Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


martes, 10 de julio de 2018

¡Hola chicos! Dejo el capi 56 para ustedes. Espero lo disfruten. Un besazo y gracias por acompañarme.


Capítulo 56.
El poder de la mente.

Bianca.

Que recordara, siempre me deslicé entre la muerte sin tenerle miedo. Aún de adolescente, cuando acompañaba a mi madre algún que otro funeral, permanecía observando al difunto rodeado de esas flores y coronas coloridas y costosas. Esas ostentosas que debían tener un fin, aunque en mi adolescencia parecían ridículas. Pensaba en ese momento, ¿para qué tanto adorno y gasto de lujo si el que ha muerto no lo verá? Pero el fin que persigue en parte, no es para el halago del que abandonó este mundo. Sino para uno mismo. Y no me refiero a un simple ramillete de flores.

No está mal después de todo. Es la única forma que tiene el que está vivo para aliviar su frustración. No todos pueden expresar su cariño fácilmente. No todos pueden decir lo que sienten. De lo contrario no habría tanto trabajo para los psicólogos. Es una suerte para aquellos que sí se sienten libres de hacerlo en vida.

Recuerdo que era pequeña cuando me escabullí en el funeral de mi abuela. Cuando mi madre me descubrió fue tarde y había visto más de lo que para una niña de cinco años era recomendable ver. Creo que mi madre salió airosa después de todo. Ante mi pregunta, ¿qué es morir, mamá? Ella contestó, “es dormirse… para siempre”.

Por supuesto, “el para siempre” no tenía la carga emotiva que tuvo al pasar los años. Después te das cuenta que “para siempre” es sinónimo de “nunca más”. Es un “nunca más” especial. Porque el destino o tú puedes pensar y decir muchas veces esa frase, sin embargo está en ti poder cambiarla. Con la muerte no ocurre lo mismo. El “nunca más” es definitivo.

Hoy pienso si elegir la carrera de forense fue la magia que rodea la investigación, o en realidad quise acercarme aquel misterio extraordinario para muchos. La ciencia te enseña que tu cuerpo se degrada, ya no servirá, ha cumplido su función finita. Entonces, tu curiosidad se ve aplacada por las respuestas empíricas. Lo que es real y existe lo contemplarás con tus propios ojos. Como al estudiar los huesos de un esqueleto. Claro… Eso fue antes de conocer a Hela.

La muerte siempre me pareció algo lejano y difuso, aún más cuando me convertí en vampiresa. Sin embargo hoy creo que nadie escapa, aunque pasen miles de años. Incluso Hela. Si no recuperaba el don y su energía se completaba, desaparecería.

Sabía que no era justo para mí, pero menos para él. Un escape aguerrido de aquel mundo donde nadie podía sobrevivir, un roce de sus manos, un don perdido, y una promesa que no iba dejar de cumplir.

Los brazos de Sebastien me rodearon por la espalda y me volvieron a la actualidad. Miraba la ventana al parecer entretenida con un par de ballenas que danzaban lejos de la costa. Pero lo que lograba abstraerme ante los demás, no pasó desapercibido para el líder de los vampiros.

—Estás preocupada –sonó su aseveración.

Permanecí callada. Habíamos prometido decirnos todo. Así que mi silencio fue un sí.

—¿Crees qué regresará pronto?
—No lo sé. No me preocupa que regrese, tarde o temprano lo hará. Mi inquietud es si podré volver.
—No irás sola. Te lo aseguro.

Sonreí y mis manos acariciaron las suyas.

—No puedes estar pegado a mí las veinticuatro horas del día. Piensa, ¿cuánto tiempo viviríamos así? Tengo que enfrentarla sola. Él solo quiere su don.
—¿Qué ocurre si no lo devuelves?
—Desaparecería para siempre.
—¿Cuál es el problema? –me giró entre sus brazos y miró a los ojos.
—Se lo prometí. Él confía en mí.
—¡Pero Bianca! Quizás es lo que busque, quedarse contigo.

Negué con la cabeza.

—No, Hela quiere su don. Solo debo saber regresar. Lo hice una vez.
—Tú y yo conocemos lo difícil que será. Me aterra tu promesa.
—Será difícil, sí. También materializarme lo fue, y aquí estoy.
—Es diferente.
—¿Por qué? Charles me dijo que era peligroso. Había habido casos de vampiros desaparecidos.

Guardó silencio. Su rostro dibujaba la impotencia.

Acaricié esa barba incipiente.

—Tú más que nadie debe confiar en mí.
—Confío, pero no puedo evitar sentir el miedo. Iré contigo. Si aparece te abrazaré tan fuerte que no podrá llevarte sin mí.

No podía explicarle a Sebastien que Hela me llevaría a su mundo si estaba sola. Era parte del pacto. Encontrarse con un ser que no debía morir produciría un desorden del destino. En cambio yo… debía morir aquel día que escapé entre sus manos. Si no pudiera regresar, Hela se quedaría conmigo, sin embargo nada cambiaría a lo que debió ocurrir en aquella inundación.

Adrien.

Contemplé el azul intenso del espacio sobre mi cabeza. Bajo mis pies, el suelo salino e inmaculado serpenteaba hasta una puesta de sol dormida. La potente energía luminosa me rodeaba y la fe era un imperativo que jamás podría abandonar. Me había ganado este lugar por ser quien era. Un ser que había logrado perdonar sus errores y vencer las angustias. Aquí no existían pensamientos negativos, solo paz, sintiendo la dulce resignación del destino. Cuando logras esta etapa tan sublime, tú has aprendido a despojarte y soltar lo que no pertenece a ti, sino a la vida. Fue un aprendizaje difícil, porque al sentir que eres más poderoso puedes caer en la tentación de ayudar a quien puede necesitarlo.

Aquí existían reglas, como en la tierra. Conocías cada una de ellas sin que nadie te lo dijera. Era extraño, pero real. La mente era el mayor poder con que contabas. No sucedía como en la tierra donde algunos podíamos desarrollar un sexto sentido, o sabíamos materializarnos en otro sitio. Aquí, no era una virtud sino una característica incorporada en cada uno de los que habitábamos este mundo energético. Una etapa diferente a la transitada. Tu cuerpo no era necesario. ¿Quieres llamarlo muerte? Pues, llámalo como te guste. Yo prefiero no compararla. Porque a mí se me ha enseñado desde pequeño que muerte es lo inmóvil, lo inerte, el silencio. Es no existir. Creo que aquí no se daban ninguna de las condiciones.

Sin embargo había un detalle importante. Tu energía no era algo intacto e intocable. Se debilita por la angustia. Como si lo que formara tu esencia fuera desintegrándose hasta hacerte desaparecer. Eso ocurría con Hela. El mensajero no tenía una pena que lo atara a un ser querido, pero si una gran preocupación. Su don perdido. Él tenía una misión que había sabido cumplir. Era su trabajo por horrendo que fuera. Ahora no podía efectuarlo con eficiencia. ¿Dónde quedaría Hela sin su don? En la nada.

Bianca había escapado de aquí llevándose algo que no le pertenecía, aun sin quererlo. Pero los hechos habían ocurrido así y faltaba el final de un capítulo, que aunque aterrador era inminente. ¿Por qué debía ocurrir? Porque Bianca cumplía las promesas.

Agni se deslizó suavemente envuelto en una luz blanca. Lo miré y me miró. Sonreí a mi querido amigo. Conocía tanto de mí como yo de él. Como Charles conmigo.

—Sabes qué no podrás ayudarla, ¿verdad?
—Lo sé.
—Aun así, tengo mis dudas.
—También lo sé.
—Será difícil no intervenir. Ella debe salir sola de aquí.
—Sí… Aunque…
—Dime, ¿piensas quebrar la regla de la lógica? Si alguien entra a un lugar por voluntad, siempre debe saber salir de allí.
—No. Solo pienso que si Hela no hace lo correcto todo cambiaría. Podría interferir.
—¿Crees que Hela sería ineficiente?
—Hasta el más perfecto e intachable cometería un error, entonces podría ayudar a Bianca a regresar. Estaré atento.
—No se me ocurre en que puede fallar. Sabe de memoria como todos aquí, lo que debe y no debe hacer.
—Debe traer a Bianca, solo a ella.
—Cierto… Pero… si… ¿ese otro fuera Sebastien?

No respondí. Él insistió.

—Adrien, querido amigo… ¿Qué harías? Hela quiebra el reglamento al traer las dos vidas y tú, puedes tocar con tu energía a una. No quisiera verte en esa situación.
—Yo tampoco. Salvar a mi hijo sin Bianca sé que sería el fin de Sebastien. Nunca sería el mismo.
—Pensemos que todo saldrá bien. Bianca vendrá sola y podrá regresar sin ayuda.
—Por supuesto, eso es lo que ocurrirá.

Una luz brillante asomó por la izquierda. Estaba lejos de nosotros pero parecía tan cerca. Poco a poco, a medida que avanzaba cuerpo y rostro dibujó la perfección. Su larga túnica blanca daba la impresión de flotar.

La reconocí. De inmediato sonreí.

—Olga, querida… ¿Estás lista? Ven con nosotros.
—Bienvenida –dijo Agni.

Ella sonrió y sus ojos claros y bellos se iluminaron.

—Bianca aprendió la canción –murmuró.
—Me alegro. ¿Estás feliz?

No contestó. Avanzó hacia las rocas y observó hacia el vacío.

—Ella tendrá que escapar de aquí para regresar y cuidar de mi hijo.
—Así es –contesté.

De pronto su luz fue debilitándose…

—Olga… Todo saldrá bien.

Su mirada cambió. Un velo de tristeza la cubrió en instantes y su túnica perdió brillo. Quise acercarme a ella pero algo lo impedía. Olga aun no podía dejar de preocuparse.

Se alejó lentamente mientras parecía escucharse un gemido lastimero. No podía hacer nada para impedir que volviera a esa etapa intermedia, en la aún estamos atados por angustias y preocupaciones y tu energía es incontrolable. Solo deseaba que todo terminara bien y Olga pudiera reunirse con nosotros.

—Debo bajar, Agni. Serán pocos minutos, como siempre. Necesito verlo una vez más.
—Entiendo, dale un beso de mi parte.

Sebastien.

Bianca terminaba de pelar unas patatas y las cortaba en bastoncitos para freír. Tenía puesto un jeans ceñido al cuerpo y una camiseta color beige. Estaba descalza y su cabello recogido en un rodete.

Me senté en el extremo de la encimera y la observé. Lucía concentrada en la tarea mientras el aceite comenzaba a ganar temperatura.

—Podría preparar un omelette. ¿Sabes si le gusta?
—¿A quién?
—¡A quién va a ser! –Rio—. A Nicolay. Es el único que come.
—Ah sí –sonreí—. Le gusta con jamón y queso.

De inmediato se limpió las manos en un trapo de cocina y fue a la heladera.

—¿Tenemos jamón?
—Pues… No sé.
—¿Le has cocinado al niño?
—No… Numa ha hecho las compras antes de que llegáramos. Además para disimular… Tú sabes. Alguien puede llamarle la atención que no compremos víveres. En realidad… Nicolay y yo hemos comido en la cantina.
—¿En una cantina?
—No te preocupes. El viejo Jim la tiene bien provista.
—Entiendo –se inclinó buscando mejor en el interior de la heladera—. No veo jamón. Hay queso y huevos.
—Okay, mañana compraremos jamón. Si cena un omelette de queso no será tan trágico.
—Pero yo quedaré como mala cocinera.

Reí.

—¿De qué ríes? ¿No conoces que los niños te juzgan por la primera impresión?

Me crucé de brazos y sonreí.

—Lo único que sé que si sigues contorneándote con esos jeans no me quedaré así, cruzado de brazos.

Rodó los ojos y me señaló con la espátula.

—Pórtate bien. Estoy armada.

Levanté la barbilla y achiné los ojos.

—Yo también.

Su carcajada cristalina llenó cada espacio de la cocina.

—Recuerda que no estamos solos. Hay un niño en el living viendo tv.
—Subió a la habitación. Y si afinas el oído lo escucharás jugando.
—Bueno, puede bajar en cualquier momento y contemplar una situación comprometida.
—¿Y desde cuándo eres tan precavida y solemne?
—¿Me negarás que tengo razón?

Bajé de la encimera y me acerqué por detrás.

—No, tienes razón. Sin embargo… un par de besos no serían delito.

Mis labios rozaron la piel desnuda de su cuello. Al instante se erizó y echó la cabeza hacia atrás.

La besé en la boca, suave, lento. Hasta que su lengua y la mía se acariciaron ansiosas por más.

Finalmente rompió el beso y me miró.

—Te extrañé.
—También yo. Te necesité tanto… —acaricié sus caderas.

Se giró entre mis brazos y alzó los suyos alrededor del cuello.

—Siento haberte dejado en el peor momento.

Apoyé la frente en su frente.

—Siento haberte apartado y no haber sido claro contigo.
—Sé que esta crisis que pasamos nos fortalecerá –acarició mi cabello.
—Lo sé.

Un olor fuerte a aceite quemado comenzó a percibirse en el aire.

—¡Oh! ¡Diablos!

La liberé y ella giró la perilla de la cocina. Apartó la sartén y bufó.

—Se quemó el aceite.
—Tranquila, lo cambias por nuevo y ya. Hay tiempo. Nicolay está entretenido. Numa le dejó unos videojuegos.
—Oye, ¡qué cambio ha tenido Numa! Parece muy responsable y maduro.
—Sí, estoy muy conforme con su desenvolvimiento en mi ausencia. Igual estaba feliz con regresar esta mañana.
—Sí, aun así lo vi dudando si era conveniente dejarte con todo.
—Le dije que regresaríamos en cuanto llegara András.
—¿Y cuándo llega?
—¿Quieres irte? –sonreí.
—Tú sabes, no veo hace más de un mes a Charles y al resto de la familia y creo que debo una explicación.
—No te sientas mal. Ellos te apoyaron. Jamás escuché algo contra ti.
—Son todos tan… Ey… escucha… ¿Nicolay habla solo?

Dirigí la mirada hacia planta alta como si el sentido de la vista me diera la respuesta. Guardé silencio…

—Creo que habla con su amigo imaginario.
—¿Tiene un amigo imaginario? ¡Qué tierno! Hay muchos chicos que a su edad recurren a ello. Quizás por soledad, o porque no quieren expresar sus inquietudes a nadie más que a ellos mismos.
—Mi querida forense, ignoraba ese conocimiento de la psiquis infantil –reí—. Iré a verlo.
—Ve y dile que cenará en unos minutos… —contempló la sartén—. Bueno… En veinte quizás.

Antes de abandonar la cocina me detuve y la miré.

Ella buscaba un plato hondo para batir los huevos.

—Bianca…

Levantó la vista y me miró. Comprendió mi desazón y temor.

—No te preocupes.
—Solo te pido que si él aparece, me llames. Promételo.
—No vendrá.
—Promételo.
—Okay. Lo prometo.

Me dirigí a la habitación de Nicolay preocupado por Bianca. Algo dentro de mí sabía que ella no querría involucrarme. Había prometido llamarme si Hela se presentaba. Entre mis brazos no podría llevársela de aquí. Bianca lo había mencionado. Sin embargo… ¿hasta cuándo podríamos sostener la situación? No podría permanecer pegado a ella las veinticuatro horas del día. Ella lo sabía, yo lo sabía…

Busqué el móvil en el bolsillo de los jeans y llamé a András. Necesitaba que llegara cuanto antes a la Isla y así poder regresar los tres a Kirkenes. Ya en la mansión, contaba con más apoyo de parte de los Craig. Bianca estaría acompañada si tuviera que cumplir con otras obligaciones.

Mi socio contestó de inmediato. Mañana por la mañana el Sterna lo traería a estas tierras. Pregunté por la salud de su niño. Por suerte se había recuperado. Él se interesó por la situación de la Isla. Le dije la verdad. Debíamos demostrar que estábamos libres de responsabilidad en cuanto a los materiales usados en las excavaciones, pero que aun así no nos libraríamos de pagar parte de la indemnización.

Apenas corté con él abrí la puerta de la habitación de Douglas. Nicolay sentado en la cama jugaba manipulando el joystick con una destreza admirable. Sonreí y cerré la puerta. Me senté en la cama y observé en la pantalla un coche rojo salvando obstáculos en una pista agreste.

—Vaya… ¿Estás ganando?
—Solo si paso la línea de llegada.
—Ah… Claro. Y… ¿El otro coche amarillo de quién es?
—Juego contra la máquina.
—Ah… Mira tú… ¿No es aburrido que siempre te gane?
—No siempre gana. Numa me enseño como lograrlo.
—Ah okay… Bueno, escucha…
—Papá, me desconcentras.

Presioné el botón de PAUSE. Creo que era el único que reconocía en toda la consola.

—¡Papá!
—Ssssh, después que me escuches seguirás jugando. ¿Entendido?
—Está bien –suspiró.
—Bianca está preparando la cena. Así que en unos minutos deberás lavarte las manos y bajar a comer.
—No tengo hambre.
—Tienes que alimentarte. De lo contrario no habrá más videojuegos.
—¡Pero papá!
—Nicolay, soy un padre muy permisivo y no doy órdenes arbitrarias. En tal caso si te pido algo quiero que lo cumplas.
—Brander siempre me deja hasta que termine el juego.
—¿No digas? Pues fíjate que no soy Brander, soy Sebastien.
—Eres como Boris y la tía Ekaterina.
—Pues son los únicos que te ponen reglas me sumo a ellos. Es por tu bien. Debes aprender los límites.
—No me gustan los límites.
—A nadie le gustan. Pero si no los tienes nunca aprenderás a vivir con el resto de las personas. A lo largo de la vida todos tenemos límites. Acostúmbrate.
—Los adultos no tienen límites. Quiero ser adulto de una vez por todas.
—Te equivocas. Los adultos tenemos límites. Solo que a veces no tienen que decírnoslo. Ya los sabemos. Por ejemplo, si todo el mundo hace lo que quiere en la mansión sería un caos. Nadie limpiaría la casa ni la cuidaría, Douglas y Numa pasarían su vida jugando a los videos y no trabajarían ni estudiarían, Sara y Rodion no atenderían a su bebé. Sin embargo todos sabemos que debemos hacer. La responsabilidad es parte de los límites. Imagínate si me dedicaría solo hacer lo que me gusta y no trabajaría. Todo esto que ves a tu alrededor y las cosas que disfrutas en la mansión no las tendrías. Nadie lo haría por mí. ¿Entiendes?
—Es que estoy triste y si juego me olvido de los problemas y ya no lo estoy –se agarró la cabeza.
—¿De los problemas? –sonreí—. ¿Qué problemas tienes tú? ¿Quieres contarme?
—Estoy triste porque él se despidió de mí.
—¿Él? Ah… Tu amigo imaginario.
—No es un amigo imaginario, papá.
—¡Perdón! Quise decir tu amigo. ¿Y por qué se despidió?
—Dijo que verme le quita la energía. Debe guardarla para ayudar.
—Ah…
—Y no es mi amigo… Dijo que podía decirle abuelo.

Mi corazón saltó del pecho y abrí la boca sin poder pronunciar palabra.

—¿Puedo jugar mientras no está la cena?

Miré su carita inocente, ignorando el impacto de aquella frase que con tanta naturalidad había dicho.

—¡Papá! ¿Puedo jugar?
—Sí –balbucee.

Nicolay cogió el mando del juego y continuó la carrera.

La habitación hubiera estado en silencio si hubiera quitado los ruidos del videojuego. Observé alrededor, nada fuera de lo común. Sin embargo no podía negar que mi hijo había conocido a su abuelo. Él había estado aquí. Nicolay no podía imaginarlo. Había hablado de la energía que necesitaba para que lo visualizaran y también de la que necesitaría para ayudar… ¿Sería por Bianca?

—¿Te dijo algo más? –pregunté apenado.

Negó con la cabeza.

Me desesperé. Lo admito.

—¡Nicolay! Debes recordar si te dijo algo más.
—¡No! Dijo que no podía hablar mucho porque cambiaría el destino.
—¿El destino?
—Sí. ¡Mira, es la última vuelta y ganaré!
—Me alegro… Hijo… ¿Te dijo su nombre?

Negó con la cabeza nuevamente.

Entonces murmuré…

—Se llama Adrien.

Numa.

Charles fue quien me recibió con una sonrisa mientras atravesaba el jardín florecido. Apenas llegué al portal solté la mochila pesada y lo abracé.

—Querido, bienvenido.
—Gracias Charles. Deseaba regresar a casa –cogí la mochila y entré a la sala.
—Tu padre, el niño, y Bianca, ¿están bien?
—Sí, te mandan muchos abrazos y besos.
—Me alegro. Se los extraña. ¿Cuándo regresan?
—No sé exactamente. Papá necesita que su socio quede en su lugar para poder viajar tranquilo.
—Me parece bien. Lo llamaré luego. Y… ¿cómo has visto a Bianca? Ellos… ¿están bien? Me refiero si hay armonía y…
—No te preocupes. Se han reconciliado.
—¡Qué bien!

Me senté en el sofá y busqué en un bolsillo de la mochila el anillo para Rose.

Charles se sentó a mi lado.

—Disculpa que insista. Nicolay… ¿cómo lo viste con respecto a Bianca?
—La adora.
—¿Y ella con él?

Sonreí.

—Todo está bien Charles. Cuenta tú ¿alguna novedad?
—Bueno, supongo que con Douglas has hablado asiduamente. Siguen viviendo en el hotel, felices con Marin. En cuanto a la mansión, por tiempo no se ha respirado paz. La huida de Bianca, el juicio por la tenencia de Nicolay, las explosiones en la Isla. Tu padre no la ha pasado nada bien.
—Lo imagino. Sin embargo todo es pasado, Charles. De verdad, puedes estar tranquilo.
—¿Bebes un coñac?
—Después de darme un baño. Y desearía ver a Rose, le traje un anillo de regalo.
—¡Oh qué tierno!

Reí.

—¡Sí que has cambiado, querido! ¿Piensas sentar cabeza? Desde ya seré yo que me beba hasta la última gota de coñac.
—¡Gracioso!

Quité la bolsita de celofán y volqué el anillo en la palma.

—¿Te gusta?

Lo examinó detenidamente.

—Oye, ¿lo has hecho tú?
—Con ayuda. Es una piedra de la playa.
—Es preciosa.
—¿Dónde está Rose?
—En la cocina, estudiando. Le va muy bien.
—Me alegro mucho –me puse de pie—. ¿Te enfadas si te dejo y voy por ella?
—Si me enfado no creo que importe mucho con las ganas que tienes de atravesar la puerta de la cocina –sonrió—. Ve, yo debo seguir lustrando el piano. ¡Suerte con Rose!
—Gracias.

Abandoné la sala con la bolsita apretada en mi mano. Apenas entré Rose levantó la cabeza. Sentada en un taburete junto a la encimera, la vi ensimismada en la lectura.

—¡Numa! ¡Qué sorpresa!
—¿No me has escuchado llegar?
—La verdad que no. Leía sobre las corrientes oceánicas. No sabes todo lo que aprendí.
—¡Qué bien!

Saltó del taburete y fue a mi encuentro. Me dio un sonoro beso en la mejilla.

—¿Tú cómo estás?
—Bien… Yo… Te extrañe… mucho.
—Gracias.
—No me digas gracias, es lo que sentí. ¿Tú me extrañaste?
—Por supuesto. Todos te extrañamos.
—Sí… Me refiero si tú me extrañaste más que el resto.
—Bueno, Douglas creo que deseaba que regresaras cuanto antes. ¿Cómo te ha ido en la Isla?
—Bien… Ehm… Quiero darte un regalo.
—¿En serio? ¡Gracias!

Extendí la bolsita y ella la miró.

—¿Qué es?
—Ábrela.

La cogió y con entusiasmo y una gran sonrisa quitó el objeto de su interior. En cuanto el anillo estuvo ante sus ojos, abrió la boca asombrada.

—¡Un anillo!
—Sí, disculpa que en la Isla del Oso no hay estuches y esas cosas que quedan paquetas. Ehm… El anillo tampoco es comprado. Lo hice con una piedra de la playa.
—¡Oh, Numa! Es muy bonito, muchas gracias.

Dio un salto de alegría y me abrazó. La abracé fuerte. Mentiría si dijera que no había tenido sexo con ninguna hembra humana durante mi larga ausencia. Pero ella era especial. Reconocería su aroma hasta con los ojos cerrados. Recordar su voz y su risa en momentos de soledad me había hecho más llevadera la distancia de mi familia.

Se separó y probó el anillo en su anular, pero parecía un tanto flojo para ese dedo. Probó en el dedo mayor y comprobó con una sonrisa que le quedaba perfecto.

—¡Me queda genial!
—Me alegro.
—No me lo quitaré nunca.

Sonreí.

—Quizás más adelante pueda regalarte uno de mayor valor, como te mereces.
—No necesito un anillo costoso para saber que me aprecias. Que somos amigos y podemos contar el uno con el otro.
—Lo sé… Es más… Yo… pensé mucho durante mi estadía en la Isla y…

Me miró con sus ojos grandes y bellos.

—¿Qué quieres decir?
—Que… que quiero que tomemos en serio los que nos pasa. Formalizar… Ser novios.

La sonrisa se borró de un soplido y un gesto inequívoco me confirmó que no le había agradado la idea.

—Numa…
—¿Qué? ¿Ya no me quieres?
—No es eso. Sí, te quiero. Pero…
—¿Pero? –susurré angustiado.
—No estoy enamorada de ti.
—Es que –balbucee—, creí que nos llevábamos bien en la cama y nos extrañábamos y… y dices que me quieres. Yo también te quiero. ¿Qué hace falta?
—Mi vida también cambió en tu ausencia.
—¿Te gusta otro chico?
—No lo digo por eso. Tengo muchos proyectos para mi futuro y el noviazgo no está entre ellos. Perdóname.
—¿Tiempo? Si necesitas tiempo lo comprendo. También tengo proyectos con mi padre y mi carrera.

Se mantuvo en silencio observando el anillo. Deslizando las yemas de los dedos por la piedra. No podía disimular la tristeza que parecía sentir. No era lo que había buscado lograr al regalarle el anillo. Había esperado otra reacción. Una muy propia de ella cada vez que me veía. Quizás el deseo en su mirada, las ganas de tocarme y su risa pícara y seductora. Sin embargo nada de eso contemplé en Rose. Percibí tristeza también… Impotencia, frustración, dolor… Aunque salí de la situación lo mejor que pude.

—No te preocupes. Tendremos tiempo de hablar sobre nosotros. Me alegro que te haya gustado el regalo.

Volvió a sonreír.

—Por supuesto que me ha gustado. Nunca me lo quitaré en honor a nuestra amistad.
—Yo… voy a darme una ducha y descansar un poco.
—Claro… bienvenido.
—Gracias.

Salí de la cocina y veloz cogí la mochila y subí las escaleras. Escuché la voz de Charles.

—¿Le gustó el anillo?

Contesté tratando de disimular la derrota que opacaba mi corazón.

—¡Sí, le gustó!

Avancé por el pasillo hasta mi habitación. Quería que la ducha lavara mi pena. Quedarme en la habitación encerrado y no salir de allí. Cierto que Rose y yo nunca habíamos hablado de ser novios, parecía que estábamos de acuerdo en un tipo de relación libre y sin ataduras. Ella alguna vez quizás lo reprochó, pero aún así seguíamos teniendo sexo esporádicamente. Sin embargo no creí jamás que podría algún día no sentir lo mismo que yo. Confiaba dentro de mí que Rose estaría dispuesta y para mí cuando estuviera maduro para formalizar y ser fiel a una hembra para toda mi vida.

No había sido una decisión fácil. Muchas noches pensaba si me sentiría cómodo siendo monógamo. Sobre todo si podría cumplir esa promesa de fidelidad. Por Rose valía la pena intentarlo. ¿Y ahora? ¿Dónde quedaría mi futuro sin ella?

Abrí la puerta de mi habitación, lancé la mochila sobre la cama y me desnudé. Entré al baño y abrí la ducha. Mientras moderaba el agua tibia con los grifos, mis ojos se encontraron en el gran espejo. Observé el torso ancho, musculoso. Había sido convertido cuando tenía diecisiete años, pero los gimnasios y las pesas habían dejado atrás aquel cuerpo delgado y huesudo.

Nada quedaba de ese chico de la calle que pasaba horas deambulando. Nada quedaba de aquellos miles de días en que el hambre hacía crujir mis tripas. No había marcas en mi cuerpo de palizas y mal trato por parte de mis padres… Nada… Todo era pasado. Sin embargo desde que Rose me había rechazado elegantemente, algo de aquello nefasto volvió. Fue como si regresara a aquel tiempo… Donde las vidriera iluminadas y repletas de pasteles deliciosos y ropa costosa, eran barreras infranqueables para un chico pobre como yo.

Me metí bajo la ducha y lentamente el agua se deslizó por la piel. Me quedé así, apoyando las palmas de mis manos en los azulejos de la pared, con la cabeza gacha mientras la lluvia empapaba el cabello y el cuerpo. Creo que transcurrieron quince o veinte minutos sin moverme, hasta que levanté la cabeza y tantee el jabón. Me bañé, tratando de no pensar en aquellas pesadillas que me habían abandonado hace tiempo. No quería que volvieran. No deseaba que mi mente recordara las atrocidades que había sufrido. Eran tantas…

Cerré los ojos y las lágrimas resbalaron mezclándose con el agua de la ducha. Debía sobreponerme. Ni Sebastien, ni Douglas, ni nadie de los Craig se merecía verme derrotado y encerrado en el pasado oscuro.

Cerré los grifos y cogí la toalla. Me sequé rápido y me cubrí atando un nudo a la cintura. Entreabrí la puerta y antes de salir verifiqué si el baño estaba en condiciones. Sebastien me había enseñado que no era justo que alguien más ordenara o limpiara lo que yo había usado. Él me había enseñado a mí y a Douglas las reglas de buen comportamiento. Siempre con amor y con palabras adecuadas. Nunca siendo hiriente, ni degradándome, como toda mi niñez lo habían hecho mis padres.

De pronto, escuché la puerta abrir y cerrarse. Me acerqué para ver si Rose me buscaba arrepentida. Quizás dando una explicación de su reacción distante. ¿Podría ser venganza por haberme comportado tan descuidado con ella?

Pero no, no era Rose…

Una mujer apoyó un pequeño bolso en el piso y recorrió con la vista las paredes. Acto seguido corrió las cortinas de la ventana y encendió la luz. Se inclinó y abrió su diminuto equipaje. Quitó algo de ropa y la dejó sobre la cama. Quedé estupefacto, inmóvil. ¿Iba a bañarse? ¿Quién diablos era? ¿Qué hacía en mi habitación?

En segundos se despojo de toda su ropa mientras mi boca se abría sin poder reaccionar. Solo mis ojos fijos en su espalda inmaculada, en su culo redondo de glúteos perfectos, atinaban apenas a parpadear.

Alzó sus brazos y las manos delicadas, femeninas, armaron un rodete improvisado con su cabello rubio. Se giró hacia la puerta del baño con la vista clavada en la alfombra. Sus pechos eran voluminosos, de pezones rosados y pequeños.

Tragué saliva. ¿Ahora qué hacía? ¿Salía del baño y la sorprendía preguntando quién carajo era? ¿Qué rayos hacía?

Ella avanzó hacia mi dirección y di tres o cuatro pasos hacia atrás. Entró al baño y cerró la puerta. Entonces me descubrió, allí, de pie como estatua contemplando a la Venus del Nilo en persona, y con brazos.

El grito que escapó de su garganta no se hizo esperar. Se cubrió con sus manos los grandes pechos y el pubis lampiño.

—¿Quién eres? –exclamó aterrada.
—Yo pregunto lo mismo, ¿quién eres tú? Es mi habitación.
—No puede ser.
—¡Cómo no puede ser! Sé cuál es mi habitación.

De inmediato sus ojos buscaron desesperadamente algo con que cubrirse. Lo único a mano era mi toalla y estaba usándola. Pero ante todo había que ser caballero, así que me la quité y se la extendí.

—Cúbrete.

Ella no lo dudó y se apresuró a cogerla. A pesar de la penosa situación el iris púrpura me recorrió de pies a cabeza.

—¿Quién eres? –pregunté.
—Hazme el favor de retirarte –suplicó—. ¡Estás desnudo, niño!

¿Niño? Ah, ¡qué bien! Yo comportándome como macho caballero y ella me decía “niño”.

—Okay, ya me voy, no te preocupes, me visto y me voy. Pero repito –señalé con el índice—, esta es mi habitación.

Salí del baño enfadado por el atropello. Al fin al cabo ella era la intrusa.

Cerró de un golpe la puerta del baño y me vestí apresurado.

¿Quién se creía que era para echarme como un perro de mi propia habitación?

Apenas pisé el pasillo con la mochila colgando al hombro miré hacia ambos lados… ¿Quién diablos era esta vampiresa rubia que se creía dueña de mi habitación? Caminé hacia la escalera para hablar con Charles y pedir alguna explicación.

Charles.

Interrumpí la limpieza para atender la llamada de Bianca. Me dio mucha alegría escucharla tan feliz por primera vez después de tanto tiempo. Quise preguntar sobre el mensajero de la muerte pero el tono de la charla era demasiado ameno para empañarlo con temores. Así que me interesé en las actividades que hacían mientras estaban los tres en la Isla.

Mi querida Bianca preguntó por todos los Craig y fui tratando de responder al cuestionario con una sonrisa en los labios. ¿Volvería todo a la normalidad? ¿La mansión se llenaría de voces y reuniones alegres? ¿Los Craig tendríamos paz?

Después hablé con Sebastien que me confirmó que llegaría a la brevedad en cuanto András pisara la Isla. Me emocionó saber que pronto estaríamos todos juntos y que quizás más adelante Margaret y yo podríamos hacer un viaje solos, a París.

Hubo algo que me emocionó más… Nicolay había conocido a su abuelo, a mi mejor amigo. Otra vez aquel mundo donde se encontraba, y el mío, no estaban tan lejanos.

Cuando corté la conversación Numa bajaba la escalera. Parecía algo alterado.

—¿Qué ocurre?
—¿Qué ocurre? –Lanzó la mochila al sofá—. Hay una intrusa en mi habitación.
—¿Qué?
—Eso, que hay una vampiresa rubia que acaba de echarme de mi propia habitación.
—¿Una vampi…? ¡Oh, qué contratiempo! Sí, disculpa. Es Ekaterina, tía de Nicolay.
—¿La errante? ¿Qué hace una errante usando lo mío?
—Es que ella le pidió a tu padre poder vivir en la mansión para estar cerca del niño. Tu padre aceptó.
—¡Pero hay más habitaciones!
—Sí… En realidad Sebastien le ordenó que dejara el altillo y se ubicara en una alcoba cómoda. Seguramente Sara le habrá dicho que usara la tuya. Recuerda que solo Margaret y yo sabíamos que vendrías tan pronto. Ni siquiera Scarlet o Lenya.
—Okay… ¿Dónde dormiré yo?
—Tranquilo, usa la habitación de Douglas.
—Tengo que quitar cosas de mi propiedad. No quiero que queden allí con ella.
—Por supuesto, yo te ayudaré a mudarte.
—Pues ahora tendremos que esperar porque la errante quiere bañarse.
—Esperaremos. Vamos, bébete un coñac conmigo. Ese que nos debimos apenas llegaste.
—Está bien –se sentó en el sofá—. Espero que no toque mis cosas.
—Ekaterina no es una ladrona. Que sea errante no significa que robe.

Alzó la vista y me miró mientras elegía la botella en el bar.

—No digo porque robe. El tema es que tengo objetos muy delicados. Mi ordenador, pendrives, Cds, recuerdos. Nunca acusaría a nadie por su condición. Jamás repetiría lo que hicieron conmigo mientras estuve en la calle.
—Haces muy bien, querido.

Numa.

Al tiempo que escuchaba el líquido del coñac caer en un vaso, mi pasado regresó otra vez… Aquella tarde había pasado horas en la vidriera de una juguetería hasta que sus puertas cerraron y la cortina metálica fue bajando lentamente… Tendría nueve años… quizás nueve y medio… Uno a uno fueron yéndose los empleados de la tienda de juguetes. Muchos iban de grupos de tres o cuatro, conversando animadamente, pero uno de ellos salió último y se acercó a mí. Sonrió y extendió un pequeño tren a cuerda.

—¿Te gusta? –preguntó.
—Sí, ¡es muy grandioso!

No sé si era tan grandioso a los ojos de cualquier niño. Pero para alguien que no tiene nada, aquel tren era el mejor del mundo.

—Es para ti.
—¿Para mí?
—Sí, es tuyo.
—¡Gracias señor!

Corrí con el tren entre mis brazos como si sostuviera el más grande tesoro. Imaginaba llegar a casa y mostrárselo a mi madre. Después lo pondría junto a mi cama para contemplarlo antes de dormir. Jugaría con el todos los días.

Pero eso no ocurrió… Cuando mi madre me vio llegar con el preciado juguete rompió en un ataque de histeria. Contó a mi padre lo que yo había dicho acusándome de mentir y de haberme robado el tren. Mi padre por supuesto se puso furioso. Ambos se quejaban de que por culpa del robo la policía caería en casa y descubrirían cosas mucho más graves, siempre ignoré que cosas podrían ser. La realidad es que el tren fue arrancado de mis manos y destruido ante mis ojos llorosos. Lo pisaron hasta que solo quedaron piezas de metal y plástico desarmadas. La golpiza que recibí fue una más de tantas, pero además sentía la pena de no tener mi tren. Ese que había disfrutado tan poco. Cada golpe en mi cabeza por esos maltratadores podía sentirlos como si fuera hoy. Sus insultos estaban grabados en mi cerebro.

Encerré mi cabeza entre mis manos y cerré los ojos. ¿Por qué tenían que volver esos recuerdos odiosos? ¿Por qué si parecía haberlos borrado de mi memoria?

—Numa, ¿estás bien?

Levanté la vista para ver a Charles sosteniendo el vaso de coñac.

Con manos temblorosas lo cogí y bebí un trago largo.

—Sí –contenté—. No te preocupes, estoy bien.

Mentí, no estaba bien. No sabía el porqué mi pasado regresaba con tanta nitidez. Traté de distraerme y busqué en la mochila el móvil ante la mirada preocupada de Charles.

—Llamaré a Douglas. Tengo ganas de verlo. ¿Crees que podrá venir hoy? –bebí otro trago.
—Creería que sí. Llámalo, estoy seguro que lo que sea que ha pasado por tu cabeza, él sabrá cómo ayudarte.





















8 comentarios:

  1. Uy esperó que a Bianca no le pase nada . Me dio pena Numa ojala pueda obtener el amor de Rose y obtener de vuelta su habitación. Lo dejaste muy interesante.

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    1. ¡Hola Citu! Gracias por comentar. Bianca tendrá que ir con el mensajero de la muerte. Vamos a ver que tal le va y si va sola.
      Rose está entusiasmada con su estudio y no creo que Numa este en sus planes, pero todo es posible.
      Un besazo amiga y gracias por estar aquí.

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  2. Creo que nadie se muere mientras lo recuerdas y Adrien se entera de todo y Olga tambiem porque sabe que Bianca le ha cantado la cancion a su hijo.Si Adrien tiene que elegir entre salvar a su hijo o a Bianca creo que salvara a su hijo.Eso es asi,no lo podra evitar.Numa se ha desilusinado porque estaba muy ilusionado con el anillo pero se ha fijado mucho en Ekaterina,igual se enamora de ella.Numa y Rose son amigos,ha habido sexo pero son amigos.A mi no me gusta,no me va el sexo sin amor pero hay mucha gente que lo hace.Me ha gustado mucho,escribes muy bien y esta novela esta muy interesante.Besos.

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    1. ¡Hola Ramón! Es cierto, "la muerte no existe, existe el olvido, mientras tú me recuerdes yo seguiré estando vivo" así dicen.
      Yo también creo que salvaría a su hijo, es la ley natural. Veremos que pasa.
      Ekaterina y Numa prometen, ¿cierto? Habrá que esperar.
      Me alegro mucho que te haya gustado. Muchas gracias por acompañarme en esta locura de escribir. Un beso grande.

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  3. Muy bueno el capítulo esto se pone vas a vez más bueno, yo espero que con Bianca no pase nada malo y pobre Numa no la esta pasando bien, muchas gracias por el capítulo Lou 😘

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    1. ¡Hola Lau! Me alegro mucho que te haya gustado el capi, y sí... falta muy poco para el desenlace. Numa no la ha pasado bien... quién sabe que le depara el futuro... y la autora jajaja. Un besazo reina, y muchas gracias!!

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  4. Olga está muy preocupada, mi olfato me cuenta que Bianca irá sola con Hela. La errante que le ha robado habitación y baño a Numa es una ladrona:)) Actuará como tal y le robará también el corazón:))
    Bso

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    1. ¡Hola Ignacio! Veo que eres un lector que no pierde detalle y lee entre líneas jajaja. Gracias por tu entusiasmo, de todo corazón. Creo que Rose no va por el mismo camino de Numa y la autora algo tiene que inventar... Veremos en el próximo libro que pasa. Iris púrpura pronto llega a su fin. Espero no defraudarlos.
      Un beso grande y muchas gracias por comentar.

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