Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


domingo, 9 de septiembre de 2018

¡Hola mis soles! Siento mucho la demora. Créanme, ha sido duro para mí. Escribir es mi cable a tierra y no poder hacerlo fue una odisea. Pero aquí estoy. No quería publicar solo un conjunto de ideas y escenas.  Porque ustedes se merecen algo mejor que eso.
Aquí está el penúltimo capítulo. Se los dejo con todo el cariño que les tengo. Espero lo disfruten.
Un besazo grande y que tengan una feliz semana.




Capítulo 60.
Revelaciones.

Bianca.

Mi mano se hundió en aquel manto negro y fui tragada por la oscuridad. No recordaba muchas sensaciones de aquella vez cuando traspasé la barrera entre la vida y la muerte. Quizás porque en aquella primavera agonizaba. Ahora era diferente. Me sentía saludable y decidí libremente pisar otra dimensión. ¿O no era tan libre para elegir quedarme? No… Debía cumplir la promesa. Tenía que devolver aquello que pertenecía a otro. De lo contrario nunca hubiera seguido mi camino en paz.

Era una imposición interna, moral, ética, y necesaria. La regla de la “no traición”, de lo que significa el valor de, “no te quedarás con lo que no es tuyo”. Aunque no fuera religiosa o creyente. Para mí iba mucho más allá de eso.

Escapar aquella vez de la muerte pudo resultar anecdótico, pero nunca plausible. Porque no había sido con base en mis técnicas y estrategias de escape, básicamente fue su error. Error que aproveché y me escurrí entre sus dedos mortales. Así fue como me llevé su don. Un detalle tan importante para Hela que no volvería a ser el mismo, incluso desaparecería. Yo podría vivir sin conocer las muertes de aquellos seres que no debían haber partido, sin embargo él sin esa escalofriante virtud, no terminaría su trabajo.

Era espeluznante saber que tenía la misión de guiar a las almas hacia el lugar correcto. Pero era su misión.

En el medio de la nada, la oscuridad dio paso a la penumbra. Mis oídos ya no captaban el sonido de las voces queridas. Me rodeaba el pétreo silencio de la muerte. El frio fue ganando cada molécula de mi cuerpo, por llamarlo de algún modo. Porque físicamente no estaba aquí. Sabía que no estaba aquí… Solo mi energía. Nada más y nada menos que aquello que nos hacer sentir, llorar, reír… Con Sebastien en el parque había quedado algo apenas inanimado. Entre esas dos partes de Bianca, un corazón que lento aún latía. Hasta mi voz había escapado de la garganta y mis ojos no apreciaban los colores.

A pesar de ello, pude percibir el contacto helado de la mano de Hela desprendiéndose poco a poco de mis brazos. Supe que quedaba libre, no para regresar sin obstáculos. Sino para luchar por mí regreso. ¿Y ahora qué? ¿Por dónde empezar?  Estaba sola, sin saber qué hacer.

El siguiente paso fue comprobar aterrorizada que el aire me faltaba. Una fuerza extraña me absorbía hacia abajo. Sin embargo parecía estar sobre suelo sólido. El deseo de incorporarme me fue fácil y me senté sobre la superficie rocosa. Conocía perfectamente que no me habría sentado en realidad. Era un deseo. Como aquella vez… cuando abrí mis ojos sin separar los párpados. Debía usar mi energía para lograr aquello que deseaba más en el mundo. Regresar con mis Craig.

La visión borrosa dio lugar a una vaga nitidez. Alcancé a ver a Hela a unos metros frente a mí. Su imagen podía notarse firme y delineada. Seguramente… porque era yo la que me desvanecía.

Vi sus ojos tornarse rojos como las llamas. El brillo del manto negro. Los dedos esqueléticos aún extendidos hacia mí. Hasta sus pies se veían sobresalir de aquella túnica azabache. Había cumplido la promesa. Lo supe cuando al fin sus rasgos mostraron un tinte de serenidad. Aunque no por mucho tiempo.

Me recorrió de arriba abajo con sus ojos, inmóvil. Como si algo lo hubiera obligado a  estudiar cada parte de mi ser. Murmuró algo que no entendí. Entonces sombras de siluetas deshilachadas me rodearon. Habían venido a buscarme. Como aquella vez…

Intenté pensar en los Craig, en Sebastien, en Charles, Douglas, Nicolay, en todos. Debía volver y pronto. Debía poner todo de mí. Imaginé abrir los ojos, despertarme en la sala rodeada de amor. ¿De verdad estaba pasando por lo mismo? ¿Cómo salía de aquí si no estaba agonizando? ¿Estaba viva o muerta? ¿Cómo saberlo?

Mi corazón… mi corazón latía en un compás irregular. Era diferente a la primera experiencia. No recordaba haberlo escuchado con tanta nitidez. Quizás ahora estaba muy atenta a los cambios. Abrí y cerré los ojos y el paisaje tenebroso no había desaparecido. ¿Cómo era? ¿Cómo lo había logrado en el pasado?

Vi a Hela aproximarse. El gesto de terror me inquietó demasiado para quedarme callada. Con la mente, sin mover los labios, pregunté.

“¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? ¿Acaso no era lo que deseabas?”

Él negó con la cabeza y susurró con voz queda.

“Debes regresar:”
“¡Es lo que más deseo!”
“¡Deséalo más!”
“¡No puedo!” Grité estallando en llanto.
“¡Por favor, inténtalo! ¡No debes estar aquí!

¿No debía estar aquí? ¿De qué estaba hablando?

No entendía el porqué de su extraño pedido. Hubiera jurado que siempre había esperado quedarse conmigo. Sin embargo me urgía pelear por mi vida antes que dilucidar su rara conducta.

Luché por abrir los ojos una y otra vez. Los músculos se petrificaron, el frío parecía haberme congelado. No quería perder la esperanza pero no encontraba la respuesta de qué hacer, cómo actuar.

Y él… que seguía suplicándome con la mirada que lo lograra. Tuve el impulso de saltar sobre Hela y apretarle el cuello reclamando, ¡tú me has traído aquí! ¡Dime al menos qué hacer! Inútil hubiera sido…No podía moverme como en condiciones normales. Era como volver a aprender a caminar, a sostenerme en pie.

El cielo lucía encapotado. Busqué a Marte sin buen resultado. ¿Adrien? ¿Dónde estaba Adrien? Aunque fuera para guiarme. Nada era igual. Ni siquiera el mensajero de la muerte queriendo jalarme el cabello, ahora miraba con súplica que regresara con los míos.

A pesar de que muchas sensaciones terrenales me habían abandonado, percibí el sabor salado de las lágrimas en la garganta. ¿Estaba llorando? Sí… Por la impotencia de la ignorancia en aquel lugar que debía al menos reconocer.

Hela intentó espantar aquellas sombras que seguían allí, tan cerca de mí. Aunque parecían echarse atrás y regresar con más ganas.

De pronto, el rostro de Sebastien se dibujó en mi mente. Estaba desesperado. Eso fue lo que me dio fuerza para no dejarme vencer. Debía ponerme de pie y hacerles frente como diera lugar. Tenía la oportunidad de escapar de allí definitivamente. Lo desee, desee ponerme de pie, y me vi en segundos cara a cara con aquellos espectros.

“¡Voy a regresar!” Exclamé. “¡No se saldrán con la suya!”
“El tiempo se termina. ¡Apresúrate! Suplicó Hela.

Mi furia se materializó en cada célula.

“¡Maldito mensajero! ¡Me has traído aquí y ahora me haces creer que deseas que me vaya!”
“No te traje. Fue consensuado. ¿Recuerdas?”
“¡Eso no cambia las cosas! ¡Dime cómo regresar! ¡Cumplí la promesa de devolverte ese asqueroso don!”
“¿No entiendes? El trato no era así”.
“¡Vine sola maldito seas!”
“¡No has venido sola!”

Mis ojos se abrieron desmesuradamente. Busqué alrededor mientras la angustia me ganaba. ¿Quién había venido conmigo? ¿Sebastien? ¿Bernardo? ¿Douglas? ¿Quién?


Sebastien.

Bianca se había escurrido entre mis brazos como el agua misma. Sin poder hacer nada. Ni Bernardo llegó a tiempo antes de que ese fantasma invisible que tanto la persiguiera hubiera logrado su objetivo.

En un rincón del corazón desde el principio supe que ella no dejaría de cumplir la promesa. Pero a la vez, ¿quién no tiene esperanza de que ocurriera un milagro? Sí, hasta los vampiros.

En vano fue gritar su nombre mientras la sostenía en mi regazo. Inútil reanimarla para que volviera en sí. Igual lo intenté. Todos lo intentamos. Las exclamaciones y los consejos desesperados iban superponiéndose en mis oídos. Solo trataba de seguir los pasos más coherentes para ayudarla a regresar. Eran muy pocos. No podía hacer demasiado. Ella ya no estaba aquí.

Esperar, un verbo que no deseas aplicar si lo que está en juego es la vida de un ser amado. La paciencia no es una virtud destacable si debes contar los segundos para contemplar sus ojos abriéndose o su respiración a un ritmo normal. Sin embargo, el tiempo transcurría y nada de ello pasaba.

—Bianca… —susurré.

La abracé contra mi pecho.

—Bianca, no me abandones —continué—. Donde quiera que estés, regresa.
—Tranquilo papá –Numa apoyó la mano en mi hombro—. Tendrá que entregarle el don y volverá.
—¿Y si no puede?

Hubo silencio en el parque. Es que nadie tenía el valor de mentirme, porque para asegurar que Bianca regresaría debía saber mucho más que cualquiera de nosotros. Aún así, intenté alguna respuesta, algún aliciente para tanta angustia.

—Charles, dime… ¿cuánto tiempo esperaste por ella, aquella vez?

Sus ojos reflejaban la desolación, el dolor de sentirse tan inútil como yo.
—Fueron casi dos semanas o más. Pero recuerda, era diferente. Pudo ser más tiempo al pasar la transición. La convertí en esa ocasión, ahora…ahora el tiempo puede ser mucho más breve.
—¡Solo quiero que regrese! ¡Dime que hacer!
—Lo siento –tembló—. No puedo ayudarte, tampoco sé que hacer… más que esperar.

Mi hermano observó el horizonte.

—Debemos entrar. El amanecer no tardará en llegar.

Sabina cogió a Gloria de la mano y se apartó. La niña se veía acongojada.

—Quédense con Bianca en la sala. Nosotras aguardaremos aquí.
—Me parece bien, cariño –aseguró Bernardo.

Limpié mis lágrimas y cuidadosamente como quien carga lo más frágil y delicado, la alcé entre mis brazos y avancé hacia la mansión. La deposité en el sofá, extendida, puse uno de los suaves almohadones bajo la cabeza, y me arrodillé junto a ella.

De pronto Ekaterina cayó de rodillas junto al sofá. Sus manos cogieron con desesperación las de Bianca.

—¡No la toques! –grité.

Ella retiró sus manos y me miró con lágrimas en los ojos.

—¡Quería ir con ella! ¡Necesito ver a mi hermana!
—Por favor, Ekaterina –Charles tocó su hombro—. Vamos, deja a Sebastien. Tú no puedes hacer nada.
—¡Quiero morir! ¡No lo entienden!
—Tía…

La voz angustiada de Nicolay nos recordó que había un niño en la sala contemplando un cuadro horrible.

—¡Quieres callarte!

Ella no dejó de sollozar pero al menos se sentó en uno de los sofás, cabizbaja y en silencio.

—Bernardo, lleva a Nicolay al parque junto a Sabina, por favor.
—Está bien. Ven, Nicolay.
—¡Pero no me quiero ir!
—Lo llevaré yo. Ven, haz caso a papá –dijo Douglas. Lo alzó en brazos y salió de la sala.

Rose cerró cada una de las cortinas de la sala. Sara llevó el bebé a la habitación. Eché un vistazo alrededor, no para saber que hacía cada uno de los Craig, porque en realidad poco me importaba. Pero necesitaba que una idea fluyera mágicamente de algún rincón, algo que me diera una pista de qué hacer además de contemplar el rostro amado. Sin embargo, ni el león de los Craig colgado en la pared me daba alguna respuesta.

—Déjenme a solas con ella.
—No me moveré de aquí –contestó Charles.
—Ni yo –dijo Margaret.

Lenya se dirigió a Liz.

—Te acompañaré a la alcoba. No lograrás nada viéndola y sufriendo.
—Inténtalo –contestó decidida—. No me iré.
—Piensa en el bebé.
—Porque pienso en él me quedaré. La cobardía no es un valor que desee inculcarle.

Me incliné para escuchar su corazón… Aún latía, muy lento, casi imperceptible…

—Está viva, ¿por qué no regresa?
—Tengamos esperanza –rogó Anouk. Con un apenado “permiso”, se retiró.

Charles cogió la mano de Bianca.

—La siento helada pero tienes razón su pulso late.
—¡Bianca, regresa! –mi desesperación volvió—. ¡Maldito Hela!
—Todo tiene que salir bien —lloró Scarlet—. No perdamos la esperanza.

El sonido de los pasos de quienes se alejaban respetando mi decisión se mezclaba con los murmullos de angustia y desolación. Mi oído captaba todo, pero yo no estaba allí. Pareciera que me hubiera abstraído del mundo y la vida se me iba tras ese rostro sin gestos.

Iba a enloquecer si Bianca no reaccionaba pronto. La desesperación me carcomía y solo quedaba esperar. No había logrado partir con ella. Siendo el líder de la raza y no lo había logrado. Sentí una gran frustración.

La abracé fuerte una vez más, cerré mis ojos, y desee con todo el corazón partir con ella.

Grigorii.

Avancé por el pasillo de la Jefatura medio dormido. No había descansado bien. Esta vez no por Anne y sus pesadillas. Ella ya no sufría malos sueños desde que había regresado de vivir con los Craig. Distraerse y hacer nuevas amistades le había hecho muy bien. Pero yo no dormía de corrido sino que me despertaba cada dos horas. La razón, mi cabeza no dejaba de pensar en Scarlet. Cada vez que la veía la notaba distante y a la vez sus ojos me miraban con amor. Además era alevoso que me evitara cada vez que podía y eso me preocupaba. ¿Qué deseaba de mí esa bella mujer tan misteriosa?

Lo cierto que ya no podía ir tras ella como alma en pena, esperando alguna migaja de cariño y atención. Estaba claro que Scarlet no moría de amor por mí como yo por ella. Había que aceptarlo por más doloroso que fuere.

Puse mi dedo índice en el detector de huella para marcar el horario de llegada. Continué caminando hasta que Mark se cruzó a mi paso para preguntar por mi hermana.

—Todo bien, gracias –contesté.

Palmeó mi hombro y acomodó la gorra.

—Iré de ronda.
—¡Suerte!
—¡Petrov!

Giré para ver a Candy contornear sus caderas hacia mí.

—Buenos días, dime.
—Buenos días, guapo. Antes que vayas por tu compañero de ruta, el jefe quiere verte.
—Okay, gracias.
—Oye… Me preguntaba que tienes que hacer el sábado a la noche.
—No lo sé, podría estar de guardia.
—No lo estás. Se lo pregunté al comisario.
—Oh… Bueno… Supongo que mi hermana tendrá un plan para mí. Tú sabes, pasa mucho tiempo sola.

Me observó con cierta pena.

—Grigorii –bajó la voz—, debes pensar en ti. Tienes una vida por delante.
—Lo sé –bajé la vista.
—¿Entonces? ¿Salimos el sábado?
—Te avisaré. Lo prometo.
—Okay.

Me dirigí a la oficina de Hansen pensando si en verdad Candy tenía razón. Si estaba perdiendo el tiempo, no en cuidar de mi hermana sino en ir tras un sueño. El sueño de Scarlet. Es que me volvía loco. Cuando parecía haberla conquistado, me huía. Debía quitarla de mi corazón.

Golpee la puerta y escuché el “adelante”. Me asomé y sonreí.

—¿Me buscaba, jefe?
—Sí –hizo un ademán—. Siéntate, Petrov.
—¿Hice algo mal?

Negó con la cabeza mientras revisaba una libreta.

—Mmm… Aquí está…

Arquee la ceja, curioso.

Extendió un papel escrito.

—Esto es para ti.

—¿Y qué es?
—Llamaron esta mañana, muy temprano. Desde Solntsevo.
—¿Mi ciudad natal?
—Sí. Dijo ser el forense que efectuó la autopsia a tu padre.

Recorrí con los ojos el nombre y apellido, también el número de teléfono.

—¿Dijo que quería?
—Hablar contigo. No adelantó demasiado. Es un tema delicado pero tú sabes por algo soy comisario. Insistente y tenaz. Él… aparentemente… Tu padre no murió de una caída convencional. Quizás lo empujaron. Mucho más no sé. Debes llamarlo.

Recorrí una vez más los datos.

—Creo recordar haber hablado con él. Lo mío fue un viaje relámpago. Ni siquiera le dije a Anne. ¿Para qué? Tuve que ir en cuanto me notificaron de su muerte. Hice lo que debía hacer cualquier ser humano. Pagué el entierro y la sepultura. Más no merecía. El forense no estaba muy de acuerdo en enterrarlo tan pronto.
—Entiendo. ¿Por qué piensas que el forense insistió sobre algunos análisis?
—Las dudas me las dijo en su momento pero no presté atención. En verdad quería irme de allí. No tengo buenos recuerdos de mi padre.
—Lo sé. Entonces dile que no te interesa saber. Sin tu autorización todo quedará en la nada. A no ser que sus sospechas sean tan fuertes que deba dar aviso a “Homicidios”.
—Sinceramente no me extraña que haya discutido con alguien y la riña haya terminado mal. Sin embargo… soy policía… No puedo dejar las cosas así aunque no sea mi radio de trabajo.
—Haces bien. Delincuente o no, fue tu padre.
—No me lo recuerde. Okay… Iré por Vikingo. Ya debe estar sentado en el móvil policial.
—Ve tranquilo. Si debes viajar a Rusia ya sabes que cuentas con mi autorización.
—Gracias.

Ekaterina.

Subí la escalera y me encerré en la habitación. Agradecí que Brander hubiera partido antes del suceso de Bianca. Creo que lo hubiera puesto triste mi reacción. Pero él jamás hubiera entendido. Olvidé que Nicolay estaba presente. Olvidé todo. Solo quería poder hacer lo mismo que la dama de los Craig. Traspasar esa barrera infranqueable entre la vida y la muerte. Con la diferencia que no necesitaba regresar.

Me senté en la cama con las manos juntas en mi regazo. Aún tenía el sabor salado de las lágrimas sobre los labios. ¡Qué pena no haberlo logrado!

La luz tenue de un nuevo amanecer surgía a través de las blancas cortinas. Salir al sol era una de las formas de morir de los vampiros. Las graves quemaduras provocarían un ataque cardíaco. Lo sabía por Mell. Aquella vampiresa errante que se quitó la vida hacía una centena de años. Pero yo no era valiente como ella ni como mi hermana. La agonía y el dolor insoportable me estremecían. Deseaba algo rápido.

Recordé las palabras de Boris aquella noche después de que Olga nos abandonó. “Lo que hizo tu hermana no fue un acto de valentía, todo lo contrario. Aunque no la culpo, nunca estaré de acuerdo con su decisión. A la vida se la enfrenta, con todo lo malo que nos carga”.

Sí… quizás su acto fue de cobardía. Lo cierto que sea lo que sea que cruzó por su cabeza, se parecía mucho a lo que últimamente estaba sintiendo yo. Aunque Boris y Brander fueran amigos, aunque Sara compartía los cuidados de su bebé, aunque podía estar cerca de Nicolay… La absoluta soledad me rodeaba, y la culpa de no haber hecho lo suficiente en el momento debido. Porque no la salvé… No me di cuenta cómo iba escurriéndose de la vida.

Sabía perfectamente dentro de mí quien era la culpable de la muerte de Olga. A pesar de despotricar contra Bianca. A pesar de detestar a Sebastien por no enamorarse de mi hermana. En mi corazón, conocía perfectamente que si había alguien que hubiera podido evitar su suicido, esa hubiera sido yo. Pero no me di cuenta… No vi las señales. Fui una inepta.

Unos golpes en la puerta me hicieron reaccionar. No estaba sentada en medio de la nada en los Montes Komi. Me encontraba en una mansión con seres que no me apreciaban, salvo Nicolay. ¿Cómo fue que ni siquiera pensé que él permanecía allí?

La puerta volvió a sonar… Quizás Bianca había regresado y esperaban que después de lo ocurrido yo abandonara la casa.

Me levanté y enfrenté lo que podría venir. Sí, al final parecía que algo de valentía me quedaba.

Al abrir la puerta lo miré. Primero, extrañada de encontrarlo recostado al marco con ojos apenados. Segundo, indignada por tanto atrevimiento por seguirme.

Su pregunta me desestabilizó.

—¿Estás bien?

¿Qué podía importarle a este chiquillo metiche? A la vez, ¿por qué molestarse a saber de mí si en la sala vivían un acontecimiento extraordinario?

Lo contemplé en silencio. Tratando de adivinar si era parte de una burla debido al rechazo hacía mí. Hijo de Sebastien, hermano de Douglas, y aparentando haber dejado la adolescencia no hace muchos años.

—Deberías estar en la sala –murmuré.
—Allí no puedo ser útil. Te pregunto nuevamente, ¿estás bien?
—Sí.
—¿Por qué quisiste morir?
—No es algo que deba contarte.

Bajó la vista y quedó pensativo. Un incómodo silencio me rodeó. Deseaba que se fuera y me dejara sola. Sentí que me había seguido solo por acusarme de lo ocurrido en la sala frente a Nicolay, frente a todos.

—Cierto, no es algo que debas responderme –me miró fijo—. Aunque lo intenté. De todas formas querer morir no es la mejor solución.

Hizo ademán de retirarse y lo acusé.

—Tú no sabes nada de lo que significa querer morir.

Giró lentamente e inclinó el rostro. Sus ojos se achinaron con un dejo de rabia.

—Sé mucho más de lo que tú crees.

Se alejó echando una última mirada y quedé petrificada. No hubiera esperado jamás una respuesta así de parte de alguien que tiene la flor de la juventud. Que lo tiene todo.

Cerré la puerta lentamente… A los pocos segundos escuché gritos desde la sala. Me quedé inmóvil… ¿Qué estaría ocurriendo?

Bianca.

Todo era confusión. La penumbra parecía disiparse y un paisaje extraño surgía ante mis ojos. El cielo, antes tormentoso, se había despejado y teñido de azul oscuro e intenso. Marte no brillaba en el espacio. Era coherente. En aquella oportunidad dominaba con su fuerza la tierra. Ahora ni siquiera eso.

El suelo rocoso bajo mis pies, me sostenían firme y el aire que me rodeaba no me agobiaba. Fue evidente que no estaba en el mismo sitio que cuando llegué. Las sombras espectrales se habían esfumado y Hela no se veía por ninguna parte.

Había muerto… Sí… No lo había logrado. No… No podía ser… Ya no volvería con mis seres queridos. Mi cabeza repasó los últimos momentos en la mansión… La charla con Scarlet antes de bajar a la sala, la confesión de Margaret y lo que me quería, el paseo con Charles por el parque, el abrazo de mi padre, y el de mi mejor amigo. La sonrisa de Douglas… Y la mirada enamorada de mi Dios de Kirkenes… Sebastien… ¿Me habías acompañado hasta aquí? Hela dijo, “no estás sola”. ¡Por todos los infiernos! ¿Qué había ocurrido instantes antes de abandonar la tierra?

El dolor me hizo temblar. Creo que lo peor que puede pasarle a un ser, no es enfrentar las barreras y dificultades, sino la ignorancia de lo que enfrenta. ¿Qué estaba ocurriendo conmigo? ¿Qué debía hacer? Me sentía impotente. Quizás era la misma sensación que soportarían los allegados de pacientes en Terapia Intensiva. Tras de las frías puertas, cuentan las horas, los días… Esperando por novedades, con la angustia por compañía. Solo esperando. Porque sencillamente no tienes otra cosa que hacer.

Aquí estaba yo. Rodeada de la nada, sin un rostro conocido o desconocido. Aguardando la mínima señal. Sin embargo aún escuchaba mi corazón latir… Muy leve, casi imperceptible. ¿Habría esperanza de salir de allí?

Hela reapareció a la distancia. Lo rodeaba una masa de luz inestable. Como si se moviera de un lado a otro. Como si cambiara de posición. ¿Quién habría venido conmigo? ¿Habría dado su lugar por mí? No… por favor… Rogué porque no fuera así.

Nuestros ojos se encontraron. No sonreía triunfal por haber logrado lo que deseaba. “No debes estar aquí”. Eso había dicho…

Olvidando mi situación desesperante evacué la duda que más importaba.

“¿Quién está conmigo?” Pregunté apenada.

No contestó.

“Mi intensión fue venir sola, lo juro. Ignoraba que alguien me acompañaría”.

Solo dijo, “también yo”.

“¡Sea quien sea ayúdanos a regresar!” Grité.

No se acercó pero pronunció un claro y contundente, “eso intento hacer”.

La energía luminosa que parecía rodearla se materializó en una imagen a su lado… Poco a poco el rostro de quien lo acompañaba pudo verse perfecto y radiante. Era él… Adrien Craig.

“Adrien”. Pronuncié.
“Bianca”. Respondió, acercándose.

Por un instante olvidé pedirle por mi regreso. Había algo más que me preocupaba, y mucho.

“Lo siento, no sabía que alguien me acompañaría. ¿Es Sebastien? ¡Ayúdalo a volver!”
“Querida Bianca. Quien vino contigo se irá contigo.”
“¿De verdad? ¿Puedo regresar?”
“Se ha roto la regla y no puedes estar aquí. Te ayudaré por el bien de todos. De lo contrario, Hela desaparecerá”.

“Bianca” La nueva voz me sorprendió a mi derecha.

Cerré y abrí los ojos para contemplar aquel rostro angelical, de rubios cabellos y mirada púrpura.

“Olga, ¿estás bien?” Murmuré.

La luz que la envolvía era tenue pero clara.

“Estaré bien cuando regreses junto a Nicolay. Y cuando lo hagas, dale a mi hermana las gracias de mi parte. Ha cuidado a mi hijo como yo lo hubiera hecho. Y dile… dile que me perdone”.

Sus ojos dejaron escapar una lágrima. Y repitió por lo bajo, “dile que lo siento mucho”.

“Se lo diré”. Susurré.

Mis lágrimas murieron en mis labios. Podía sentirlas.

Adrien se acercó hasta tenerme frente a frente. El halo de energía poderosa lo envolvía.

“Gracias por ayudarme. No perdí las esperanzas mientras escuchaba mi corazón latir”.

Él sonrió con ternura. Y dijo…

“No es tu corazón el que escuchas”.

Miré su iris gris plata mientras su mano se acercaba a mí.

“Regresa. Algún día nos volveremos a ver. Pero para eso… faltará mucho tiempo”.

La mano de Adrien se posó en mi hombro y como descarga de voltios me sacudió de pies a cabeza. Creo que grité y el aire entró por mi boca. El iris gris de ese rostro perfecto, fue lo último que vi… y lo primero que vi al abrir mis ojos. Pero no era él, ya no… La mirada risueña del líder de los vampiros había cambiado por otra desconsolada. Sebastien… Mi único amor era quien me contemplaba con gran angustia.

Se sobresaltó asombrado.

—¡Bianca! –Exclamó—. ¡Bianca, lo lograste!

Sentí sus brazos rodearme fuerte y el bullicio de alegría del resto de la sala.

—Regresé –murmuré cogiendo entre las manos su cara—. Regresé… Adrien me ayudó.

Charles se acercó feliz y radiante.

—¡Yo sabía! ¡Él podía ayudarte!
—Pensé –dijo Sebastien acariciando mis cabellos—, que mi padre no podía. La otra vez…
—La otra vez fue diferente. Había ido sola.

Fueron varias cabezas que giraron buscando quien faltaría de la sala. Incluso Sebastien echó una mirada alrededor sin comprender. Vi a Bernardo correr hacia la puerta. Miró hacia el parque y aliviado suspiró.

—Sabina, Douglas, y los niños, están allí.
—Bianca, nadie fue contigo –dijo Liz.

Lo había intuido… Por esa sonrisa de Adrien amable y cómplice. Y su frase, “no es tu corazón el que escuchas”. Hela lo había ignorado me había traído hasta aquí. Pero allí, en esa dimensión, todo se sabía. Ahora lo comprendía.

Cerró perfecto. Si no hubiera habido error, Adrien no habría podido ayudarme. Error… En realidad yo jamás lo llamaría así…

Miré a Sebastien emocionada. Traté de dar explicaciones claras pero era difícil por el momento que estaba transitando. ¿Era un sueño? Imposible. Se sentía demasiado real. Deseaba que todos y cada uno de la sala supieran el porqué el líder de los vampiros me había salvado. Pero solo alcancé a balbucear lo primero que salió del corazón.

—Él dijo –sollocé—, no es tu corazón el que escuchas.

Estallé en llanto.

—Bianca, ¿estás bien? Dime, por favor. Estás aquí, lo lograste. No llores –se angustió Sebastien.

Otra vez me hundí en su mirada. Mi borgoña unido al gris por el amor que nos teníamos… ¿De qué color serían sus ojos? ¿A quién se parecería de los dos?

Repetí por lo bajo aquellas frases escuchadas… Porque aún no lo creía…

—No has venido sola… No es tu corazón el que escuchas.

Mi mano se apartó del rostro amado y resbaló por mi abdomen…

—¿Entiendes?

Sebastien negó con la cabeza.

—Estoy embarazada.

Sebastien se apartó delicadamente.

—Cariño, debes descansar. Habrá sido agotador y…
—Estoy embarazada –repetí ante el silencio de la sala—. Necesito un test, pero estoy segura que es así.
—Tranquila, querida –dijo Charles preocupado.
—Bianca… Escucha… —Sebastien cerró los ojos.
—Yo tengo un test en mi habitación –dijo Anouk desde la planta alta.

Rose arqueó la ceja y puso los brazos en jarro.

—¡Tú! ¿Para qué tienes un test de embarazo? ¿De qué me perdí?
—No te has perdido nada. Soy previsora. Ven Bianca, acompáñame.
—Ayúdame a ponerme de pie.
—Bianca, debes descansar. Te llevaré a nuestra alcoba.
—No, cariño. Estoy bien. Por favor, no te asustes –cogí su rostro nuevamente—. Quiero quitarme la duda.
—Pero… Bianca… Tú dijiste que no podías quedar embarazada. Ahora regresas de la muerte y dices… ¡Diablos Bianca! Ya lo hablamos. No es importante para mí. Estoy feliz de que estés aquí.
—Lo sé. Prometo que si entendí mal no insistiré en mi maternidad. Te lo juro.

Charles me ayudó junto a Bernardo a ponerme de pie. Sebastien me contempló desconsolado. Pensaría que había perdido la cabeza. Para mí estaba claro, aunque debía demostrarle que no era parte de una obsesión.

Vi como Lenya se acercaba a su hermano.

—Tranquilo, no pierden nada en saberlo.
—Es que… Creí que lo había superado.

Antes de subir la escalera del brazo de Charles, me giré hacia mi marido.

—Te prometo que sea cual sea el resultado, estaremos bien.

Por el pasillo seguimos Anouk hasta su habitación. Charles se detuvo en la puerta.

—Bianca… ¿Qué es esta locura, querida? Debemos festejar que has vencido a la muerte.

Lo miré a los ojos. A esos ojos borgoña tan iguales a los míos.

—Es que no fui yo quien la vencí esta vez… De verdad estoy bien. Escucha, Hela dijo, “no has venido sola”. Nadie estaba junto a mí. Ustedes también lo comprobaron. Creí escuchar mi corazón latir y Adrien dijo, “no es tu corazón el que escuchas”.

Charles bajó la mirada a mi vientre.

—Está claro, Charles.

Entré a la habitación, dejando en el pasillo tras la puerta, un rostro perplejo.

Anouk.

Bianca había entrado al baño y me senté sobre la cama a esperar paciente. Rogaba que no preguntara como usar el test porque no tenía la menor idea. Recuerdo haberlo comprado junto a la caja de profilácticos. Reconocía que era un poco exagerada de previsora pero no estaba demás.

El móvil vibró en mis jeans y me apresuré a atender.

—¡Mamá! ¿Cómo estás?
“Anouk, prometiste llamarme en cuanto llegaras y no lo hiciste. No sabía si había ocurrido algo.”
—¿Ocurrido algo? Naah, lo siento. Lo olvidé.
“Te hubieras quedado un par de días más en Moscú. Sabes que con nosotros lo pasas bien y te diviertes”.
—No te imaginas cómo me divierto aquí.
“¿Ocurrió algo anormal?”
—En absoluto. Aquí en esta mansión lo anormal sería que no pasara nada.
“¡Anouk, sé clara!

Con un permiso breve, Rose entró a la habitación.

—Tengo que cortar, mamá.
“¡Anouk!”
—Todo está bien, no te preocupes. Te llamaré luego. Te quiero.

Mi amiga me miró con los brazos cruzados.

—Tú siempre me sorprendes. Pareces salida de un convento angelical, ignorando totalmente los placeres carnales, y me sales con esto.
—Rose, no es para tanto. Compré el test por las dudas. Y antes que preguntes también llevo profilácticos.
—¡Ay no digas! ¡Pero qué bien! Solo te falta un detalle sin importancia. ¡Conseguir un macho!
—Sssh, desconcentras a Bianca.
—Pero si hacerse un test es lo más fácil del mundo. ¿O crees que es un examen de aritmética?
—¡Qué graciosa estás!
—Puede que yo sí, pero adivina. A alguien no le ha caído en gracia lo de tu test.
—¿Quién?
—Tu leñador, querida. Apenas dijiste que tenías un test de embarazo sus ojos se abrieron y quedó petrificado en la sala.
—¿De verdad? –Sonreí acariciando una hebra de mi largo cabello—. ¿Piensas que lo he puesto celoso?
—No lo sé. Pero que lo has sorprendido, lo has hecho.

Sebastien abrió la puerta de la habitación.

—Siento interrumpir pero quiero ver a Bianca. Por favor, agradezco que se retiren.
—¡Ay que poco caballero para ser líder de los vampiros! –protesté poniéndome de pie.
—Vamos, Anouk – Rose tironeó de mi brazo.
—Ya voy, ya voy. Mira si me encontraba sin ropa o algo así.
—¡Anouk, sabía perfectamente que estabas vestida! ¡Ahora salgan las dos!

Fuera de sí señaló la puerta y no tuvimos más remedio que desaparecer.

Sebastien.

Cuando las chicas se fueron me quedé inmóvil. Todo era silencio alrededor. La única puerta que podría ser el baño estaba en el otro extremo de la habitación. Bianca estaría allí… Demonios… ¿Qué clase de pesadilla estaba viviendo? No había podido disfrutar del regreso de mi hembra por el temor que hubiera perdido la cabeza. Es que… ¿Cómo podía ser? ¿De qué hablaba Bianca? ¿Embarazada?

Me acerqué sigiloso hasta la puerta. Apoyé la mano derecha en la placa de madera y respiré profundo tomando valor.

—Bianca…

No respondió.

—Bianca, si no respondes tiraré la puerta abajo.

En ese instante ella abrió con los ojos llorosos. Sostenía algo entre sus dedos. Entreabrió los labios pero no salió palabra.

—Bianca… ¿Qué es todo esto? Yo… voy a volverme loco. Olvida lo del…
—Estoy embarazada.
—¿Qué?
—Vamos a tener un hijo. El corazón que escuchaba es el de nuestro hijo. Eso quiso decir Adrien. ¡Mira! –Extendió un palillo fino similar a un palito de helado—. Tienes dos rayas.
—No entiendo, amor… No sé nada de esto, yo…

Con manos temblorosas se acercó.

—Una raya es negativo, dos rayas es positivo. Lo dice el prospecto. ¿Ahora lo ves? Están muy marcadas ambas.
—Se debe al tiempo de embarazo –Liz nos miró sonriente desde la puerta entreabierta. ¡Felicidades!
—¡Gracias! Eso no lo sabía –dijo Bianca, mientras yo miraba a ambas como si el tema fuera ajeno a mí.
—Sí, en mi caso la segunda raya salió tenue. Es por la cantidad de hormonas en tu orina. Si es poco el tiempo de gestación, la segunda raya no se marcará tan nítida.

¿Gestación? ¿Rayas? ¿De qué estaban hablando? El regreso de Bianca, mi padre interfiriendo, ahora ella embarazada. Cielos…

Ambas se echaron a reír y se abrazaron. Lenya entró a la habitación seguido de Charles.

—¡Hermano! ¿Vas a convertirme en tío otra vez?

Parpadee al tiempo que la habitación comenzaba a dar vueltas.

—¡Qué dicha, Bianca! –Gritó Charles.
—Ey –Lenya me observó—. ¿Estás bien?

Fue lo último que vi y escuché. Sentí mi cuerpo desplomarse contra el suelo.