Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


viernes, 6 de abril de 2018

¡Hola mis soles! Lo prometido es deuda. Espero lo disfruten. Aún hay que esperar que se solucionen los hechos, si es que solucionan. Un beso grande y gracias por estar aquí.


Capítulo 47.
Segundo round.

Asgard Nilsen.

Avancé hacia el escritorio después de cerrar la puerta.

—Buenos días caballeros, cojan asiento, por favor.

Los dos hombres me miraron, inmóviles, con rostros temerosos.

Antes de sentarme extendí mi mano señalando las sillas frente a mí.

—Por favor.

Ambos asintieron y se ubicaron mientras abría mi carpeta con el expediente.

—Sus nombres son Brander Arve y Boris Smirnov, ¿no es así?
—Sí, señor –contestó el más joven—. Soy Arve.

Dirigí la mirada hacia el otro caballero esperando la confirmación.

—Boris –susurró el tal Arve.
—Perdón, sí. Mi nombre es Boris Smirnov.
—Se apellida como el niño. ¿Lo adoptó en Rusia?
—Sí.

Hojee la carpeta lentamente memorizando algún dato importante además de las edades.

—¿Saben por qué los cité?
—Sí, señor.
—Bien… ¿Qué desean decirme sobre ustedes que les parezca de importancia?
—No tenemos el dinero de Sebastien Craig pero amamos a Nicolay.

Levanté la vista y lo miré.

—Señor Smirnov, no los cité para hablar de la otra parte, sino de ustedes. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí.
—¿Quién comenzará a contarme sobre el niño?
—¿Qué desea saber? –dijo Arve.
—Todo lo que puedan hablar sobre su relación con él será de interés para mí. Ustedes son pareja, ¿verdad?

Dudaron.

Alcé la ceja y aguardé la respuesta.

—Sí –volvió a contestar.

Cogí la lapicera enganchada en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Desde qué tiempo?

Smirnov se mantuvo en silencio.

—Unos años.
—¿Ocho, diez, quince?
—Seis.
—Bien. Entonces, ¿desde que nació Nicolay?
—Exacto.
—Señor Defensor –interrumpió el otro—, ¿ser gay es un obstáculo para poder quedarnos con Nicolay?
—En absoluto. ¿Por qué lo dice?
—Es que usted preguntó los años que estamos juntos y…
—Señor Smirnov, el tiempo me sirve para saber si la pareja que convive está afianzada. Hubiera preguntado lo mismo si hubieran sido un hombre y una mujer.
—Okay.
—Nos casamos –informó Arve.
—Me parece bien. Aunque deben saber que el documento legal no me indicará nada. Hay matrimonios que duran meses.
—Lo sé. Nosotros estamos seguros de lo que sentimos y de querer formar una familia.
—La familia estaba formada. Sebastien Craig es el que la desarmó –retrucó el otro.
—El señor Craig es su padre biológico. Está demostrado en el análisis de ADN. ¿No cree que tenga derecho?
—Sí —respondió Arve.
—Nosotros también tenemos derechos.
—En ningún momento se me cruzó minimizar la situación de adopción, señor Smirnov.
—Lo siento.
—A ver, cuéntenme un día de Nicolay con ustedes.

Al fin poco a poco se soltaron y hablaron sobre los detalles de la convivencia. A Nicolay le gustaban los videos juegos y jugar a la pelota. Amaba la nieve y hacer muñecos con ella. Era un niño tranquilo aunque muchas veces le costaba acatar consignas. Reconocían que solía ser obediente a pesar de pedir explicaciones de órdenes o prohibiciones. Se lo veía un niño alegre sin embargo la muerte de su madre lo había golpeado duro. Era natural.

—¿Por qué se suicidó su madre?

Ambos se miraron y no respondieron.

—¿Caballeros?
—¿Es necesario hablar de ello?
—Señor Arve, si pregunto es porque lo es.
—Bueno… Ella no se veía feliz. Creo que tenía una gran depresión.
—Fue por él. Por Sebastien –agregó Smirnov.
—¿El niño lo sabe?
—No, Defensor. Le dijimos que fue una enfermedad.
—Él no la amaba y la abandonó –volvió a interrumpir Smirnov.
—Tengo entendido que Sebastien Craig ignoraba la existencia de Nicolay.
—Así es, Defensor –respondió Arve.
—Entonces, caballero… Debe saber que a la ley no le importa si amaba a la madre del niño sino si ese abandono del que usted habla fue con mala intención. ¿Usted asegura que el señor Craig sabía sobre Nicolay y aun así no le dio su apellido?
—No… No es eso…
—Disculpe a mi pareja, Defensor. No asume el hecho que podríamos perder al niño. Solo habla llevado por la rabia y el dolor. Olga y él eran muy amigos.
—¿Amigos? Llevan el mismo apellido. ¿Casualidad?
—No, eran...
—Permita que conteste él, señor Arve –interrumpí.
—Éramos primos.
—Okay… Bien… Quiero darle un consejo. La rabia y el dolor no son buenos condimentos para pedir la tenencia de un niño. Al menos para mí. De ahora en más escucho lo que tenga para decirme con respecto a usted y a Nicolay. ¿He sido claro?
—Sí, señor.
—¿Viven en un hotel?
—Ya no. Alquilamos una casa muy bonita.
—¿Ambos trabajan?
—Aún no. En realidad Boris tiene que presentarse el lunes próximo. ¿Verdad Boris?

Miré al susodicho.

—Sí, es una tienda dentro del Shopping.
—¿Vendedor?
—No, en Seguridad.
—¿Seguridad?
—Sí.
—¿Porta arma?

Quedó mudo y sus ojos se clavaron fijos en el escritorio.

—Reitero la pregunta señor Smirnov, ¿porta arma?
—Sí, pero no la tengo al alcance del niño.
—Me encantaría saber que significa “al alcance” para usted. Imagino a un niño de seis años con la curiosidad y la inteligencia de Nicolay, un arma bajo el mismo techo, y me da temor.
—No se preocupe. La guardo siempre en el estante de arriba del ropero.
—¿Podría llegar con una silla?
—No, señor. Y está descargada.

Suspiré.

—Si el juez le otorgara la tenencia, señor Smirnov, incluso si Nicolay se queda por días de visita, le suplico que deje el arma en el lugar de trabajo.
—Lo haré.

Me recosté en el respaldo pensativo. Ambos guardaron en silencio.

—¿En qué momento Nicolay supo de la existencia de su padre biológico?
—Desde que pudo comprender el concepto. Nosotros nunca se lo ocultamos –aseguró Smirnov.
—¿Quién se lo dijo?
—Su madre –contestó Arve.
—¿Conocen cuál fue la reacción?
—Bueno, no en ese instante ya que ella lo hablo con él sin testigos. Sin embargo recuerdo que en cuanto nos vio nos dijo que tenía un padre que vivía muy lejos y no podía viajar a verlo –continuó respondiendo.
—¿Lo notó feliz?
—Sí.
—Yo creo que era muy pequeño para saber si eso le traería felicidad, Defensor. Aun creo que saber de su padre fue mala idea.
—¿En serio, Smirnov? ¿Por qué?
—Porque ahora el niño se siente jalado de ambas partes.
—Fíjese que creo lo contrario. La verdad siempre es el mejor camino. Negarle la identidad me parece ruin. Además el niño se siente jalado como dice usted, no por tener un padre biológico y un padre adoptivo. Eso ocurre porque ustedes no se han puesto de acuerdo y por eso estamos aquí.

Ambos callaron.

—Muy bien –mientras hojeaba el expediente, pregunté—. ¿Puedo conocer de dónde surge el dinero para alquilar?
—Tenemos ahorros. Boris siempre trabajó y yo me encargo de la casa. Además comenzaré la Universidad. Quisiera ser bioquímico.
—Eso está muy bien. A propósito de estudios… ¿Han buscado colegio para el niño?
—Aún no.
—¿Pensaban hacerlo?
—Por supuesto, llegamos hace poco a Kirkenes.
—Lo sé, tengo ese dato. Deberían haberse interesado en conocer algún instituto.
—Yo he visto varios –dijo Smirnov.

Arve lo miró por segundos.

—¿En serio? –observé a los dos.
—Sí.
—Dígame entonces, hay alguno que le pareció acorde.

Se mantuvo en silencio.

—Seguramente ha visitado ya el Dietrich Institute. ¿Qué le pareció?
—No me agradó.
—Ajá… ¿Por qué razón?
—Pues… No me pareció un colegio cálido y acogedor.
—Estoy de acuerdo con usted. No me parece ni cálido ni acogedor. Sin embargo la razón principal no sería esa para elegirlo como colegio para Nicolay. Sino porque es femenino.
—Ah…

Me recosté en la silla y lo miré.

—¿Por qué me mintió?

Su rostro se descompuso por el miedo.

—Estoy aterrado.
—Lo entiendo, pero nada bueno sacará de mí si evitan decirme la verdad.
—Lo siento. ¡Por favor, no nos quite a Nicolay!
—Señor Smirnov, yo no decido la tenencia. Mi papel aquí es guiar al juez en su decisión buscando lo mejor para el menor. Así que tranquilícese. Solo conteste mis preguntas con sinceridad. ¿O no desea el bien para Nicolay?
—Sí.
—Bien… —hojee el expediente—. ¿Qué relación tiene con su tía… Ekaterina Smirnov?
—Estrecha.
—Sí, la quiere mucho y ella a él.
—Perfecto. Ahora… Hay algo que me trae curiosidad… ¿Saben sobre ese personaje imaginario del que habla Nicolay? Un hombre con ropa oscura, o algo así.

Ambos se miraron con extrañeza. Después de unos segundos lo negaron.

—No se preocupen, los niños suelen inventar este tipo de cosas. Solo quería interiorizarme más sobre ese personaje. Parece no agradarle.

—En realidad –dijo Arve—. Él cuenta sobre un hombre mayor de cabello blanco que le habla bonito. Es lo que sé.
—Es evidente que tiene mucha imaginación. Es un niño muy inquieto y parece soñador. Les haré una última pregunta y podrán irse.

Percibí el aliento de ambos escapar de los pulmones.

—Si el juez evaluando el expediente, totalmente convencido de lo correcto, diera la tenencia a Sebastien Craig, ¿qué harían ustedes si la felicidad de Nicolay fuera vivir con su padre biológico?
—Nada, suponiendo que no erraría –contestó Arve.
—¿Señor Smirnov?
—Yo… no sé qué sería de mí sin el niño… pero solo quiero que sea feliz.

Sonreí.

—Era lo que necesitaba escuchar. Buenas tardes.

Bianca.

Me detuve en la sala central del aeropuerto de Kirkenes, frente a la cantidad de destinos que mostraba el tablero iluminado. No tenía pensado donde ir, lejos sí, porque mi objetivo era crear la distancia conveniente para que en un arranque de amor no corriera en brazos de Sebastien. En primer lugar me trataría como histérica que jugaba con su corazón, y segundo debía lograr salir de esta depresión encubierta que me había dejado sin salida. Debía regresar cuando mi mente estuviera clara y tuviera la fortaleza para hacer frente a mi destino. Una hija no deseada, una hembra sin hijos pero con la convicción que no los necesitaba para hacer feliz a un marido, un niño al que amar, y una deuda saldada con el mensajero de la muerte.

Mis ojos disfrazados con las lentecillas de contacto estudiaron el gran panel de letras rojas… ¿Egipto? Moriría de calor. ¿América? Demasiado lejos… Eché una mirada por los cristales que daban a la calle… Kirkenes… Mi lugar en el mundo.

Una imagen del pasado volvió a mi memoria… Enero del 2015, de pie, sobre esa acera nevada que ahora lucía vistosa y primaveral. El verano se acercaba y nada se parecía a ese día melancólico y triste. Ayer, mi corazón sin ánimo de conocer gente y hacer nuevas amistades. Todo había dejado en Oslo. Solo mi amigo me acompañaba…

Lentamente me acerqué a los grandes ventanales. La imaginación era prodigiosa. El cerebro era admirable. ¿Cómo era posible que frente al paisaje colorido mi mente representara con la nitidez de aquel día la oscuridad invernal? Lo recordaba todo. La borrachera de Bernardo, mi desgano por coger el taxi y buscar hotel, el miedo a esas nevadas intensas y al frío extremo. Deseaba partir de aquí con toda el alma, sin saber que a kilómetros de aquí, me encontraría el amor de mi vida.

Las lágrimas corrieron por las mejillas. Sebastien… ¿Por qué no nos entendimos? ¿Por qué no te conté todo lo que ocurría dentro de mí? ¿Por qué te alejaste tanto?

—¿Se siente bien?

La voz de un hombre me sobresaltó. Lo miré atontada mientras secaba las lágrimas.

—Sí, estoy bien.
—Ha dejado su maleta apartada. Usted sabe, podrían robarla.
—Gracias.

El humano sonrió con pena y se alejó. Volví por mi maleta y me senté frente a las ventanillas de venta de pasajes.

La señorita que atendía al público no era la misma de aquella vez… Mitad de año… Había decidido alejarme de Sebastien convencida que no me amaba lo suficiente. Charles había comprado hasta el último pasaje a Oslo retrasando mi partida, y él… Y él había venido a buscarme…
Mis lágrimas volvieron a aflorar.

Este viaje no era una separación definitiva. Solo necesitaba un tiempo para ser la que fui alguna vez. Sin embargo, él no vendría por mí. Hoy no… Ni hoy, ni mañana, quizás nunca. Las razones no eran las mismas. Tampoco pensaba que no me amara. Pero había algo quebrado entre los dos. El miedo se hizo dueño de mí. ¿Y si Sebastien aprendía a vivir sin mí? ¿Y si al regresar ya me había olvidado? Yo había cerrado la puerta y no debía abrirla hasta lograr la paz y la seguridad de tiempo atrás. Hasta aprender a vivir con mis fantasmas y convivir feliz sabiendo que nunca se irían. Que son parte de tu historia y no se borrarán de tu futuro. La situación ideal sería cuando ya no me importen. ¿Lo lograría?

Me puse de pie y avancé hasta el panel nuevamente.

Vamos Bianca… Debes desmadejar el pasado… ¿Por dónde comenzar?

Mis ojos se detuvieron en un destino…  Alberta, Canadá.

De inmediato abrí mi maleta y busqué en un bolsillo interno un cuadernillo de notas escrito con lápiz. Las hojas contenían datos que a lo largo de mi vida que me habían parecido interesantes. Sus tapas de cartón amarillo mostraban el paso de los años. La primera hoja marcaba la fecha del día que comencé a usarlo. Un catorce de septiembre. Me había mudado con mis padres a un nuevo barrio de Oslo, año 1994. Tenía apenas trece años.

Continué pasando las páginas con rapidez. No podía afirmar que era un diario como el que escriben sus vivencias las jovencitas. Mejor dicho era hechos cronológicos que de alguna forma me habían marcado. Mayo de 2006, “los dulce dieciséis” de Liz… Y la primera gran pelea de mis padres frente a mí. Volví hacia atrás…

Junio, 1998. Había cumplido la mayoría de edad. Deseaba conocer mi familia paterna. Pero mi padre dijo que era mala idea. No recordaba donde vivían. Esa noche busqué entre papeles y documentos y había encontrado el dato de un tal Peter McCarthy. Residía en Alberta, en el pueblo de Banff.

Cerré mi viejo anotador y me puse de pie. ¿Qué mejor comenzar a saber sobre mis raíces en el país donde había nacido? Sí… Hacia allí iría. Quizás alguien podría guiarme donde hallar a los McCarthy.

Lenya.

La semana había transcurrido sin sobresaltos. Aunque la tristeza por la ausencia de Bianca podía respirarse en cada rincón, Liz y yo tratamos de estar juntos y compartir cada minuto que mis obligaciones lo permitían. Por suerte por varios días no había tenido que asistir a reuniones en el hotel ni viajar a la Isla. Sebastien a duras penas había cumplido en parte tareas ineludibles para después encerrarse en el despacho o en su habitación. Douglas lo visitaba a menudo, creo que le hacía mucho bien estar cerca de uno de sus hijos. Numa continuaba en la Isla, sin embargo ya enterado de la situación se comunicaba con mi hermano todos los días. Era muy importante para Sebastien saberse contenido, no solo por la partida de Bianca sino por el juicio sobre tenencia que se acercaba a pasos agigantados. Nadie sabía que dictaría el juez. Nicolay amaba estar con nosotros pero era evidente cuánto extrañaba a Boris y Brander cada vez que se quedaba en la mansión.

Con Liz conversábamos mucho del tema. Ella decía que el niño se lo notaba preocupado y triste. Era lógico que en tan poco tiempo no se adaptara a una vida tan distinta a la que llevaba. Otra rutina, otros besos y abrazos al despertar y al irse a dormir. Cada vez que regresaba algún fin de semana de la casa de sus padres reflejaba la alegría de volver con nosotros, pero a los pocos días tenía ansias de ver a sus padres adoptivos. En cuanto a Ekaterina se la veía poco en la sala o en la cocina, salvo que estuviera con el niño. Creo que por orden de mi hermano. No deseaba verla si no era estrictamente necesario. Quizás le recordaría los entredichos con Bianca. Nadie ignoraba que la errante nunca había tenido simpatía por la dama de los Craig.

Charles y Margaret solían quedarse en su bella cabaña cerca del mar. No desconocíamos que la mansión sin Bianca para el viejo mayordomo y amigo, ya no era la misma. Todos teníamos la esperanza que ella regresara, aunque no sabría cómo se desenvolverían los hechos en cuanto a una reconciliación. Mi hermano era hueso duro de roer y estaba sufriendo demasiado. No lo imaginaba sonriente exclamando, “¡ey! ¡Regresaste! Ahora seremos felices.” Lo cierto que estaba en ellos y nadie podría inmiscuirse en el quiebre de su relación.

Cuando entre a la cocina esta mañana, Liz estaba cubierta de harina y parecía concentrada en su tarea.

—¿Qué haces, cariño?

Me miró sonriente mientras abría la puerta del horno y quitaba un pastel.

—Hice tarta de manzana.
—¡Oh, fantástico! ¿Y quién la comerá?
—Es para Mamina. Hoy iré a la reserva. ¿Lo recuerdas? Dijiste que tenías que recibir proveedores.
—Lo recuerdo. ¿Quién es Mamina?
—Es la anciana que acompañó a Drank en la furgoneta cuando me llevaste. Te hablé de ella.
—Ah, sí…
—Ella cocina muy bien. Quiero llevarle una tarta de manzana. Es mi especialidad. La aprendí desde pequeña. A Signy le encantaba.
—Muy bien, amor.
—¡El caramelo!
—¿Qué caramelo?

Se apresuró a llegar hasta la hornalla y observó dentro de una pequeña cacerola. La retiró del fuego y suspiró.

—¡Qué suerte! Está a punto.

Rose entró a la cocina móvil en mano, muy entusiasmada.

—¡Adivinen qué!
—¿Qué ocurre, Rose? –preguntó Liz mientras soplaba el caramelo.
—Anouk consiguió la práctica de docencia aquí, en Kirkenes.
—¡Qué bien! —sumergí el dedo índice en el líquido ambarino.
—¡Lenya, te hará daño!

Chupé el dedo y sonreí.

—No es sólido, cariño. No te preocupes. Al menos déjame probar el caramelo ya que no podré comer tu tarta. ¡Es rico!

Sonrió.

—Seguiré estudiando.

Rose salió de la cocina.

—¡Rose, aguarda! ¡Cuéntame más!

Liz la siguió y me quedé frente al caramelo, meditando…

Hoy mi amada iría a la reserva y compartiría una tarde amena y divertida. Según había contado lo había pasado muy bien. Bueno… Era lo que yo quería, ¿o no? Sin lugar a dudas deseaba lo mejor para Liz y el bebé. Sin embargo me molestaba en el fondo de mi corazón que Drank pudiera probar la famosa tarta de manzanas y yo no.

Bufé…

Maldito aparato digestivo de vampiros.

La imagen de Drank bajando de la furgoneta vino a mi mente. Ya no lucía delgado y demacrado… No, en absoluto. Era un macho humano bastante atractivo a los ojos de cualquier hembra… Y yo había lanzado a Liz a pasar algunas tardes en la reserva con él. ¿Era idiota?

Apoyé los puños en la encimera y mis músculos se contrajeron. ¿Estaba haciendo lo correcto? Sí… Liz me amaba y hacía mucho tiempo que Drank había dejado de gustarle. Incluso antes de conocerme… Mierda… Tranquilo Lenya… Tranquilo. No eches todo a perder.

De pronto, escuché alboroto en la sala. Abandoné la cocina con temor de que se tratara de Liz. Por suerte apenas pisé la sala la vi junto a Rose festejando.

¿Qué ocurría?

Seguí la perspectiva de sus ojos y descubrí a Anne aferrada a la barandilla superior. Me acerqué al pie de la escalera mientras Liz y Rose exclamaban, ¡Anne hablaste! ¡Anne, puedes hablar!

Le sonreí pero no me moví del lugar. Ignoraba si cualquier acercamiento de mi parte la haría volver corriendo a su habitación.

Rose subió la escalera feliz para reunirse con ella. Después de abrazarla insistió.

—¡Has dicho “hola”, eso es genial!

Ella la miró con gesto dubitativo.

—Ven a sentarte a la sala, Anne –invitó Liz.

Anne no se movió. Continuó aferrada a la barandilla.

—¿Te sientes bien? –me atreví a preguntar—. ¿Quieres que llame a tu hermano?

Ella abrió la boca y la cerró. Un silencio cubrió la sala.

Rose la cogió de la mano.

—Ven, beberemos café en la sala. ¿Quieres?
—Sí –murmuró.

Arquee la ceja y miré a Liz que sonrió.

—Mejor voy al despacho, así podrán disfrutar de la sala ustedes tres.
—Gracias, cariño.

Antes de coger el picaporte la escuché bajar la escalera y una frase… Una frase que repitió varias veces.

—Él ya no hará daño. Él murió.

Cerré la puerta del despacho y vi a Sebastien sentado rodeado de papeles. Levantó la vista y preguntó.

—¿Qué ocurre en la sala?
—Anne habló. Dijo algo que no entendí.
—¿Habló? Me alegro por ella. ¿Qué fue lo que dijo?
—Él ya no hará daño. Él murió.

Sebastien suspiró y se recostó en la silla.

—Yo sí lo entiendo. Espero no tener problemas.
—¿Es secreto o puedes contarme? No entiendo nada.
—Ron asesinó al padre de Anne.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Parece que ella estaba de acuerdo.
—No puedo creerlo. Muda y todo con instinto asesino. Vaya…
—No es tan simple, Lenya. Evidentemente Anne se sentía insegura mientras el viviera. El bastardo quiso abusar de ella y Pretov llegó en el momento justo.
—Mencionas a Petrov y deberías preguntarte que le diremos si esto llega a descubrirse.
—Ron fue prolijo y le creo.
—Okay… Ahora… Mi pregunta es… ¿Por qué Ron? ¿Tú se lo pediste?

Negó con la cabeza.

—Entiendo… La gran duda es cómo se interesó en Anne de esa forma si ni siquiera la ve.
—No me preguntes cuestiones de amor. Soy el menos indicado para explicártelas. Bianca me abandonó y no supe retenerla.
—No te abandonó definitivamente. Es momentáneo.
—Creo que eres muy iluso y confiado. Me extraña viniendo de ti.

Lo miré y tragué saliva.

—¿Crees que me he vuelto muy confiado? Porque… Porque fui el de la idea que Liz pasara tardes en la reserva. Pienso si hice bien…
—No te atormentes. Tu esposa no puede estar entre estas paredes con esta tristeza palpándose en cada rincón. Drank es pasado. Liz está enamorada de ti.
—¿Verdad qué sí?

Sonrió.

—No seas tonto. Ella haría cualquier cosa por ti.
—Hace unos instantes me dijiste que eras el menos indicado para hablar de amor.

Liz entró al despacho.

—¿Cariño?
—Mi amor, disculpen por no golpear. ¿Estás listo para llevarme?
—Por supuesto –respiré profundo.
—Me asearé un poco, cambiaré el calzado por uno más cómodo, me pondré perfume, envolveré la tarta, y estaré lista.
—¿Perfume? –mi voz sonó desesperada.
—Sí, el de siempre. ¿Qué hay de extraño?
—No… Nada. Es que para qué usar perfume si no estaré.

Liz sonrió.

—Lenya, me perfumo para mí. Lo hago siempre.
—Ah…
Liz se acercó y su mano ahuecó mi mejilla.

—No habrá nadie en mi vida ni mi corazón que no seas tú. Hoy y siempre. Te amo.
—Yo también te amo.

La besé en los labios hasta que el aplauso de Sebastien interrumpió.

—¡Bravo! ¡Genial! ¡Viva el amor!
—Sebastien… —murmuré.

Abandonó el despacho enfadado.

—¡Sebastien!

Lo seguí hasta la sala. Se giró para enfrentarme.

—Entonces, ¿irás tú al hotel?
—Sí… Escucha… No fue a propósito para restregarte el amor.

Bajó la cabeza con los brazos en jarro.

—Lo sé.  Discúlpenme. No estoy bien.

Subió la escalera saludando a Anne y a Rose con un breve “buenas tardes”.

Ekaterina recorrió el pasillo superior y aguardó de pie al final de la escalera. Mi hermano se detuvo y la miró.

—Pensé que estabas con Nicolay y tus amigos. ¿Qué haces aquí?
—Brander me llamó. Trae al niño en un taxi. Creo que eso acordaron ustedes.
—Me refiero que hacías aquí antes de que Nicolay llegara. No le encuentro fin si mi hijo está con ellos.
—La casa que alquilan es pequeña. Pensé que…
—¿Qué podrías vivir aquí si no está Nicolay? Pues ve pensando donde ir. Cuando Bianca regrese no creo que te quiera ver merodeando.
—Eso si ella regresa.

El aire de la sala se tensó en segundos…

Sebastien subió los escalones que faltaban para llegar a Ekaterina.

—No te hagas la lista. Tú tienes la culpa que Bianca se haya ido.
—Te equivocas. El único culpable que tu hembra abandonara la mansión eres tú.
—¡Cómo te atreves!
—Liz, no te tardes, vamos a la reserva –ordené.

Rose cogió de la mano a Anne.

—Ven, pasearemos por el parque.

Liz subió la escalera en silencio mientras Sebastien y Ekaterina seguían discutiendo.

—Quiero que sepas que estás aquí solo por Nicolay. Porque él te extraña.
—Lo sé. Te repito, salí de la habitación porque Brander está por llegar. Lo esperaré en los portones.
—Perfecto, sal de mi vista.
—No quieres verme porque te recuerdo a Olga. Resulta que se suicidó por ti y eso no lo cambiarás.
—¡Tú tampoco hiciste mucho para que tu hermana no cayera en depresión! Es fácil acusar mientras te cruzas de brazos. ¡Eres la culpable de que se sintiera sola!
—¡Malditos Craig!
—¡Malditos errantes!
—¡Basta! –Exclamé subiendo la escalera—. Suficiente los dos. El niño está por llegar.
—Porque tu hermana esté muerta no significa que no haya hecho las cosas mal. ¡Nunca debió ocultarme al niño! ¡Este infierno que estoy viviendo es culpa suya!
—¡Sebastien! –intenté callarlo.
—Déjame decirle lo que tengo atragantado –la miró con odio—. Lo nuestro fue consensuado, no abusé de ella, ¡entiéndelo bien y que te quede claro! Lo que no me quedará claro es si ese embarazo fue planeado para retenerme.
—¡Sebastien! ¡Basta!

Ekaterina lo miró fijo. Sus ojos púrpura se llenaron de lágrimas.

—No, no fue así… —sollozó—. Ella no lo planeó.

Sebastien bajó la vista.

Ekaterina estalló en llanto.

—No fue así. Ella no jugó contigo. Te amaba. Fue un descuido.
—Cálmate –murmuré—. Anda, ve al parque a esperar a Nicolay.

Bajó la escalera secándose las lágrimas. Miré a mi hermano con reproche.

—¿No te parece que lo dicho estuvo demás?
—Puede ser… Pero ella comenzó… Dijo que Bianca quizás no regresaría. ¿Puedes entenderme? Me clavó un cuchillo en el corazón. Ella sabía lo que iría a dolerme.
—Entiendo. Sin embargo estás al frente de nuestra raza. Debes saber cómo actuar sin salirte de los cabales.
—No elegí esta pesada herencia –sus ojos brillaron por la tristeza—. No la elegí.

Recorrió el pasillo hasta perderse de mi vista. Escuché la puerta de su habitación cerrarse y suspiré. Lo entendía… No era fácil ser justo, equilibrado, y con la sangre fría para resolver conflictos. ¿Cómo lo había logrado mi padre? Daba igual. Ya no estaba para guiarnos. Ni siquiera Charles con su aplomo e inteligencia. La mansión parecía un barco a la deriva. Pero supuse que la mejor forma de salir de los problemas sería conducir ese timón, juntos. Los tres hermanos… Hablaría con Scarlet esta noche.

Brander.

Durante el viaje Nicolay se mantuvo callado. Le hice varias preguntas sin importancia para buscar tema de conversación pero sin buen resultado.

—¿No quieres hablar?

Encogió los hombros y siguió manipulando el muñeco del Hombre Araña en sus manos.

—¿Lo has pasado bien?
—Sí.
—¿Qué harás cuando llegues a la mansión? ¿Jugarás con los videos?
—Sí… Boris no quiso comprarme el videojuego de Batman. Es nuevo.
—Es costoso, Nicolay.
—Dijo que tenía muchos juguetes y que debía pensar que había niños que no tenían nada.
—Cierto, tienes muchos.
—Pero yo quería el de Batman.
—Es muy caro, no podemos comprarlo.
—Se lo pediré a papá Sebastien. Él tiene mucho dinero.
—Okay…

El taxi llegó a destino y pedí al chofer que aguardara. Bajé con Nicolay y vi a Ekaterina en la puerta, esperándonos.

Nicolay corrió hacia ella y la abrazó. Sonreí mientras me acercaba. Aunque noté su rostro apenado.

—Hola, ¿te encuentras bien?

Asintió y cogió al niño de la mano.

—¿Papá Sebastien está en casa?
—En la planta alta. Por favor Nicolay pide permiso si vas a entrar a su habitación.
—Sí, tía.
—Lleva tu mochila y quita la ropa sucia. Ponla para lavar.
—Brander me lavó la ropa y me la planchó.
—Entonces la ordenas en el ropero como te enseñé.
—Sí, tía.

El niño corrió hacia el portal. Parecía feliz. También lo había estado con nosotros. Era una pena que no pudiéramos ponernos de acuerdo en compartir su tiempo.

—Dale mis saludos a Boris.
—Aguarda, ¿qué te ocurre?
—Nada, estoy cansada.
—Ekaterina, tienes los ojos llorosos. ¿Estás triste?
—Sí… No te preocupes. Cada vez que recuerdo a Olga me pongo así. Ya se me pasará. Buenas tardes. Cuídate.
—Buenas tardes.

Sebastien.

Me tumbé en la cama conyugal y abracé las almohadas. El perfume de Bianca impregnaba la tela y cerré los ojos para imaginarme a ella junto a mí. Me sentía enojado y triste. Ambos sentimientos iban y venían en el correr del día, pero al llegar la noche la sensación de estar completamente solo me embargaba y aprisionaba mi corazón. La necesitaba… Odiaba el orgullo que había impedido que me arrodillara a sus pies suplicándome que no me abandonara. Era mi naturaleza, mi carácter, el mismo que a veces no podía dominar. Como hacía unos momentos cuando Ekaterina escupió esas palabras que dolieron tanto. ¿Es que como atreverse a hablarme así? El dolor de haber perdido a su hermana no le daba derecho a torturarme.

Mi memoria me trajo una escena con la madre de mi hijo… Olga era bella y dulce. Su boca de labios sensuales me cautivó. Sin embargo jamás pensé en algo serio. Fueron varios encuentros ocasionales y hubiera jurado que para ella también. Me había equivocado. Olga se había enamorado de mí… ¿El embarazo habría sido estrategia? Ekaterina dijo que no. Lo cierto que Svetlana había recurrido a esa artimaña con Anthony, aunque había resultado bien. Ambos se amaban…

Unos golpes muy suaves sonaron en la puerta.

—¿Quién es?
—Nicolay.

Una sonrisa se dibujó en mi cara. Eso tenían los hijos. El poder de quitarte la angustia y el dolor con solo su presencia.

—Adelante, cariño.

Cerró la puerta y corrió saltando sobre la cama. Me senté y lo abracé.

—Te extrañé. ¿Tú me extrañaste?
—Mucho.
—¿Lo pasaste bien?
—Sí. Fuimos a la plaza con Brander y Boris. Brander me compró un molinete de colores. Gira con la brisa. Y si hay mucho viento gira muy rápido.
—¿En serio?
—Sí, lo olvidé en casa de mis otros papás pero cuando vaya lo traeré para mostrarte.
—Genial. ¿Has comido bien?
—Sí, hamburguesas y patatas fritas.
—Bueno…supongo que por una vez. Debes comer verduras y frutas también.
—Me gustan las frutas, y las verduras mmm… Más o menos.

Sonreí.

—¿Qué más has hecho?
—Jugué al futboll con Boris. Y pasamos por una tienda. Quería que me comprara el muñeco de Batman pero Boris dijo que era caro y yo me enojé. ¿Tú sí me lo comprarás?
—Sí, te lo compraré –lo senté sobre mis rodillas—, pero antes quiero hablarte sobre algo importante. ¿Me escucharás con atención?
—Sí, papá.
—Mira, Boris no te ha comprado el muñeco porque no tenía dinero. Pero Brander y él gastaron lo que tenían para poder alquilar una casa para ti. Para que estuvieras cómodo. ¿Entiendes?
—Sí.
—No debes enfadarte porque no te regalaron el muñeco de Superman.
—¡De Batman, papá!
—Ah sí, de Batman. El caso es que si tú te enojas ellos se pondrán tristes. Tú no quieres eso, ¿verdad?
—No.
—Entonces debes pensar que a Brander y Boris les gustaría comprarte muchos juguetes pero no pueden.
—Pensé que te enojarías con ellos por no comprármelo. Como no los quieres.
—A ver… No es que no los quiera. Solo exijo que vivas conmigo y ellos que vivas en su casa. No nos ponemos de acuerdo. Sin embargo hay algo que sí estamos de acuerdo.
—¿Qué es?
—Que te amamos mucho. Tengamos o no dinero. ¿Entiendes?
—Sí, papá.
—Muy bien. Mañana compraremos el muñeco que te gusta.
—¡Gracias!
—¿Qué tal si cenamos juntos?
—¡Tú no comes! –rio.
—Bueno, yo beberé un jugo y tú cenas. ¿Te parece bien?
—¡Sí!
—Vamos por ello.
—¿Y la tía Ekaterina puede acompañarnos?

Dudé. Pero Nicolay me miraba con gran ilusión.

—Okay, puede acompañarnos.

                                                      ………………………..

En la mesa de comedor Sara había puesto un mantel muy bonito. Mientras Nicolay cenaba, Ekaterina y yo permanecíamos en silencio. Era difícil sobrellevar esos instantes en los que solo quieres saltarle al cuello y gritarle, ¡maldita bruja! Ella por otra parte ni siquiera me miraba. Paseaba la vista entre Nicolay y la ventana que daba a los fondos.

—¿No tienen ganas de hablar? –Nicolay pinchó un pedazo de carne.
—Es que estamos cansados –mentí—. Estuve tras los albañiles en la nueva construcción.
—Yo estuve aseando la habitación.
—Ah… ¿La casa será más grande?
—Sí, somos muchos… A propósito Ekaterina, mañana te mudarás a la habitación de mi hijo Numa. Él prácticamente vive en la Isla y me parece un despropósito que estés durmiendo en el altillo.
—Ustedes lo acondicionaron muy bien. Puedo seguir allí.
—El altillo tiene otra utilidad, y eres la tía de Nicolay así que lo he decidido. Rose y Sara te ayudarán a mudarte.
—Puedo hacerlo sola.
—Dije que te ayudarán.
—Okay… Gracias.
—¿Cuándo será el juicio papá?

Tragué saliva. Ekaterina esquivó mi mirada.

—No lo sé, pronto. No debes preocuparte. Todo saldrá bien.
—¿Si todo saldrá bien viviremos todos juntos?
—Nicolay, por favor, termina la cena –interrumpió Ekaterina.
—No necesariamente. Hijo… Ya te expliqué que no podemos vivir todos juntos.
—Pero si la casa va a ser más grande, papá.
—Escucha, Brander y Boris quieren tener su casa. Por ahora no nos llevamos bien… Es difícil explicarte pero no podemos convivir bajo el mismo techo.
—¿Por qué Boris y Brander se casaron?
—¡No! No importa eso.
—Boris dijo que tú habías dicho al Defensor que ellos eran gays.

Cielos…

—Nicolay –Ekaterina acarició la pequeña mano—. Todos te queremos aunque cada uno quiera vivir separado. Por favor, termina la cena.
—Sé bueno, cariño. Y no te preocupes. Buscaremos lo mejor para ti. Resulta que eres muy terco.
—Igual a su madre.

La frase de Ekaterina me golpeó pero supe que no lo había hecho con la intensión de mortificarme. La había mencionado con nostalgia y chispa en sus ojos.

—¿Mamá era muy terca?
—Sí –dobló la servilleta en cuatro, emocionada.
—Pero era muy bella –murmuré.

Ella me miró con gran pesar.

—Tú te pareces mucho –agregué.
—¿Tú la querías?

Un silencio reinó en el comedor…

—Sí, Nicolay. Nos queríamos los dos. Por eso te tuvimos –sonreí.

Ekaterina me miró y como gesto de agradecimiento devolvió una débil sonrisa.