat de los llamados “vivos”, estaba contaminándome. Sin embargo, ¿cómo hacer para seguir en contacto con aquel ser que se había llevado parte de mí? No había otra salida.

Millones de años atrás, cuando ocurrió aquel desastre universal, muchos planetas volaron en mil pedazos terminando con toda vida existente. El sol atrajo constelaciones enteras incinerando cada molécula viva. Vivíamos en un mismo mundo cuando todo ocurrió. Nunca supimos si algo o alguien nos habrían creado, pero íbamos a morir como cualquier raza que habitaba. Entonces, algo pasó, inexplicable, incomprensible. La fuerza de gravedad de algún cuerpo del espacio nos atrajo junto a gran parte del planeta. Fue desgarrando tierras y mares dividiendo en dos aquel primer hogar donde nacimos. Una energía poderosa cubrió cada rincón y nos envolvió en la neblina. Nuestro lugar quedó reducido en comparación a lo que era antes, y comenzamos a subsistir por la misma energía que nos alimentaba. Ya no necesitábamos comer, beber, ni dormir. Comenzamos a agruparnos, todos aquellos que habíamos corrido con la suerte de encontrarnos del lado correcto. Aunque quizás fue casualidad.

Supimos poco a poco que nuestros cuerpos ya no importaban, sino una parte de nosotros a la que llamamos espíritu. Cada uno tenía en su ser algo extraordinario, vigoroso, independiente de lo físico. Podíamos flotar, desaparecer y reaparecer, saber los pensamientos del otro, y transmitir energía. También con el tiempo nos dimos cuenta que cada falla o defecto en nosotros nos deterioraba, reducía el poder. La energía que nos envolvía y alimentaba era etérea y liviana, por lo tanto todo pensamiento y acción que derivara en el egoísmo, arrogancia, maldad, pesaba mucho más. De esa forma quien incurría en ello parecía diluirse hasta desaparecer por completo. Fue así como decidimos vivir en armonía. Con reglas, sí. Porque no hay grupo de seres sean de cualquier raza que subsista mucho tiempo sin un orden respetuoso a seguir. De lo contrario, el exterminio de unos contra otros sería el final irremediable.

Eché una mirada al precipicio. Allí, muy por debajo de nuestro lugar en el universo, estaba la tierra. Nombre que le pusieron los científicos humanos. Era la parte dividida por aquella fuerza de gravedad. Ellos también se salvaron pero quedaron muy lejos de nosotros. A esa unión de millones de kilómetros no los envolvió la misma energía, sino algo llamado atmósfera. Sin embargo, parte de nuestra neblina poderosa, ha quedado suspendida en diferentes regiones. Las razas terrestres no la han sabido aprovechar y han logrado que lo etéreo que alimenta nuestro espíritu escasee cada vez más.

Observé el borde de mi atuendo azabache caer sobre mis pies descalzos. Aún podía visualizarlos. Lo mismo que mis delgadas y huesudas manos. Por ahora no corría peligro de desaparecer y formar parte de la neblina. Sin embargo, no tenía demasiado tiempo.

Muy lejos de aquí, en la tierra, Bianca McCarthy vivía como vampiresa. Su conversión rozó el límite de mi mundo y el de ella, y su fortaleza la hizo regresar. Las hebras azabaches de su cabello se escurrieron en mis dedos hasta que se evaporó ante mis ojos. No tenía nada contra ella, solo deseaba mi don robado. Cierto que para devolverlo debía llegar al límite otra vez. Si Bianca lograba escapar, sería difícil. No porque yo pudiera retenerla. Eso estaba prohibido. Pero dudaba que la flamante dama de los Craig, en el estado que se encontraba, venciera la energía poderosa de mis tierras.

—Sabes qué no puede quedarse por tu voluntad, sino por la de ella.

Giré el rostro para ver a mi hermana salir de la caverna.

—Lo sé. Conozco las reglas.
—Hela, procura no incurrir en un error. Si en el instante que la traes alguien más la toca o la abraza, deberás no solo dejarla partir, sino ayudarla a regresar.
—Lo sé. Pero Bianca está muy sola. Todo va de mal en peor para ella, y juro que no tengo que ver. Solo he pedido mi don. Es su historia que la ata, la mortifica.
—Me enterado por Adrien. Aunque puede alguien querer sacrificarse con ella. Entonces, tomarás lo que es tuyo y la dejarás partir. Recuerda, Hela… Ella sola. Otro ser no sería correcto que quedara entre nosotros si no es su hora de partir de la tierra.
—No te preocupes, hermana. Haré lo que se debe.


Lenya.



Observé a Scarlet caminar decidida hacia la escalera mientras mi hermano acompañaba al pequeño benjamín a su habitación. No sabía cómo Sebastien se las ingeniaría para hacer dormir a Nicolay, pero recordando todos los días que me consumía pensando en ser buen padre para mi bebé, deduje que no sería tarea fácil. Por lo menos tenía varios meses para ensayar e imaginarme miles de situaciones y sus respectivas soluciones. La naturaleza era sabia y te otorgaba un tiempo para hacerte a la idea de tan grata responsabilidad. ¿Sin embargo él? De pronto debía encargarse de un hijo de seis años. De recordar cómo educar, cómo contener, qué hacer y qué decir.

Por otra parte según decía Rodion, todo lo que planeaste durante el embarazo, como ser, no malcriarlo, intuir porqué llora y demás, no servía prácticamente de nada. Al tenerlo en tus brazos solo desearé que no sufra aunque sea por un capricho. “Es un amor muy grande, Lenya, no puedo explicártelo con palabras”.

Rodion… Regresé a mi habitación y cogí los papeles. Antes de salir escuché a mi Nerea en la ducha. Tarareaba una canción muy dulce y por un instante creí que una sirena había ocupado el baño.

Sonreí. Al menos no estaba triste.

Partí con rapidez hasta la habitación de Rodion y Sara. Deseaba darles la sorpresa.

Al golpear la puerta pude escuchar el suave llanto de Dyre. Sonreí. Tenía un sonido muy bonito a pesar que sonaba a reclamo. ¿Cómo sería el llanto de mi bebé?

Sara abrió la puerta un tanto desaliñada.

—Lenya, lo siento. Estoy un poco despeinada y no me lavé la cara. Es que Dyre me despertó y quiere su leche.
—No te preocupes. ¿Rodion?

Ella abrió la puerta de par en par para que pudiera responder mi pregunta. Allí estaba, junto a la ventana, de pie, con su niño en brazos tratando de calmarlo.

Volví a sonreír.

—¿Te tiene a mal traer?
—Es que es glotón –rio—. Además no quiere dormir en la cuna.
—¿Por culpa de quién? –dijo Sara arqueando una ceja.
—Mi amor, no lo puedo dejar llorar tirado en su camita y nosotros contemplándolo como si nada. Pobrecito.

Sara y yo reímos.

—¿Pobrecito? Rodion, el bebé no está tirado como dices. Duerme en una cuna muy cómoda y costosa por cierto, con decenas de muñecos de peluche.
—Pero Sara, él quiere estar con nosotros. Ha estado nueve meses, un poco menos, formando parte de ti, y de un día al otro… Imagínate.
—Lo que puedo imaginar es que será un malcriado si no ponemos límites. Es por su bien.
—Creo que Sara tiene razón. No puedes vivir con él en brazos. Ahora… Vine no en papel de consejero sino… a traerte esto…

Extendí los papeles y esperé que se acercara a cogerlos.

Sara se apoderó de Dyre y me lo entregó. Mis brazos lo rodearon, lo apreté contra el pecho, y mi torpeza hizo el resto.

El niño comenzó a llorar.

—¿Qué hago? –pregunté asustado.
—No lo aprietes tanto.
—¡Ah claro! Es que tengo miedo que se caiga.

Sara lo acomodó mejor y guió mis manos para sostenerlo. Dyre me miró por unos segundos. Su barbilla tembló.

—¡Ay, cielos! ¡No quiere saber nada conmigo!
—No digas eso –rio Sara—. No te conoce demasiado. Dale tiempo.
—Ah… Sí… ¡Hola Dyre! Soy tío Lenya. ¡No! Espera. ¿Qué soy de él?

Sara volvió a reír.

—Su hermano. ¿Verdad Rodion? –sus ojos se dirigieron a su marido que leía atentamente.
—¿Qué es esto, Lenya? –Preguntó.
—Eso es… Algo tuyo… Desde hace años.

Caminó lentamente hasta sentarse en el borde de la cama. Las manos temblaban. Su rostro… asombrado.

—¿Qué es, amor?
—Lenya… —susurró él.

Sara se acercó y se sentó junto a Rodion. Poco a poco leyó la escritura de la mueblería de Moscú.

—Este negocio era de mi padre, después fue de mi hermano –explicó con voz quebrada.
—Esa mueblería es tuya –retruqué.

Levantó la vista y me miró mientras yo hamacaba en mis brazos a Dyre. Con ojos llorosos recorrió el rostro de Sara.

—Es una larga historia –balbuceó.
—Tengo tiempo –murmuró ella acariciando su cabello.
—Yo… Hace muchos años, cuando era humano, lo perdí todo.
—No lo perdió. Su hermano Sergey se lo robó –acoté.

Sonrió débilmente.

—Quedé en la calle, sin nada. Sin hogar, sin familia. Vagué por muchos lados, trabajando de lo que podía. Mi experiencia en muebles y madera ya no era útil, así que hice lo que podía. Trabajé en una estación de tren donde también comía y dormía.

Giré despacio a Dyre entre los brazos hasta que pareció sentirse cómodo.

—Cuando llegué a Mursmark hacía tiempo vivía en la calle. Había cumplido treinta años y no tenía esperanza de ser feliz, ni siquiera de ser alguien. Parecía un fantasma. Sin embargo, esa noche que jamás olvidaré… La conocí a ella.

Tragué saliva. Una infinita tristeza ganaba mis entrañas y formaba un nudo en mi garganta. La extrañaba, aún la extrañaba. La muerte no nos prepara ni el tiempo nos acostumbra. Ese instante que Rodion trajo el pasado me di cuenta cuánto me hacía falta. Aunque ya fuera adulto y a punto de ser padre, aún así…

Rodion continuó…

—Ella, Halldora, hizo que me diera cuenta que valía la pena luchar y empezar de nuevo. Fue así que volví a creer que podía tener dignidad.
—Nunca la perdiste –aseguré.
—Siento traer su nombre en tu presencia –dijo mirándola a los ojos.

Sara sonrió.

—No te preocupes. Prefiero tener a mi lado un ser que sabe que es el amor a otro que nunca lo ha sentido.
—Por eso me enamoré de ti –susurró. Después me miró emocionado—. ¿Cómo lo lograste?

Sonreí.

—Soy muy bueno jugando al póker. Tu sobrino, único dueño, apostó y perdió.
—¿Así de sencillo?
—Bueno… Digamos que no fue tan fácil de cómo suena. Indagué sobre algunas vidas, Natasha me ayudó.
—¿Mi hermano?
—Murió en un accidente. Tuvo a Rudolf cuando ya era mayor. Alrededor de cuarenta y cinco años. Creo que eso influyó para criar un hijo dándole gustos y caprichos. Manteniendo un jugador empedernido.

El niño comenzó a llorar.

—Creo que tiene hambre –dije acercándome a Sara.

Ella se puso de pie y lo cogió en brazos.

—Iré por la leche. Gracias por lo que has hecho Lenya.

Cuando cerró la puerta Rodion se puso de pie y me abrazó.

—¡Gracias! ¡Gracias por esto! Y gracias a ti y a tu madre por cruzarse en mi vida.
—Bueno… Yo no te lo hice tan ameno. Cuando te convertí… —bajé la vista.

Él cogió mi barbilla y me miró a los ojos.

—No hubiera soportado los desplantes de cualquiera. ¿Sabes por qué lo hice?

Negué con la cabeza.

—Porque ella no solo me enseñó lo que era amar a alguien, sino a leer corazones. Yo aprendí a leer tu corazón.

Antes que la primera lágrima corriera por mi rostro, sonreí y abandoné la habitación.
Por el pasillo hacia mi alcoba, las voces de aquellos tiempos lejanos llegaron a mi memoria…

“Rodion, Lenya no saldrá de casa porque ha peleado con un chico”.
“Pero Halldora, es normal que a los quince años se pelee. No seas tan dura”.

Después otras escenas le siguieron… Mi madre sentada cerca de aquella pequeña ventana, enseñándome una canción de Navidad. Los ruidos de la humilde cabaña, el frío que se colaba por las rendijas, mi cama cubierta por aquellas pieles, el perfume de ella en cada rincón. Aún podía olerlo si cerraba los ojos… Aún podía sentir sus manos acariciando mis mejillas… Grandiosa memoria que trae recuerdos. Es el regalo que te dejan los ausentes… Los muertos no se van del todo.

Cuando llegué a mi habitación, abrí despacio la puerta entre tanta congoja. Mi amada miraba por la ventana y peinaba su largo cabello. Giró lentamente y me observó.

—¿Estás bien?
—No, no lo estoy. Me siento triste.

Me acosté en la cama hecho un ovillo y cerré los ojos. Sentí que se acercaba. Se acostó a mi lado y me abrazó sin preguntarme nada. Solo dijo… Aquí estamos los dos para curarte.


Branden.


Cinco días habían transcurrido desde que Scarlet Craig había pedido a Ekaterina que regresara a la mansión. Ella había aceptado y era de esperar. Extrañaba a Nicolay al igual que nosotros. Nosotros… debíamos esperar. Me sentía impaciente porque todo se solucionara de la mejor forma pero creía que para Boris se hacía más insoportable la espera. Para él, un ser que no había tenido familia por centenas de años, lo más cercano a ese concepto, ahora… parecía diluirse.

Mientras esperaba a mi padre en la sala de guardia, observé a mi pareja sentado frente a mí, mudo, cabizbajo, triste. No me atreví a levantarle el ánimo con palabras de aliento. Sencillamente porque nunca le había mentido y yo mismo tenía pocas esperanzas de una próxima armonía entre nosotros y Sebastien Craig. Cierto que ante la ley humana éramos los padres de Nicolay, leí y releí varias veces la sentencia de adopción para convencerme, sin embargo algo me decía que no estaba todo dicho. El líder de los vampiros estaba furioso por haberle ocultado al niño según dichos de Ekaterina. Lo entendía. ¿Pero hasta cuando duraría el enfado? Tarde o temprano debíamos resolver las diferencias y pensar en lo más importante, Nicolay.

El pasillo atestaba de gente. Iban, venían. Algunos llegaban hasta la sala de guardia para quedarse y esperar ser atendidos. Por suerte no olía heridas sangrantes. Los errantes hacía tiempo vivíamos entre humanos, pero siempre sería una incógnita nuestra reacción si tuviéramos que enfrentar una situación límite. La sangre era nuestro alimento, era un llamado de la naturaleza imposible de evitar. Solo con mucha fuerza de voluntad y raciocinio. La misma fuerza que soportábamos Boris y yo para no correr a la mansión y abrazar a Nicolay.

Una enfermera se acercó y dio indicaciones a un hombre que esperaba con una escayola en su brazo. Él se puso de pie y se perdió por el pasillo con unas recetas en la mano. A unos metros una señora leía un libro paciente, esperando su turno. Volví a mirar a Boris. No había cambiado de posición, parecía una estatua de piedra, inmóvil, sin emociones. Sin embargo sabía que no era así. Por su cabeza estarían pasando miles de escenas, recuerdos, angustia, y el tormento de ignorar que iba a ser de nosotros sin el niño.

Una señora avanzó por el pasillo hasta detenerse en el ascensor. La niña que llevaba de su mano se resistía a subir, llorando a gritos. Ella la aferró firmemente mientras le hablaba.

—¡Suficiente María! ¡Es solo una vacuna!

Las puertas del ascensor se abrieron y con mucho esfuerzo ambas entraron al habitáculo.

—Nicolay es muy valiente, jamás hubiera hecho esos escándalos.

Al escuchar la voz de Boris lo miré.

Sonreí.

—Cierto. Es muy valiente.

Nuestro niño era especial. Había sido criado desde que nació con valores, buenos sentimientos, y valentía. Nosotros, junto con Olga y Ekaterina, habíamos forjado esa forma de vida y habíamos hecho de él un ser con multitud de virtudes. Pero también era innegable que su esencia era de buena cepa. Nicolay era un Craig, aunque no nos gustara la consecuencia. ¿Preferíamos que hubiera sido un niño sin pasado que lo reclamara? Sí, la realidad es que todo hubiera sido más fácil. Sin embargo nos enfrentábamos a otro presente. Nos enfrentábamos al aquelarre más poderoso de nuestra raza.

—¡Branden!

Mi padre avanzó hacia nosotros alegre y desenfadado. Lejano a todo lo que sentíamos.

Me puse de pie y Boris me imitó.

—¡Querido! ¡Mis disculpas! Tengo conflicto en un sector.

Me abrazó y lo abracé.

—¿Algo serio?
—Oh no, no te preocupes. ¿Dime tienes tiempo de beber café?
—No lo creo, papá. Pasábamos por aquí y quise saludarte. A propósito –hice seña para que Boris se acercara—. Él es Boris.

Mi padre estrechó la mano.

—Encantado, ¿amigo de mi hijo?
—Soy su yerno, doctor.



Un silencio reinó por segundos mientras mi padre se quitaba los anteojos.

—Lo siento, no escuché bien.

Me miró y bajé la vista por instantes.

—Es mi pareja, papá.

Más silencio…

—Ah… Bueno… Mucho gusto –dijo al fin con voz quedada.

Boris no contestó. Solo asintió gentil con la cabeza.

—¿Cómo los trata Kirkenes?
—Bien —murmuré.

Sentí la incomodidad flotando en el aire. No imaginaba que tomara la noticia sin sorpresa, pero esperaba que no ignorara a Boris, cuestión que hizo en las siguientes preguntas banales que salieron de su boca. Respondí a duras penas deseando que ese tenso momento pasara lo más rápido posible. Seguramente se acostumbraría a la idea, pero Boris no soportó el desaire aunque fuera inconsciente.

—Yo… Mejor te espero en la calle.

Partió rápidamente por el pasillo esquivando pacientes y al personal del hospital.

Mi padre se quitó los anteojos nuevamente y los limpió con un pañuelo descartable. Lo observé tratando de adivinar que estaría pensando aunque parte de ello lo imaginaba. Sería decepcionante para él que su hijo fuera gay. O quizás no tanto.

—Sé que no sabes nada de mi vida, papá. Algunas cosas te sorprenderán.

Se puso los anteojos y sonrió.

—No te preocupes. Me ha caído de sorpresa, solo eso. ¿Tú estás bien?
—Sí.
—Supongo que eso es lo que importa.

De pronto una mujer vestida con bata blanca se detuvo a nuestro lado.

—Doctor Arve, ¿este es Branden? ¿Su hijo del que tanto habla?

Mi padre rio y nos presentó.
—Así es doctora Walker, él es mi hijo. Se quedará a vivir aquí.
—¡Qué gusto!
—Gracias —respondí.
—¿Has venido con tu familia? Tu padre me contó que te casaste y has llegado de Rusia con ella.
—Sí, ella se quedó en el hotel –se adelantó mi padre en responder.

Lo miré y bajé la vista.

—Entonces en otra oportunidad la conoceré. Un gusto verte, Branden. Tu padre es un excelente profesional.
—Gracias, doctora.
—Lo mismo digo Leticcia.

Cuando la doctora nos dejó solos él se apresuró a excusarse.

—Lo siento, hijo. No me animé a decir la verdad.
—Está bien, papá. Te entiendo. De todas formas no puedo quedarme a beber el café. En otro momento será.
—Claro… Por favor, déjame tu número de móvil. No recuerdo si ya me lo has dado.
—Anota…
—Aguarda –buscó en sus bolsillos el móvil.
—Cuatro, nueve, cero, uno, cero, cinco.

Después de anotar me miró sonriente.

—Me alegro que estés aquí.
—Yo también. Nos vemos en otro momento. Adiós papá.
—Adiós hijo.

Caminando hacia la salida del hospital me sentía molesto por la situación vivida. No desconocía que la generación de mi padre no era lo mismo que las ideas liberales en que se basaba el siglo XXI. Pero dolía vivirlo. Creo que su negación fue un golpe muy duro para mí. Después de todo, uno espera que los seres más cercanos sean los que más lo apoyen y luchen junto a ti. La realidad demostraba muchas veces lo contrario.

Suspiré al llegar a la puerta mientras ésta se abría dándome paso. Podía haber sido peor. Quizás un escándalo o desmayarse al escuchar las palabras de Boris. Sin embargo había negado a Boris como mi pareja y eso era como haber rechazado una parte importante de mí.

A penas salí lo vi esperándome en la acera. Se había comprado un café y entregaba un billete al vendedor ambulante. Me acerqué y sonreí.

—¿Te has hecho adicto al café?

Asintió con la cabeza mientras bebía un sorbo.

—¿Quieres uno?
—No, gracias. Prefiero el del hotel. ¿Llamó Ekaterina?
—No, ayer nos dijo que llamaría a la tarde. Y que pondría en el teléfono a Nicolay. Así podríamos hablar con él.
—Cierto…

Caminamos por la avenida sin hablar. Aunque sentía la necesidad de pedirle disculpas.

La sirena de una ambulancia se escuchó cada vez más cerca. Los vehículos fueron abriéndose para dar paso por medio de estridentes bocinas. Un grupo de adolescentes armaron alboroto con sus bromas y risas antes de cruzar la esquina. Más allá, en las puertas de una cafetería, una adolescente y un hombre se besaban.

—¡La ciudad apesta! –protestó Boris.
—Sí, pensé que Kirkenes sería menos bullicioso… Escucha… En cuanto lo de mi padre…
—Olvídalo Branden. ¿Qué esperabas? Ya se acostumbrará.
—Lo sé.

De pronto, me detuve y volví a contemplar la pareja de enamorados. Me invadieron esas ganas locas que salen de adentro de gritar a todo el mundo lo que sentía por él.

—¡Oigan! ¡Ustedes!

La pareja dejó de besarse y me miró.

—¡Yo también estoy enamorado! –Extendí los brazos—. ¡Yo también estoy feliz!

Boris se acercó alarmado.

—¿Te has vuelto loco? Vamos…
—¡No quiero irme sin gritar lo que siento!
—Ya lo gritaste. Ahora vámonos de aquí.
—¡Qué no! Es que… Te miro y me convenzo que no hay macho en la tierra más bello que tú.

Me acerqué y antes de que pudiera reaccionar, lo cogí de la nuca y le di un beso demoledor.

Boris correspondió creo que por inercia. Cuando pudo reaccionar se separó y murmuró atónito.

—Sí, has perdido la cabeza.
—Buenos días, caballeros.

Un oficial de elegante uniforme nos llamó la atención.

—Me encanta el amor, créanme. ¿Pero podrían desplegar sus hormonas fuera de la vía pública? –dijo cortés.
—¿Hormonas? No, yo lo amo y él a mí.
—Branden… Por favor.
—Calla, Boris. Escuche oficial, ¿por qué no puedo besar a mi pareja si el señor y la señorita que están allí se besaban? ¿Usted no les dijo nada? ¿Por qué a nosotros?
—Branden…
—No, déjeme agregar algo más. La señorita no creo que tenga edad suficiente para besarse con un hombre mayor que ella. ¿Le ha pedido documentos? Podría ser menor de edad. Eso sí estaría prohibido. ¿No le parece?
—Caballero, tenga el bien de retirarse.
—Vamos Branden, por favor.
—¡Por supuesto, nos vamos! Pero tenga en cuenta que usted está faltando a la ley. Hay normas que me amparan a ser tratado con igualdad. ¡Sépalo!

Me retiré con rabia mientras escuchaba algunos aplausos.

El móvil vibró en mi bolsillo. Atendí la llamada de origen desconocido al tiempo que guiñaba un ojo a Boris. Él rodó los ojos y se detuvo con la esperanza que fuera Ekaterina.

—Hola… ¿Papá? ¿Ocurre algo?

Me detuve en la acera a punto de cruzar. Boris me miró.

—Es cierto… Boris y yo lo adoptamos… Se llama Nicolay. ¿Quién te lo dijo? ¿Qué? No puede ser… Papá, por favor… Te lo suplico. Nosotros lo amamos… No lo hagas…

Boris tiró el vaso descartable en el bote de basura y aguardó inquieto.

—Sí… Sí, ya lo sé… No puede ser… Es una pesadilla… Está bien… Veremos qué hacer.

No miré a Boris al cortar la llamada… No podía. ¿Cómo explicarle que aquello a lo que tanto temía podía hacerse realidad? Sebastien Craig se había comunicado con mi padre y después de detallar la situación de Nicolay pidió una cita en el hospital. No necesitaba gozar de una mente privilegiada para saber que deseaba de mi padre. Con su ayuda podría obtener el análisis de compatibilidad genético. Solo él lo haría debido a los genes de vampiro que corría por sus venas. Estaba seguro que con los datos de ADN no iba asegurarse que fuera el padre del niño, eso no lo dudaría. Pero si el análisis serviría para demostrarle al resto sus derechos, y lo peor… Para echar abajo una sentencia de adopción.


Charles.


Hubo pocos hechos en la vida que me costaron creer. Uno de ellos fue la paternidad de Sebastien con respecto a Nicolay. Mi resistencia se basaba en cómo había transcurrido el tiempo sin que Olga hubiera reclamado el derecho a que el niño fuera reconocido. Nada menos que por un Craig. Sin embargo había hembras que actuaban así, por dignidad, por vergüenza, por orgullo, o por miedo.

Pienso que en ciertas situaciones, el sujeto más importante pasa sin querer a segundo plano. Nadie niega que una madre hace todo por un hijo, por eso es un poco inexplicable. Prefería pensar que no era egoísmo aunque en cierta forma lo rozaba. De parte de Olga había una entereza en su valiente actitud de enfrentar sola una maternidad, aunque a la vez había un derecho menoscabado de un ser que no había pedido venir al mundo. Por parte de Sebastien, no había podido elegir, borrando en su calendario, años de poder brindar tanto amor. Entre padre e hijo, por consecuencia de ese silencio, no existieron miradas y sonrisas entre ellos. Ni festejos de cumpleaños, ni noches en vela, ni enojos. Todo fue quitado mes a mes, día a día. Con el triste resultado de no poder volver el tiempo atrás.

Cierto que se debía mirar hacia adelante. Lamentarse no llegaría a ninguna meta. Pero no siempre era fácil.

En cuanto a Bianca, dolió por ella. No recordaba en todos mis años haberme sentido impotente y entre dos líneas de fuego. En otro tiempo hubiera jurado que el apoyo de la dama de los Craig hubiera sido incondicional, sin embargo… Bianca no estaba bien. Y eso me aterraba.

Cuando llegamos de Bergen con Margaret, nos dispusimos a adornar la casa con las distintas macetas y tapices. Nos preparábamos para regresar a la mansión después de cazar, entrando la noche calurosa. Sin embargo, la visita de Scarlet  y antes que abriera la boca, cubrió de inquietud mi alrededor y cambió el latido acompasado de mi corazón.

Margaret fue positiva, no supe si por verme desconsolado y darme fuerzas, o si en verdad creía que todo se resolvería en breve tiempo. Pero había algo innegable. La mansión ya no sería la misma sin el equilibrio del líder de los vampiros y su hembra. Era como si quitaras los pilares de una construcción que hasta el pasado había parecido fuerte e indestructible. La furia de Sebastien ante el engaño, la pena de Bianca por la soledad. Ella pasaba momentos críticos y necesitaba apoyo, a la vez Sebastien no estaba dispuesto a pensar en otra cosa que no fuera recuperar a Nicolay.

Cuando Scarlet informó el deseo de Sebastien de que yo permaneciera alejado del conflicto, no lo acepté. No ignoraba que su decisión se sostenía por el hecho de mi gran amor hacia los dos. Era verdad, es difícil ser objetivo si tienes tantos sentimientos arraigados. De todas formas, partí a la mansión sin pensarlo dos veces.

Hasta el día de hoy había tenido tres oportunidades de hablar con mi hija adoptiva. La más importante fue una noche, en la habitación de huéspedes, ya que Bianca contadas veces salía de allí.

La mayoría del tiempo compartido hablé yo. Es decir, casi fue un monólogo. Ella asentía levemente o negaba. Pero su mirada parecía perdida. Quién sabe qué cosa pasaría por su cabeza, pues no logré sonsacarle demasiado. Pude aconsejarle que no se diera por vencida. Que la llegada de Nicolay era un vínculo que tenía que aprovechar. Dijo tener miedo, no por no lograr querer al niño, la creía incapaz de ser distante por ser hijo de otra hembra. Ella se refería a no estar a la altura de las circunstancias. Contesté afirmando que lo lograría. Bianca había vencido a la muerte, ¿qué otro hecho podía ser obstáculo después que cruzas la barrera de lo impenetrable? Creo que la soledad… aunque esa noche no se me ocurrió esa respuesta.


Bianca.



No creía que alguien en este mundo entendiera mi tristeza. Porque hasta yo misma no lograba comprender. Más allá de la sorpresa de saber a Sebastien padre nuevamente, algo me decía que está vez no sería igual que con Douglas.

Cuando pisé la mansión por primera vez, sentí un cariño profundo por aquel joven ciego y solitario. No tenía a su madre, y a pesar de ello parecía ser feliz. Nicolay también lo parecía. Era un niño simpático y sociable. Si me ponía a pensar tenían puntos en común. Por mi parte yo entraba a su vida en un momento dado y vislumbraba la idea con el tiempo de formar una familia feliz. Sin embargo, había una diferencia tajante. La relación fraternal con Douglas fue apoyada desde el primer instante por su padre y el resto de los Craig, pero no ocurría lo mismo con Nicolay. Sebastien no estaba en posición de perder el tiempo en unirnos y afianzar un lazo. Debía luchar por su tenencia, la cual lo mantenía absorto y dedicado por entero. Pero no era el mayor inconveniente. No contaba con una poderosa enemiga que solo buscó alejarme. Quizás en otro momento mi Marte hubiera triunfado, hoy por hoy, no tenía fuerzas suficientes para hacer frente al rechazo. Aunque juro que lo intenté.

Después de hablar con Charles aquella noche me pregunté, ¿por qué no? Porque no intentarlo si el amor de Sebastien valía la pena. Al otro día me dirigí al hospital. Cumplí mi turno laboral y decidí salir de compras. Ya habían dado de alta a mi padre así que si deseaba verlo tendría que ir al hotel. Eso quedaría postergado. Lo principal era acercarme a Nicolay de la forma más común y corriente en la que recurre un adulto desconocido a un niño.

Elegí en la juguetería un muñeco articulado. Lo cogí al azar porque de hecho distaba mucho de ser una entendida en personajes de videos juegos. Los clásicos, tales como Superman, Hombre araña, Batman, etc, faltaban en el catálogo. Según el vendedor había mucha demanda y hasta fin de mes no llegarían los pedidos. Pero yo no quería esperar. Para mí era importante que Nicolay supiera que no tenía nada contra él.

Cuando entré a la mansión quise mostrarle a Sebastien el regalo, pero Rose me avisó que estaba en el despacho encerrado con un abogado. Así que subí a la habitación de Nicolay.
Ekaterina me abrió la puerta. Su gesto de desagrado al verme lo hubiera captado cualquier ser vivo. No me importó. Le dije que traía un regalo para el niño y me permitió pasar. Me permitió pasar… Sonaba ridículo si estaba hablando de mi propia casa, pero asumí que era el rincón de Nicolay y había que respetar su intimidad aunque tuviera seis años.

Ella me informó que el pequeño estaba bañándose. Escuché el sonido del grifo cerrarse y aguardé. Un silencio incómodo, ¿por qué negarlo? No tenía nada que hablar con ella, aún así lo intenté.

—Le compré un muñeco articulado. Dijo el vendedor que era un personaje de un video juego.

Ella no contestó. Quité la caja de la bolsa plateada y se lo mostré.

—¿Crees que le gustará?

Ekaterina observó el regalo con mirada aguda.

—Es Carnage. Enemigo del hombre araña.

Arquee la ceja.

—Ah… No lo sabía.
—Es de imaginar. Nicolay lo odia.

En ese instante que desee que la tierra me tragara, Nicolay se asomó tímidamente por la puerta envuelto en la toalla.

—Hola, Nicolay.
—Hola…
—Te traje un regalo, pero fue un error. Él es…
—Carnage –respondió el niño a medida que avanzaba.
—Sí… Bueno… No sabía que no te gustaba.
—Me gusta —respondió cogiendo la caja—. Muchas gracias.
—Pero… Es un villano, y te gustan los héroes.

Se sentó en la cama y abrió la caja. Lo examinó con ojos curiosos.

—¡Mira tía! ¡Aprietas aquí y saca la lengua de serpiente!
—Ya veo. Dale las gracias a tu madrastra.
—¡Mi nombre es Bianca! –protesté enfadada.
—Gracias, Bianca –murmuró él.
—De nada… —Sonreí—. Lamento que sea un villano.

Me miró con sus ojos gris cristalino. Con ese brillo de inteligencia que heredaba de su sangre, y contestó…

—Es bueno tener a Carnage aunque sea un villano. Porque sin villanos, mis héroes no serían héroes.


Sebastien.



Charles abrió la puerta y recibió a la esperada visita. De pie en la sala, vestido de traje Gucci como la ocasión lo ameritaba contemplé al humano de porte seguro y elegante.

—Buenas tardes, doctor Hagebak.
—Buenas tardes. Usted debe ser…
—Sebastien Craig –extendí mi mano y la estrechó cordialmente.

Llevaba un maletín de cuero legítimo aferrado a su mano izquierda y anteojos de marco negro que resaltaban su rostro pálido y arrugado. Traje gris oscuro, zapatos lustrados, reloj de oro en su muñeca izquierda. Impecable de pies a cabeza.

—Acompáñeme al despacho. Hablaremos más tranquilos.
—Con gusto, señor Craig.
—El es Charles, amigo y mano derecha.
—Un gusto.
—Lo mismo digo… Por ahora –sonrió Charles.
—Charles, ven con nosotros. Te quiero presente en la reunión por si se te ocurre alguna sugerencia.
—No estoy tan seguro de querer participar –murmuró por lo bajo.

Aún así, me siguió.

Antes de cerrar la puerta, vi a Rose bajar la escalera.

—Rose, ¿algún problema con Nicolay?
—Ninguno, Sebastien.
—¿Bianca regresó?
—Aún no.
—Okay… Por favor, serías tan amable de traer tres cafés.
—Por supuesto. ¿Los llevo al despacho?
—Sí, querida. Gracias.

Cerré la puerta y rodee el escritorio para sentarme en el lugar de siempre. Con una seña invité a sentarse al abogado y a Charles. Él prefirió quedarse de pie junto a la ventana. El abogado cogió asiento de forma elegante y depositó el maletín sobre el escritorio.

—Usted dirá, señor Craig. Después de su llamado me gustaría saber si tiene material importante que sirva al juicio.
—Verá… Como le he adelantado quiero recuperar mi hijo. Recuperar es una forma de decir ya que nunca lo tuve. Se me ha ocultado su existencia y quiero remediar la situación lo más urgente que pueda.
—Bien, ¿con la madre mantiene algún diálogo?
—La madre del niño falleció –dijo Charles-. El niño tiene seis años.
—Oh… Eso facilita las cosas.
—No tanto –refuté—. Mi hijo ha sido adoptado legalmente. Por eso solicito sus servicios. Me han dicho que usted es un excelente abogado.
—Gracias, eso dicen. Espero cubrir las expectativas. En cuanto a mis honorarios… No es necesario discutirlos. Puedo darme cuenta a simple vista que no tendrá problema en abonarlos.
—Por supuesto.
—Dígame, ¿qué prueba tiene para constatar el lazo de parentesco?
—Una prueba de ADN.

Charles me miró extrañado.

—¿La prueba es de un sanatorio privado?
—No doctor. Será en el hospital de Kirkenes.
—Mejor aún. Para el juez es mucho más factible que no se llegue a arreglos por medio del dinero.

Charles comprendió a quien había acudido y se acercó al escritorio.

—¿Has recurrido a él? ¡Es el padre de Branden! No puedes ponerlo en su contra.

El abogado miró a uno y a otro.

—No se preocupe, doctor. Es que llevo una amistad de años con el director del hospital. Supongo que ese detalle no jugará en contra.
—Podría, pero nadie tiene porque enterarse.

Charles volvió a su sitio y apoyó el perfil en el marco de la ventana.

—Necesitaré los documentos de usted y del niño. La partida de defunción de su esposa.
—No era mi esposa. Sí, tendrá los documentos. ¿Algo más?
—Veamos… Cuénteme su relación con su hijo. Eso será buen dato para el juez.
—Nicolay me quiere, se encuentra cómodo en casa…
—No quiere decir que sea feliz aquí —interrumpió Charles.

El abogado lo miró.

—Lo que quiere decir Charles es que aún no se ha habituado. Como le dije, mi hijo creció lejos de mí en contra de mi voluntad y conocimiento.
—Entiendo. Si se ha ocupado de él a partir de conocer su existencia habla bien de usted. Sin embargo…
—Sin embargo, ¿qué?
—Acaba de decirme que el niño fue adoptado. ¿Qué puede decirme de sus padres adoptivos?
—Lo han criado muy bien. No tengo nada que decir.
—Mmm… Vamos, recuerde algo que podamos usarlo en su contra. Por más que usted sea su padre biológico, al juez le faltarán pruebas para decidirse a cambiar de vida al menor de la noche a la mañana. En cambio si usted, señor Craig… quisiera esperar un tiempo a la adaptación…
—No quiero esperar. He estado seis años sin él, por la culpa de ellos.
—Bien… ¿Entonces? ¿No hay nada que pueda usar en contra?

Dudé… Miles de escenas pasaban por mi cabeza, pero sobre todo el hecho de no haber disfrutado a Nicolay. A veces las emociones, ganan a la razón.

—Hay algo… No sé si servirá… Creo que en este siglo es ridículo… Pero quizás…
—Dígame, señor Craig.

No miré a Charles, supe que su mirada sobre mí iría a hacer que me arrepintiera. En la guerra y en el amor todo vale. Y yo amaba a Nicolay con todo mi corazón y esto también era una guerra.

—Los padres adoptivos son… Son gays. Son dos hombres.
—Ah, ¿lo ve? Algo podíamos encontrar.
—De todas formas si puede no ser usado, mejor.
—¿Quiere recuperar a su hijo, señor Craig?
—¡Por supuesto!
—Entonces, olvide los escrúpulos.

Callé… No estaba seguro de lo que acaba de contar al abogado. Sabía perfectamente que si se hubiera tratado de una pareja heterosexual, también hubiera querido a mi hijo junto a mí. El abogado notó mis dudas en el gesto de disconformidad de mi cara.

—No se preocupe. No está incurriendo en delito al usarlo como prueba. Piense que en la audiencia, el juez los conocerá. Que lo ocultemos en el escrito de demanda no habla ni mal ni bien de usted.
—Yo opino que sí –dijo Charles mirándolo a los ojos—. No nos engañe. Si aporta el dato en el escrito será porque sacará provecho.

El abogado sonrió.

—Soy quien representa el interés del señor Craig. Mi trabajo es que el juez a como dé lugar, resuelva en contra de ellos.
—Preferiría que dijera a favor mío –contesté.
—Señor Craig, la sentencia a favor suyo, será inevitablemente en contra de ellos. No de más vueltas. Recuerde que en la audiencia estará frente al juez. Debe mostrarse seguro de que quiere al niño con usted.
—¿A cualquier precio? –preguntó Charles.

Rose golpeó la puerta y ordené que pasara. Mientras servía el café, mis ojos estaban fijos en la madera lustrada del escritorio. No deseaba levantar la vista y mirar de frente. Eso me preocupó. Las veces que no había podido hacerlo eran por haber cometido una falta.

—¿Desea azúcar, doctor? –preguntó Rose.
—No gracias, jovencita.
—Permiso –se retiró.

—Bien, señor Craig –bebió un sorbo con delicadeza—. Quisiera preguntarle si hay algo que podría el juez usar en su contra. Debo saberlo todo.
—¡No! Tengo una conducta intachable. El dinero es ganado legalmente.
—¿Carecer de caridad y compasión, cuentan?
—Charles… —llamé su atención.

El abogado sonrió.

—Comprendo que no están habituados a moverse en Tribunales, tengan confianza en mí. Y sobre todo no pierdan el objetivo. Tener la tenencia del niño.
—Sí, eso deseo.
—Dígame, ¿le ha buscado colegio? Seis años está en edad escolar.
—Bueno… Mañana mismo lo haré. Lo que ocurre es que no podré anotarlo si no soy el adulto responsable frente a la ley.
—En eso coincidimos. De cualquier forma que tenga una lista de colegios. Que haya indagado sobre la educación en los diferentes institutos, le demostrará al juez que usted se ocupa de todo. Como buen padre.

La emoción me embargó y mis ojos brillaron.

—Soy buen padre. Yo… No necesito fingir… Amo a ese niño.
—No se preocupe. Cuando uno demuestra la verdad es mucho más fácil. Lo que ocurre es que Nicolay ha vivido con otra familia, atípica, pero familia al fin. Dice que ha perdido a su madre… Por lo tanto no se dictará una sentencia sin estudiar los pormenores minuciosamente. No dejaremos nada al azar. Así trabajo yo.
—Se lo agradezco.
—Ahora, necesito los datos completos para iniciar la demanda.

Abrió el maletín y sacó un cuaderno forrado en cuero burdeos.

—Sí, le daré lo que necesite.

Más de hora duró la reunión hasta que satisfecho con lo que necesitaba el abogado se puso de pie y extendió la mano.

—Un placer señor Craig… Charles, un gusto. Tendrán noticias mías en breve.
—Por favor, no se demore.

Charles acompañó al abogado mientras yo bebía mi café helado. No había podido hacer otra cosa que responder preguntas y pensar en Nicolay. Deseaba que fuera feliz junto a mí y su nueva familia. Pensaba compartir al niño con los errantes pero bajo mis reglas. Temía que al menor descuido, huyeran con parte de mi corazón.

El café frío me trajo un recuerdo lejano… Bianca, sentada en la cocina. Yo frente a ella, mirándola embelesado. Se notaba nerviosa por mi presencia y dejó enfriar el café. Recuerdo que le dije, “siempre lo bebes frío”, o algo así…
Sonreí de tan solo volver a ese pasado de conquista y tanta pasión. Bianca… ¿Por qué parecía estar tan lejos de mí? La necesitaba. Sin embargo no la forzaría a acercarse y aceptar a Nicolay. Debía hacerlo por voluntad. Moría por que lo hiciera…

Escuché movimiento en la sala y salí del despacho. No era ella… Scarlet se había sentado en el sofá de piernas cruzadas y me miraba fijo como inquisidora. Rodee lo ojos y me acerqué.

—¿Tú tampoco estás de acuerdo que luche por la tenencia?
—No es eso. Es la forma.

Charles entró y cerró la puerta.

—¿Hacía falta un abogado para resolver tus diferencias con los errantes?
—El abogado del diablo querrás decir –acotó Charles.

Me dejé caer en el sofá, abatido.

—No sé qué quieren que haga. Es un abogado especialista en menores.
—¿En serio? ¡Menos mal!
—Suficiente, Charles.
—¿Es que ninguno opta por el interés del menor? Deberías preguntar a Nicolay qué desea.
—¡Tú estás loco! Un niño de seis años no sabe que es lo mejor para él –protesté.
—Coincido que no sabrá conducir su vida. Pero lo que siente, ¿le has preguntado qué siente?
—Perdió a su madre, por lo menos que tenga un padre.
—Él ya tiene dos.
—No me hagas reír, Charles.
—¿Por qué? ¿Cuál sería el motivo de tu risa? ¿Qué son gays? ¡Qué antiguo eres! –interrumpió Scarlet.
—Escuchen, no tengo nada contra los gays. Por mí pueden casarse, vivir juntos, amarse, y adoptar hijos. Pero no el mío.
—Ah… Claro… No somos discriminadores salvooo… Cuando nos toca de cerca –se burló Charles.
—Sebastien, no tiene nada de malo que sus padres sean dos hombres. Seguramente lo cuidarán  mejor que algunas parejas heterosexuales –dijo Scarlet.
—Es que se trata de mi hijo. Quiero recuperar a mi hijo, no importa quienes lo hayan adoptado.
—Pero lo usarás en su contra.
—¿Qué usarás en su contra?
—Nada… Mejor me voy a dormir. ¿Bianca no llegó?
—No la vi –contestó Scarlet.
—Okay… No sé porqué pregunto si no quiere verme.

Bianca.

Cuando salí de la habitación de Nicolay, me sentía desconsolada. Si bien el niño con esfuerzo había tratado de ser cordial, el juguete no habría sido lo que esperaba. La desolación ganaba mis entrañas. Parecía ausente de todo lo que ocurría en la mansión. Con respecto a Sebastien, no me animaba a tener una charla con él. Una noche lo intenté, fui a nuestra habitación pero él no estaba. Recorrí con los ojos cada rincón de la alcoba donde tanto tiempo habíamos sido dichosos. Con peleas y reconciliaciones. Pero siempre con el amor como baluarte. Ahora… No sabía qué ocurría… Conmigo… Ni con él.

Antes de regresar a mi habitación me pareció escuchar la voz de Sebastien. Mi corazón dio un brinco… ¿Y si bajaba? ¿Y si le contaba que había comprado un regalo para Nicolay?

Me acerqué sigilosa… No estaba solo en la sala… Scarlet… Charles… Hablaban del niño…

Escuché atenta sin hacerme ver…

Sí, hablaban del juicio de tenencia…

La tristeza invadió mi ser por completo. Allí estaban los tres hablando sobre Nicolay. Sebastien no me tenía en cuenta. Ni siquiera me mencionaba. Yo no era parte de su futuro de la forma que soñaba. Comencé a darme cuenta con el alma rota en pedazos, que no solo la mansión era un hogar desecho, sino que nada de lo me rodeaba me pertenecía. Regresé a la habitación de huéspedes con una irrevocable decisión.