Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


domingo, 7 de mayo de 2017

¡Hola chicos! Les traigo el capi 26 bien hot como les gusta gracias a nuestra parejita que por fin se ha unido en un solo corazón. Pero la vida tiene dos caras. Ambas estarán plasmadas aquí.
El capi es todo de ustedes espero se diviertan. Besotes.

Capítulo 26.
Luz y oscuridad.

Charles.

Comienzo de febrero traía no sólo las noches oscuras por períodos más cortos, sino el aroma de algunas especies de flores resistentes al frío. Ese día me levanté con renovadas energías. La casa respiraba a alegría y paz aunque nunca se sabía por cuánto tiempo. Lo cierto es que Douglas y Marin estaban juntos y desde hace tres días habitaban la casona de mi propiedad, cerca del mar. Margaret y yo la usábamos para esas bellas escapadas cuando deseábamos evadirnos de la rutina y sinceramente la ubicación privilegiada rodeada de montañas nos aislaba y nos unía. Esos eran uno de los tantos secretos que tenía la naturaleza. Te rodeaba, te acunaba en su seno, y te convertía en parte de ella. Dejabas todo lo negativo atrás, conflictos, problemas, angustias, preocupaciones.

Entré a la mansión llevando unos gajos de espino de fuego, hortensias de invierno, y prímulas, para así plantar cuando regresáramos con Margaret a nuestro hogar. Eran plantas muy resistentes al frío incluso a la nieve, y sus fuertes colores daban vida al manto blanco de las nevadas.

Margaret salió de la cocina con unas bolsas pequeñas de freezer de cierre práctico, al verme con los tallos se detuvo.

—Charles, pensé que recolectarías semillas de las mismas flores. Por eso traje las bolsitas para guardarlas.
—Las flores no están suficientemente maduras, cariño. Además éstas se reproducen de gajo.
—Ah, pues no sabía. Entonces, ¿las pondremos en agua?
—Exacto. Ten, querida.

En ese instante Sebastien salió del despacho con varias carpetas en las manos.

—¿Vas al hotel? –pregunté al verlo ponerse el abrigo del perchero.
—Sí, he comprado un cuadro para la sala principal y necesito estar cuando lleguen del taller.
—Ah, ¿muy grande?
—Sí, unos cuatro por seis. Es un paisaje de la costa. Regalo para Liz.
—Oh, ¡qué detalle hermoso! –dijo Margaret.
— ¿Se sabe algo del impulsivo irresponsable? –preguntó.
—Dame otra reseña, en la casa debe haber varios con esas características.
—Charles… Me refiero a mi hijo, lo sabes.
—Ah, sí… Douglas… Pues no, nada. Debe estar muy bien no te preocupes.

El móvil vibró en mi bolsillo. Lo cogí y me fijé en la pantalla.

— ¡Mira qué casualidad, es Douglas!
— ¿Por qué no me ha llamado a mí? ¡Ah claro! No querrá hablar conmigo porque le diré lo que pienso –refunfuñó Sebastien.
—Ssssh –hice seña de silencio y atendí.
—¡Douglas, querido! ¿Cómo estás? ............. ¡Qué bien, cuánto me alegro! ¿Y nuestra querida Marin? …………… ¡Qué alegría! …………. Lo imagino, sí…
—Envíale un beso a él y a Marin –dijo Margaret.
—Aquí te envía Margaret besos a los dos. Sí… Está muy feliz igual que todos aquí en la casa. ¿Tu padre? ¡Oh, irradia felicidad! –Sebastien frunció el ceño—. ¿Qué cuentas? De lo que puedas reproducir a este viejo mayordomo, dime. …………. Ah, ¿necesitan ropa? –reí—. ¿Para qué la necesitan?

Sebastien dejó las carpetas sobre el piano y se cruzó de brazos.

—Entiendo… Fue una broma. …………. Sí, dime. ………….. Ah, la maceta de la entrada………… la llevaste por delante con la moto………….. Sí…………. A cualquiera puede pasarle con ese ímpetu, querido. Compraremos otra. ¡Ah! La de la izquierda también………….. ¡Por supuesto, al dar marcha atrás!

Sebastien arqueó la ceja enojado.

—¿Qué más? ………….. Ah …………. ¿La cortina? …………. Ah sí, los aros de la cortina donde cuelga, te entiendo……………. Marin se aferró sin querer, por supuesto… ¿Se ha roto uno? ………… Ah, tres…
—Dile que no hay problema. Yo lo zurciré.
—Aquí Margaret dice que no te preocupes, ella los zurcirá……….. Sí, dime……………….. ¿No digas? ¡Qué detalle tan maravilloso, Douglas! –cubrí el micrófono con la mano y hablé bajo—. Dice Douglas que encargó flores de Kirkenes para Marin y que llegaron ayer.
— ¡Qué romántico! –se entusiasmó Margaret.
—Sí… ¿Qué jarrón? El… Ah siiii, el de la mesa de living. Sí, un regalo de Margaret………..  ¿No digas? Bueno, todo es subsanable……….. De verdad, no te preocupes……….. Cuenta… ¿Cajita? ……….. Aaah, sí, nuestra cajita de ahorro que tenemos en la alcoba, sí……………….. ¡Claro! ¡Cómo pagabas las flores! Tienes razón.

Sebastien abrió la boca para protestar y lo volví a callar con señas.

— ¿Cuánto te ha costado, querido? Pregunto por si algún día se me ocurre regalarle a Margaret.……….. ¿Cuántoooooo? ¡Qué barbaridad! ¿Pero las trajeron de Etiopía?……………….. Ah, tienes razón, te las han traído en moto para nieve, por supuesto, es lejos………… Okay, no te preocupes, lo más importante es que estén felices, ¡claro qué sí! ¿Cuándo regresan? Perfecto, estaremos esperándolos ansiosos. Adiós querido, adiós.
— ¡No puedo creerlo!
—Calla Sebastien, que no es para tanto.
— ¿No es para tanto? Acabas de decir que te ha roto macetas, cortina, jarrón, y te ha quitado dinero para pagar sus flores, ¿no es para tanto?
—Sebastien, tu hijo está enamorado, ¿lo puedes entender?

Suspiró agobiado.

—Lo sé, Charles. Soy feliz porque él es feliz. Sin embargo no quita que sea responsable.
—Tu postura de líder de los vampiros te vuelve a veces intolerante.
— ¿Intolerante dices? –con los brazos en jarro me miró fijo—. ¿Te olvidas que por manejar mal las cosas, hubo un ser que quedó con un palmo de narices en pleno compromiso y delante de todos?
—No, no lo olvido. A veces los seres se buscan los resultados. Ese lobo no era santo de devoción de nadie.

Se acercó a mí con la vista fija y un gesto burlón.

— ¿Y quién tiene el derecho de hacer justicia ante alguien que se equivoca? ¿Tú, yo, Douglas?
—No estoy diciendo eso. Los hechos se dieron así. Pero no discutamos, no nos pondremos de acuerdo. Además se me secarán los gajos si no los pongo en agua.
—Ve, pon los gajos en agua.

Antes de retirarme giré para verlo salir.

—Escucha bien, Sebastien –me miró abotonando el abrigo—. Si es cierto que Douglas actúa de una forma que no es la correcta, no te enojes con él. Enfádate contigo. Tuya fue la responsabilidad en su educación.
— ¡Lo he educado!
—Quizás algo falló, quizás lo has consentido demasiado, y siendo un chico ciego es probable que haya sido lo normal. No le eches culpas sólo a tu hijo.

Abandonó la sala rumbo al garaje. Margaret me miró con pena.

—Tranquila, nos adoramos, pero de vez en cuando me gusta decirle las cosas como son.
—Charles, dijiste palabras duras. Sebastien hizo lo que pudo.

Bajé la vista.

—Lo sé… —la miré con ternura—. ¿me seguirás queriendo aunque a veces suene injusto?

Sonrió.

—Sólo si le pides disculpas.
—Prometido.



Marin.

Por el camino bordeado de coníferas nevadas, Douglas iba a toda velocidad. Me había puesto su cazadora para no sentir el frío ya que corrí tras él olvidando mi abrigo en el salón. Para recuperar mi bolso y chaqueta de piel seguramente llamaría a Liz, Rose, o Scarlet. De todas formas no me importaba si perdía mis pertenencias. Lo único que me importaba hoy y para toda la vida, era no perder al conductor de la moto.

De la forma que iba aferrada a su cintura creo que no habría manera de perderlo. Sonreí apoyada mi cara de perfil en su espalda para que el viento no helara mi rostro. Sentí una de sus manos acariciar la mía y después apretarla. Sí… Él también pensaría que no era real lo que ocurría. Era un sueño estar juntos. Por fin… Contra todo el pasado conflictivo entre nosotros. Por encima de las peleas, celos y desencuentros. Aquí estábamos los dos rumbo a… ¿Dónde había dicho? No, no me había dicho. ¡Qué importaba!

A un kilómetro se divisaron los muros de la mansión, pero Douglas cogió una curva anterior y aceleró.

Reí.

— ¿Dónde vamos?
—Ya verás, mi amor.

El “mi amor” en la boca de Douglas hizo que mi corazón palpitara y mis nervios por la ansiedad de tenerlo entre mis brazos recorrió toda mi fibra muscular. Moría por llegar a destino, que pudiéramos estar solos sin testigos. Deseaba hacerle el amor como cada noche había soñado. Sentir sus caricias y sus besos sin que todo terminara mal como antes había acontecido.

Mis brazos lo rodearon y me apreté a él.

Imaginé que sonreía aunque no podía verle el rostro.

Lo que duró el resto del camino hasta llegar a esa casona tan bella, fue una tortura. Apenas bajé de la moto, contemplé dos macetas rotas.

—Ay Douglas, has roto las macetas de Charles y Margaret.

Él bajó de la moto apresurado y quitó un manojo de llaves de sus jeans.

—Se las compraré, lo prometo.

Me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerta mientras yo reía.

Al ver que no adivinaba cual era la llave de la puerta principal quise ayudarlo.

—Dame amor, pareces aquella vez que intentaba abrir, ¿recuerdas? –sonreí.

Me miró a los ojos.

—Sí… Recuerdo…

Su boca devoró la mía y mi espalda dio contra la pared. Por suerte sus brazos amortiguaron el impacto y aproveché para rodearlo por el cuello y comerle la boca como había deseado tanto. Sentir su lengua tibia y su aliento fresco contrajo mi bajo vientre. Mis manos se deslizaron bordeando lentamente el perfil de su rostro, pómulos, la barba incipiente, el cuello, hasta subir y enredarlas en su cabello.

El beso fue cobrando fogosidad, yo diría que hasta desesperación. La respiración se volvió agitada al tiempo que las lenguas se acariciaban y chupaban. Pienso que en mi vida me habían dado un beso de esas características. Bueno, quizás sí. Sin embargo era yo que correspondía como nunca lo había hecho a nadie.

Se separó sofocado para tantear las llaves en mis manos.

—Probaré otra vez, si no puedo pruebas tú.
—Vale –reí agitada por la excitación.

Cuando lo vi intentar abrir la puerta, sus músculos bajo la camiseta se marcaron y los hombros redondos y perfectos se tensaron.

Cielos… ¿Eso era todo para mí? Las piernas me temblaron por las ganas de tocarlo, de besarlo todo, cada centímetro de ese cuerpo cincelado.

La puerta se abrió finalmente y Douglas me cogió la mano.

—Cariño hace frío. Es hora de entrar en calor.

Reí al escuchar la puerta cerrarse a mi espalda y sus brazos que me encerraban por completo. Es que era tan menuda y frágil frente a él.

Nuevamente mi espalda contra la pared y nuestras bocas comiéndose. Salvo que ahora el aire de alrededor era acogedor. Me alzó y el vestido subió hasta mi cintura. Las piernas lo encerraron como tenaza a las caderas y apoyó todo su sexo duro contra mí.

—Las medias –reí contra su boca.

Con una mano intentó quitarlas junto a los zapatos pero perdí el equilibrio y me aferré a la cortina. Se escuchó un rasguido y ambos jadeantes observamos los aros desprendidos.

— ¡Oh Dios! –exclamé.
—No te preocupes, aprenderé a zurcir –murmuró contra mi boca.

Mi nariz contra su nariz podía absorber la cálida respiración. Los labios húmedos contra mis labios entreabiertos pedían más besos.

Como adivinando inclinó el rostro y me besó. Esta vez un poco más lento y dulce. Disfrutando cada centímetro de la boca.

Sentí una de sus manos bajar la cremallera del vestido y percibí la tela floja contra mi cuerpo hasta caer por los hombros y descubrir el sostén. Dejó de besarme para contemplar mis pechos vestidos de encaje negro.

—Marin… Eres hermosa.

Ni tiempo tuve de avergonzarme. Los dedos bajaron la copa de encaje de uno de mis pechos y acarició con la mano llena masajeando y llenándolo de besos.

Apreté los labios para no gritar de placer cuando la lengua jugó con el pezón. Era enloquecedor. Como si una llama me quemara de a poco y el incendio se propagara hasta los dedos de los pies.

Hizo lo mismo con el otro pezón y el vestido resbaló hasta caer al suelo. Quitó las medias con una agilidad hasta reprochable. ¡Cuánta experiencia! Pero ahora no era momento de celos estúpidos, ahora era todo mío y jamás lo dejaría ir.

No sé como terminamos acostados en la alfombra, con unos golpes de menor importancia contra la mesa baja de living y un jarrón que tambaleó y cayó estrellándose en pedazos.

—Lo sé –dijo contra mi boca—. Tendré que reponerlo.

Se colocó en cuclillas a mi lado y quitó la camiseta, entonces quedé sin respiración… Era perfecto… Sus brazos torneados y fuertes. El pecho que se expandía por el deseo, estaba cubierto de una piel blanca y sedosa. Sus tetillas rosadas de aureolas erizadas, su ombligo pequeño y hundido, y la cremallera de los jeans tirante por el bulto bajo la gruesa tela.

Mis manos volaron como mariposas al botón de la cintura. No era justo. Vestía de braguitas diminutas y él aún con los jeans puestos.

Ayudó con sus manos mientras besaba mis pechos otra vez. Los pezones duros y tirantes me dolían con un dolor exquisito cada vez que sus dientes mordisqueaban y tiraban suavemente. Cielos… Cielos… Quería morir así, amándolo.

Cuando sus jeans volaron junto con sus calcetines y botas, los dos nos detuvimos por unos instantes. Tanto él como yo queríamos contemplarnos. Creer que verdaderamente estábamos juntos, sin nadie que nos detuviera, ni siquiera nosotros mismos con las estupideces del pasado.

Los dedos resbalaron por su abdomen y al llegar al bulto de sus bóxers de detuvieron. Lo miré a los ojos y cerró los suyos. Como si quisiera guardar en la memoria el tacto íntimo por venir.

Enganché el elástico y liberé su sexo, tan grueso y largo. Firme y de piel tersa. Sus testículos llenos entre las piernas musculosas. Hice ademán de acercar mi boca pero él me detuvo.

—Ahora no, cariño. No resistiré y quiero vaciarme dentro de ti.

Cada palabra que salía de su voz ronca y excitada era un estímulo para desearlo cada vez más. ¿Acaso podía desearlo más?

La humedad entre mis piernas fue el claro indicio que era sólo el comienzo. A medida que me quitaba las bragas y se posicionaba arriba mío, sentí que me preparaba para hundirlo en lo profundo. Las contracciones del canal empapado se convirtieron en ardor puro. Fuego que sólo apagaría él cuando encajara cada centímetro de su virilidad.

Acaricié sus hombros y deslice las yemas de los dedos por esa espalda ancha. Nos besamos lento pero con la misma pasión del comienzo. Me arquee para dejarle mi cuello expuesto y que su boca lamiera y besara. Así lo hizo. Resbalando su boca entreabierta, deslizando su lengua caliente.

Jadeamos mirándonos a los ojos… Él entró en mí despacio pero sin interrupción… Profundo… Completo.

Dejé escapar un gemido y él recostó la frente en mi frente.

—Marin… Eres mía…
—¿Y tú? –pregunté entre susurros—. ¿Eres mío?
—Sólo tuyo –balbuceó antes de retirarse de mi cuerpo para volver a enterrarse hasta la base.

Mis caderas empujaron buscando alivio. Necesita sentirlo moviéndose fuerte y brutal, como lo había soñado.

Douglas embistió despacio unas cuantas veces arrancándome gemidos de placer. La fricción de su sexo que me dilataba, a la vez me desesperaba no poder aliviar el fuego que nacía en las entrañas de mí ser.

—Te amo –susurró.

Sus ojos de un iris dorado brillaron de deseo.

—También te amo, mi amor –respondí jadeando—. Desde la primera vez… que te vi… En Drobak… Cuando tus ojos… No brillaban así.

El beso que siguió fue salvaje y acompañaron lo embistes de los dos. Como si quisiéramos meternos en el cuerpo del otro. Cada vez más fuerte y rápido.

—Oh… Mierda… Marin… Esto… es…
—Maravilloso –contesté.
—No sabes cuánto te amo.

Esa fue la última frase que escuché de sus labios antes que el orgasmo ganara terreno y se apoderara de mí ante sus colmillos relucientes.

Grité su nombre hasta que las sensaciones deliciosas y electrizantes fueron abandonando mi cuerpo. El placer fue único y sería irrepetible. Porque a pesar de que siguiéramos juntos estaba segura que jamás olvidaría mi primera vez con él.

Douglas no llegó al clímax hasta mi segundo orgasmo. Fue cuando pude contemplar ese rostro que amaba entregado al placer y a la locura. Él también gritó mi nombre al vaciarse dentro de mí. Después cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Tembló en lo profundo de mi cuerpo y se dejó caer agotado, mientras una sonrisa pintaba ese rostro tan bello y varonil.

Admirando el último rastro de su éxtasis las yemas de los dedos acariciaron la comisura de sus labios entreabiertos. La cálida respiración acarició cada falange delgada y las palmas de mis manos. Nos miramos… Sentí un nudo apretando mi garganta y el gusto salado de mis lágrimas… Su rostro se nubló ante mis ojos aunque noté un gesto de preocupación.

—Dime qué lloras de felicidad –susurró con temor.

Asentí con la cabeza mientras las lágrimas recorrían las mejillas.

Él cerró los ojos y besó mis manos con besos pequeños y suaves. Sus brazos me rodearon y giró nuestros cuerpos para tenerme sobre su pecho, recostado a la alfombra tupida.

Me abracé a él con el perfil húmedo sobre esos pectorales tan perfectos, entre esos brazos fuertes, tan acogedores, contenedores de mi alegría desbordada.

No habló ni una palabra, sólo sus manos se deslizaron por mi cabello y espalda desnuda. Me dejó llorar en silencio… Yo… No sabía cómo explicarlo… Estaba dichosa en este momento, sin embargo los recuerdos de todo lo que habíamos pasado, nuestras peleas, cada palabra que nos dijimos con rabia y celos, pero sobre todo, ese deseo de soñarlo mío tanto tiempo reprimido, debía salir. Debía abandonar mi corazón para dar lugar a una nueva etapa.

Lloré no sé cuánto tiempo aferrada a él. Por ese imposible que ahora palpaba bajo mi cuerpo. ¿Liz se habría sentido así por Lenya? Ella también había pasado instantes duros lejos de su amor verdadero. Soportando con angustia su ausencia, contemplando con un dolor desgarrador todas las veces que su amado estaba en brazos de Natasha… Las dos habíamos sufrido lo mismo… No, lo mismo no… Porque ella debió soportar la tristeza por la enfermedad de Drank… Y yo sólo había abandonado a un lobo que no me merecía.

Al recordar la rival de mi hermana, a Natasha, una imagen de Camile se cruzó por la mente.

Pensé… ¡Mira idiota, ahora será mío para siempre! ¡Loba engreída y maldita, has perdido! ¡Te he derrotado! Tú, que decías que no podría amarme nadie, que no servía para nada… La frígida e insulsa te ha quitado a Douglas Craig…

Sonreí entre lágrimas…Hasta que mi sonrisa se convirtió en una tímida risa. Entonces preocupado me apartó delicadamente y me miró a los ojos. Murmuró un, “¿estás bien?”

—Sí, estoy bien –sonreí reflejada en ese ámbar maravilloso del iris.

Volví a reír por mi triunfo mientras depositaba un beso en sus labios carnosos.

— ¡Loba maldita!

Él sonrió y me cobijó en sus brazos.

Entonces habló muy bajo cerca de mi oído.

—Nunca sabrás lo mal que lo pasé con ella. Estar con alguien para figurar y amar a otra persona es una tortura… Nunca dejé de pensar en ti… Nunca…
—Pero aquí estamos, juntos —dije apoyando la barbilla en su pecho.

Asintió sonriendo y me acerqué a su boca.

—¿No extrañarás tu vida de “Don Juan”? ¿No te aburrirás de mí?

Me observó unos segundos antes de hablar.

—No creas toda la fama que he creado yo mismo. No he tenido tantas hembras como he dicho por ahí. Algunas, no tantas. Y si las hubiera tenido, ni el recuerdo queda de ellas. Sólo necesito despertarme junto a ti. Saber que me amas y que no deseas formar otra familia que no sea conmigo.
—Si algo me ha quedado claro desde que fuiste por mí –respondí—, es que no quiero un hogar ni hijos sin ti. Aunque fuéramos tu y yo solos en este mundo. No necesito nada más para ser feliz. Te amo, Douglas.

Percibí sus dedos en la nuca y me atrajo hasta pegar nuestros labios.

—Yo también te amo, Marin. Hoy, mañana, y siempre.

Nos besamos lento, degustando el sabor de ese beso casi como un juramento. Un beso que sabía no sólo a triunfo, sino a dicha, a deseo guardado y hoy liberado. “Hoy, mañana, y siempre”, había dicho… Sí… Para siempre iba a amarlo. Hasta que doliera el cuerpo, hasta que el mundo acabara. Ese beso en el que nos transmitimos tanto fue algo especial, porque quiero que se sepa… Por más que el deseo caliente tus entrañas, el amor, y sólo el amor, es aquel capaz de saciar cada molécula de tu cuerpo.



Carl.

La penumbra de mi habitación me envolvió. No había encendido la luz porque me lastimaba los ojos y dolía la cabeza. Había querido tomar una pastilla para dormir pero mi estómago estaba tan sentido por los nervios que la había vomitado tres veces. Esto era una pesadilla. No quería recordar lo acontecido pero la mente me jugaba una mala pasada y me devolvía la escena una y otra vez…

Marin, vestida tan bella, maquillada delicadamente como solía hacerlo, tan frágil, tan etérea… Y de pronto su mirada clavada en mis ojos… Titubeante primero, segura después. ¿Habría querido decirme “perdón” antes de huir? ¿De verdad pensaba que con el perdón se borraría el acto de abandono? Es que no era sólo el abandono, ojalá hubiera sido una despedida. Con su adiós en el compromiso convirtió mi vida en una tortura. ¿Cómo hacer frente a las burlas de toda mi raza? ¿Cómo mantener el respeto de mi familia, si alguna vez lo habría tenido? Quería que la tierra me tragara.

Hacía una semana que mi mundo se había dado vuelta, pero no roto. Mi mundo estalló en mil pedazos al otro día de la huida de Marin. Cuando salí de mi habitación angustiado, tratando de no hacer ruido para no despertar a nadie, en busca de Ernestina. Quería refugiarme en sus brazos pero también pedirle disculpas por no haberle dado su lugar. Nada de esto hubiera llegado a pasar si yo hubiera enfrentado a mi madre y me hubiera ido de la casa con ella, con su criada. Entonces, desesperado por hallar un aliciente a mi angustia y dolor golpee despacio su puerta, una vez, dos veces, tres… Mi cuerpo se llenó de temores y dudas. ¿Estaría enfadada por el compromiso con Marin? No, después de todo ella y yo no dejaríamos de ser amantes. Era algo hablado y aceptado. Aunque no desconocía que Ernestina era la que llevaba la peor parte, siempre sujeta a que yo fuera a ella.

De pronto, la voz de mi madre a mis espaldas me sobresaltó. Era la primera vez que me dirigía la palabra después del hecho vergonzoso.

—Deja de golpear esa maldita puerta.

Me giré y la miré.

—Mamá… Iba a pedirle un té a…
—No seas hipócrita, Carl. Me tratas de estúpida. ¿Crees que no sé qué te has revolcado con la criada? ¡Inmoral!

Tragué saliva, mis ojos veían nublado. No había comido. Cuando había querido probar bocado, había bajado a la cocina, y mi hermana y su cuñado se levantaron de la mesa y abandonaron el lugar con gestos de asco, le siguieron los dos niños que se burlaron de mí. Entonces volví a mi habitación lleno de vergüenza.

—Sólo quiero verla, mamá –murmuré.
—Pues ve quitándote esa idea porque eché a esa prostituta interesada.
— ¡No es ninguna prostituta! –grité—. ¡Y jamás estuvo interesada en el dinero!
— ¿Ah no? –sonrió con malignidad y autosuficiencia—. ¿Cómo explicas que haya querido quedar embarazada?

Parpadee… ¿Qué había dicho? ¿Embarazada Ernestina?

— ¿No lo sabías? ¡Eres tan idiota! Cuatro semanas de gestación de ese engendro maldito.
— ¡No me insultes más, mamá! Soy tu hijo, soy tu hijo, ¿entiendes? ¿Cómo pudiste echarla a la calle embarazada? ¡Es tu nieto el que ha concebido!
—Por desgracia eres mi hijo, maldita sea. Ojalá pudiera olvidarlo. Hice lo mejor para todos. Nadie se enterará que tendrás un bastardo. Ni siquiera me agradeces.
— ¿Agradecerte? ¡Estás enferma, mamá!
— ¿Qué es este escándalo? –mi cuñado salió apresurado de su habitación.
—Aquí, este idiota está reclamándome que eché a la sirvienta. ¡Qué desparpajo!
—No se altere señora Rosalie, yo me encargo.

Furioso trastabillé avanzando hacia él.

— ¿De qué te encargarás, maldito estafador? ¡Primero devuelve mi dinero!

Yo solía tener fuerza pero la depresión había hecho estragos en mi cuerpo físico y anímicamente, además él era alto y muy robusto, así que me cogió del brazo y me arrastró hasta lanzarme dentro de mi habitación. Di con mi cuerpo contra la cama pero no logré caerme.

— ¡Contesta! ¿Qué has hecho con mi dinero?
— ¡Cállate inútil! Te la devolveré con el tiempo. Los negocios no han salido bien.
— ¿Qué dices? Te entregué la fortuna de la herencia de mi padre. Tengo deudas que solventar.
—Tendrás que esperar. Yo que tú ocupaba el tiempo en saber cómo caminarás por la reserva sin que se burlen de ti.
—Has perdido todo, ¿no es así, desgraciado?

El portazo que dio en mis narices hizo retumbar la casa. No tenía fuerzas para ir tras él y golpearlo. ¿Qué lograría? Además la idea de Ernestina vagando por algún lugar, con mi hijo en su vientre, ocupó toda preocupación.

Ya una semana había pasado y yo seguía encerrado en la habitación, sin comer. Sólo bebía agua del grifo del baño cuando apretaba la sed y volvía a acostarme. Nadie se ocupaba de mí. Nadie golpeaba la puerta por si estaba vivo o muerto. Salvo Camile, Ella me había visitado ayer por la noche. Me quedé acostado con los ojos cerrados, escuchando palabra por palabra lo que salía de su boca. Muchas de ellas con razón.

Se sentó al borde de la cama y preguntó cómo me sentía.

No contesté.

—Oh Carl, pregunta tonta la mía. ¿Cómo vas a sentirte? Miserable. Sí… Lo lograron, desgraciados. Por suerte tuve la inteligencia de cortar esa relación con ese descarado. Pero tú… ¿Cómo fue que no te has dado cuenta?
— ¿Cortaste? –Murmuré sin fuerzas—. Tenía entendido que él te dejó.
— ¡Mentira! Eso es lo que habla la maldita reserva. Por supuesto si es hijo de Sabina, era de esperar que todos estén atrás de él.
—Déjame solo, Camile.
—No, espera. Quiero ayudarte.
—No podrás ayudarme.
—Quizás busquemos una solución a tanta vergüenza.
—No es posible.
—No sé… Si estuviera en tu lugar… no querría vivir más.

La miré sorprendido.

—No me mires así. Después de lo que ha pasado nunca te reivindicarás. Piensa, tu madre te detesta, tu cuñado y hermana te han estafado, no tienes amigos, y… Bueno, la insulsa e ignorante de tu criada, jamás volverás a verla.

Un sabor amargo bajó por mi garganta. Tragué saliva como hiel.

—Tarde o temprano la encontraré. Lo sé.
—No lo harás Carl. Tía le ha dicho que eran tus órdenes. Que habías decidido que desapareciera para poder ser feliz con Marin. Le dio suficiente dinero para que desapareciera. Dinero que aceptó.

Me senté en la cama de un salto.

— ¡No pudo haberle dicho eso!
—Sí, querido. Así que estará odiándote. Por eso… ¿Qué te queda por vivir? Nada, no te queda nada. Piénsalo. De esa forma, la familia quedaría libre de vergüenza. Alegarían que estabas enfermo de la cabeza, loco en un decir.
—Vete, Camile… —volví a acostarme.

Ella se puso de pie y alisó su vestido.

—Muy bien, me voy. Pero piensa lo que te he dicho. A veces ante hechos trágicos no queda otra que salidas trágicas. Buenas noches.



Marin.


Con la bata de Margaret que me daba dos vueltas contemplé entre mis brazos el ramo de rosas que me había llegado esa mañana.

—Son preciosas, Douglas –las olí y sonreí feliz.

Se acercó por detrás y me rodeó con los brazos.

—No más preciosas que tú.
—Gracias… —giré el rostro aún encerrada en sus brazos y lo besé.
—¿Tienes hambre? –preguntó.
—Un poco. Tenemos más galletas de salvado en las latas y huevos sobre la encimera.

Sus ojos del color de las castañas se fijaron en los estantes.

—Charles piensa en todo. Evidentemente dejó comida en exhibición por si caían visitas inesperadas. Las galletas están un poco húmedas, ¿verdad?

Reí.

—Un poquito, pero en esa lata hay harina y si tenemos suerte será leudante. Haré un pan, ¿te parece?
—Me parece muy bien. Aunque extraño un bife jugoso.
—Podemos regresar. He avisado en el trabajo que no me presentaría en la semana –volví a reír—. Sin embargo podemos quedarnos en el hotel.
—No, aún no…

Atrapó mi boca metiendo su lengua cálida y correspondí al beso por largos segundos hasta que separé mis labios y sonreí.

—No tenemos ropa más que la puesta.
—Llamaré a Charles y le pediré ropa y algunas cosas. Haremos de cuenta que es nuestra luna de miel.
—¡Douglas! –recordé—. ¿Y tu tesis?
—Ahora ya no tendré oportunidad de presentarme hasta junio –besó mis labios—. No te preocupes, valió la pena.
Depositó las rosas sobre la encimera y me atrajo contra su cuerpo.
—¿Sabes que tengo ganas de hacer ahora?

Reí y lo rodee por el cuello en puntillas de pie.

—Dime…
—¿Y si adivinas? –sonrió empujando sus caderas contra las mías.
—Aguarda –reí—. Aguarda, ¿por qué no mejor cocino el pan y luego hacemos lo que tienes en mente? Así tendremos que comer después… Digo… ¿Estás de acuerdo?

Frunció el entrecejo y jugó a estar pensativo. Incliné el rostro sin dejar de sonreír.

Amaba hundirme en esos ojos ahora chispeantes y divertidos.

—Okay… Vale… Mientras llamaré a Charles. Pero no te tardes mucho en la cocina.

Negué con la cabeza risueña.

—Lo prometo.

……………………………………………………………...............


Serían las cuatro de la tarde cuando cerré el horno con un hermoso pan leudado. Sequé mi frente por el sudor del cálido ambiente y recogí el largo de la bata con la cinta de atar en la cintura. Miré mi atuendo. Una minifalda improvisada, descalza, mis cabellos enredados, y las manos igual que la encimera, llenas de harina. Era un desastre si de elegancia se trataba. Erótica, en absoluto. Bueno… Eso no fue lo que pensó Douglas mientras me miraba desde la puerta.

Le eché un vistazo de reojo y sonreí. Cruzado de brazos, recostado en el marco de la puerta, al parecer con los ojos fijos en mi culo.

—¿Qué miras? –provoqué.

De espaldas a él sentí sus pasos descalzos, en realidad intuí su proximidad. Respiré profundo justo cuando sus manos cogían mi cintura y empujaban suavemente hacia la encimera.

Los labios se deslizaron por mi cuello y el corazón comenzó a palpitar…

Con sus manos por delante de mí abrió el escote y liberó mis pechos. Acariciaba muy bien. Sabía cómo rozar mis pezones para que volviera loca de deseo en segundos.

Jadee cuando succionó la piel del cuello…

Con una mano desprendió sus jeans y presionó su virilidad buscando respuesta. Mis caderas se arquearon y con un movimiento provocativo friccioné la dureza de su sexo. De pronto dio un gemido que humedeció mi entrepierna. ¿Sería siempre así? ¿Lo desearía hasta enloquecer cada vez que estuviéramos tan cerca?

De un tirón quitó la bata y quedé desnuda ante sus ojos. ¿Dónde había quedado mi timidez? Lo ignoraba pero tampoco quería encontrarla. Se estaba muy bien así. Sin ningún pudor ni vergüenza.
Besó mis hombros, toda mi espalda a la vez que empujaba mi cuerpo sobre la encimera. El frío del mármol contra mis pezones provocó una electricidad de punta a punta. Jadee…

—Mi amor…
—¿Qué? –susurró él cayendo de rodillas.
—Douglas…
—Dime… —abrió mis piernas y quedé expuesta para él.

Sus manos en mi culo acariciando los glúteos y piernas una y otra vez, mientras mordía y lamía dejando escapar esos sonidos guturales llenos de pasión. Mi boca dejó escapar un grito por la excitación. Mi sexo empapado sintió el contacto de su lengua hurgando, hambriento…

Los pulgares me abrieron para que su boca se deslizara por cada centímetro de mi intimidad. Comencé a gemir… Las uñas se clavaron en la encimera mientras movía mis caderas deseando que llegara más profundo. Lo quería todo de él.

—¿Te gusta esto, cariño? –murmuró contra mi piel.
—Sí –balbucee—, mucho… ¡Me gusta mucho!

Mis piernas temblaban por cada nuevo contacto de sus labios, de su lengua. El roce del fino vello de su barba provocaba un cosquilleo en cada terminación nerviosa. El sudor me bañaba, mi pulso se aceleraba, mi sexo empapado latía. Y aún quería más… Por eso, cuando sus dedos expertos acariciaron el clítoris y la lengua hurgó en lo más profundo, cerré mis puños y un grito ahogado salió de la garganta.

No supe cuánto tiempo pasó antes de que me atrapara el primer orgasmo. Tomé conciencia de estar de pie sólo cuando los temblores de placer fueron disminuyendo. Suspiré sonriendo aunque necesitaba más de Douglas. No porque fuera una ninfómana sino porque amaba tenerlo dentro de mí.
Dicen que los que se aman no necesitan hablar para saber que desean o como se sienten. Y así fue…
Se puso de pie y acomodó su sexo entre mis piernas.

—¿Me quieres dentro de ti? Dime que sí —jadeó—. Porque yo lo necesito... Muy profundo, todo entero, como sé te gusta.
—Sí… Sí, por favor…

Sentirlo entrar centímetro a centímetro, dilatándome hasta llenar cada rincón y aún más… Gozar con cada movimiento, entrando y saliendo, lento y suave al principio… Después, cada vez más… Fuerte… Rápido…

—Nena… Nena… Me matas… —gimió.
—Más… ¡Más mi amor! ¡No pares! ¡Oh Dios! –grité.

Me aferré como pude para soportar las placenteras embestidas. Mechones de mi cabello caían en mi cara danzando al compás de ese ritmo continuo que encendía el bajo vientre. Los labios entreabiertos dejaban escapar quejidos como si fueran reflejos innatos. No se trataba de hacerle notar que enloquecía para aumentar su ego, porque en ese momento no había nadie más egoísta que yo. Sólo deseaba que mi cuerpo lo recibiera entero, lo apretara, lo exprimiera hasta la última gota de su ser.
Nuestros gemidos se mezclaron, los gritos de placer se unieron en una sola voz… Era mío, cielos, era mío, sólo mío…

—¡Aaaay nena! No puedo esperar… Cariño… Siente como me rindo por ti… Aaaaay… ¡Mi amor! Marin…

—¡Lléname toda, Douglas! ¡Déjate ir! Ahora, mi amor… Así… Sí… Juntos…

Tembló de pies a cabeza provocando mi segundo orgasmo… Fue tan maravilloso como las veces anteriores. Cada vez había algo nuevo de su cuerpo que descubrir en medio de tanto goce. Como al hacerlo bajo la ducha, cuando terminamos encastrados como piezas de rompecabezas. Mis piernas como tenazas a su cintura, sus fuertes brazos sosteniéndome, mientras el agua tibia se deslizaba por nuestra piel. O cuando despertó en la cama, sorprendido y soñoliento, con su sexo en mi boca, degustándolo con deleite hasta hacerlo retorcer de placer. Su gesto de satisfacción, su voz ronca rogando por más, y esa sonrisa final que cerraba el acto de amor más sublime.

Lo amaba con mi alma y con mi cuerpo. Atrás quedaron los deseos de hogares bien constituidos, de familias perfectas, de hijos como en las narraciones infantiles. Nada hubiera servido sin él. No importaba si recorría el mundo de su mano como seres errantes sin lugar fijo. El amor no tendría sentido sin Douglas porque era la pieza fundamental. No se parecía a mi príncipe de caballo blanco. Más bien era un lobo de sangre caliente y corazón apasionado. Salvaje y animal. Y esta princesa que era yo, supo que este cuento tendría un final diferente, pero sería el mejor final que había soñado en mi vida.

…………………………………………………………....................


A la noche Lenya nos trajo ropa y algunos víveres. No quiso entrar a la casona, se quedó en la puerta hablando unas palabras con Douglas. Permanecí muy quieta en el sofá, sin que me viera, escuchando esa voz grave y pausada del que a partir de ahora sería mi cuñado. Gracias a él Douglas había ido a la reserva por mí.

Por un instante me puse de pie y titubee si salir a su encuentro. Expresarle agradecimiento hubiera sido ideal en estos casos. Sin embargo algo me detuvo y volví a sentarme. No debía sólo un “gracias” al hijo de Adrien Craig, debía mucho más que eso. Porque una noche, no muy lejana, había entrado a la mansión llevándome todo por delante por el pánico. Me había parado frente a él, y delante de todos, le desee la muerte.

Mis ojos se humedecieron al recordar el miedo por mi hermana, pero también la injusticia cometida. No… No debía un pedido de disculpas en esta casa solitaria teniendo de testigo a Douglas. El perdón debía pedirlo como correspondía. Del mismo modo que lo había increpado e insultado. Frente a todos.




8 comentarios:

  1. un capítulo genial por fin Marin y Douglas están junto. Te mando un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola Ju! Me alegro que te haya gustado, era el objetivo que te divirtieras un rato. Marin y Douglas están juntos por fin y ahora viviremos con ellos su gran aventura.
      Yo también te mando un beso y espero que tengas una bella semana. Muchas gracias cielo!

      Eliminar
  2. Ufffffff querida que calor!!! Me encantó el capi....ame el sexo (sabes q cuando esta bien relatado me encanta) me mate de risa con los destrozos cometidos y sobre todo disfruté completa y absolutamente el dolor de Carl...
    Gracias por tantas emociones juntas ami

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Mi querida amiga! Gracias por estar aquí aunque te pinten días malos y buenos. Siempre acompañándome. Sabía que te iba a gustar la escenita pues ya íbamos deseándola todos. Se han hecho esperar.
      Ambos han destrozado la casona casi, pero la felicidad de Douglas es suficiente para Charles. Carl... Bueno tendremos que ver que hará de ahora en adelante. A veces se necesita caer en el abismo para darse cuenta de los errores. A lo mejor es tarde o quizás no. Y las gracias e las doy a ti, por comentar con ese entusiasmo. Un besote enorme!

      Eliminar
  3. Excelente capítulo me gustó mucho y sobre todo que Marin y Douglas estén juntos y felices y por Carl mmm el debería de espabilarse y enfrentar a su cuñado, también a la bruja de su madre que es bien mala y buscar a su amor, gracias Lou!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola Lau! Me alegro que te haya gustado. Por fin Douglas y Marin juntos y ahora a recorrer con ellos la aventura de vivir en pareja. Desde ya nada fácil para nadie.
      Carl es un pobre tipo. Hay que ver si la vida da oportunidad, a veces sí, a veces es tarde.
      La madre es una bruja y pienso que le queda chico el mote. No me gustaría que triunfara, ya veremos como lo logramos.
      Te mando un besazo y muchas gracias por comentar.

      Eliminar
  4. Hola, Lou... "Luz y Oscuridad"... Sí, se diferencia muy bien la luz que acompaña a Douglas y a Marin... y la oscuridad que envuelve a Carl
    Charles es genial... ya me encantó tu adelanto en Facebook... y me reí cuando Charles le comenta a Douglas que Sebastien irradiaba felicidad ;-)
    Creo que como Douglas y Marin sigan mucho en la Casona... Charles y Margaret se van a quedar sin Casona ;-)
    Bueno, me ha encantado ver a Douglas y a Marin tan felices... y amándose tanto ;-)
    Sin embargo, Carl me ha dado pena
    Vamos a ver si me explico... No estaba bien lo que Carl iba a hacer... casarse con Marin cuando, en realidad, ama a Ernestina... Eso no era bueno ni para él, ni para Marin, ni para
    Ernestina
    Pero es que creo que a Carl le falta carácter... hay personas que son débiles y esto es así
    Carl está dominado por su madre... que es una bruja
    Y su cuñado, y su hermana... unos aprovechados sin decencia
    Lo que ha hecho la madre de Carl con Ernestina no tiene perdón... cuesta creer que existan madres malas, pero existen
    Me gustaría que Carl enfrentara a su madre, a su hermana, y a su cuñado... y que buscara a Ernestina... pero no sé lo que pasará
    Respecto a Camile... jamás vi un ser tan malo... aconsejar a una persona que se suicide es una maldad tan enorme que tampoco tiene perdón
    Bueno, pues el capítulo me ha encantado
    Enhorabuena, Lou
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola Mela! No me ha llamado la atención que te hayas dado cuenta de un punto clave del capítulo.Eres muy detallista. Te felicito. En verdad la oscuridad de Carl es sólo el comienzo. Tú te has dado cuenta, Camile ha sembrado algo terrorífico en su alma torturada y de hecho hasta para la ley se tipificaría en un delito. La instigación al suicidio. Veremos que pasa...
      En cuanto a su madre y su cuñado en realidad a toda su funesta familia debería haber un final apropiado para cada uno, ojalá.
      Douglas y Marin por fin juntos aunque seguramente tendrán sus peleas y conflictos como toda pareja que debe amoldarse. Lo peor creo que pasó, ladecisión de estar separados no era buena solución.
      Charles, que decirte de Charles, a mí me hace reír mucho. Yo no hubiera tomado con tanto humor lo de su casona pero bueno, lo material va y viene y lo importante es la felicidad de Douglas que aunque no le guste la palabra "abuelo" es como si fuera su nieto.
      Muchas gracias por la dedicación en tu comentario. Un beso grande y te deseo buena semana.

      Eliminar