Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


sábado, 10 de junio de 2017



Holaa! Mil disculpas, lo sé, me he demorado en subir este capi pero créanme, no tenía tiempo de escribir. Espero lo disfruten. Tiene sorpresas que los pondrán alertas. Un besote y miles de gracias por comentar.



Capítulo 28.
Nuevo amanecer.


Tim.

Cabecee en el sofá frente al televisor. El sueño estaba venciéndome pero no quería dejar a Carl despierto con su tercera taza de café fría, sobre uno de los tres troncos que servían de mesa de living. Menos con esas ideas en la cabeza. Había asumido la responsabilidad implícita de vigilarlo cuando lo traje a casa a vivir.

No me había surgido el amor filantrópico por ese lobo pedante y soberbio de la noche a la mañana. Es más, no tenía ningún recuerdo grato de él desde su adolescencia, sin embargo contemplar que nadie, ni un mísero ser quería extenderle una mano, hizo que mi corazón se estrujara de lástima. Después de todo era una víctima de esa familia denigrante y malvada que lo crió y sembró esas ideas sobre discriminación y falsa superioridad.



Dejé caer la cabeza en el respaldo y restregué los ojos. ¿Si me duchaba en diez minutos? No… Miré alrededor del living y más allá la cocina. Habría decenas de objetos que podían usarse si Carl deseaba quitarse la vida.

Allí estaba sentado, más muerto que vivo, en un sofá de un cuerpo tapizado en burdeos que no hacía juego con mi sofá azul. Pero mi chica lo había querido comprar una mañana en Kirkenes y después que falleció no tuve el valor de deshacerme de él.

Respiré profundo… Si no deseaba levantarse del sillón e irse a dormir adivinaba que sería una primera noche muy larga para los dos. Quizás habría más…

-¿Por qué no haces lo que tienes que hacer? –su voz sonó cascada y cansina. Lo miré-. Prometo no intentar quitarme la vida.

Estaba sentado con las piernas abiertas y sus hombros caían pesados en clara imagen de derrota. Su rostro pálido, demacrado, y anguloso. Sus pómulos salientes y el cabello desordenado lo hacían ver más decadente.

-Porque no. No te dejaré.

-No hagas que me sienta peor. Quien debería estar en vela sería mi madre, o mi hermana. No un desconocido. No pagues culpas ajenas.
-No estoy pagando culpas ajenas, Carl. Hice una promesa y la pienso cumplir.
-Odiarás el instante que has abierto la boca. Por favor, ve a dormir.

-Puedo aguantar perfectamente.

Sonrió con una mueca de descreimiento.

-Voy a prepararme café, más café. ¿Te molesta?

Antes que aprobara la idea se puso de pie y avanzó hacia la cocina.

Lo seguí con la mirada. Mi mente comenzó a representar distintas imágenes… Cuchillos… Gancho para colgar la carne… Alguna navaja pequeña guardada en un cajón…  Hasta el raticida oculto en lo alto de un armario…

Me puse de pie de un salto y lo seguí hasta la cocina.



Él encendía una de las hornallas de la gran cocina a gas de acero inoxidable. De Inmediato puso sobre ella la cafetera. Me miró de soslayo.

-Cumpliré mi palabra, Tim.
-Okay… Yo… sólo… Voy a tostar pan… ¡Ah! Y tengo queso de cabra.
-No tengo hambre.
-Tienes que comer. Algo aunque sea.
-Negó con la cabeza.

Suspiré y abrí una puerta superior de la puerta de la alacena.

-No querer probar bocado es en parte dejarse morir.
-Tengo el estómago cerrado.
-Pues lo abres de a poco –de inmediato cogí pan y lo corté en rodajas-. Se nota que no te has alimentado en días. ¿Has bebido agua?

Asintió en silencio.

-Carl… Prueba el queso de cabra. Lo elaboro con mis manos cada verano. Gloria dice que no hay queso mejor en la reserva.

Una imperceptible sonrisa se asomó en los labios.

Sin esperar por el “sí” y ni siquiera tostar el pan, unté en una rodaja un trozo de queso que había en un plato sobre la mesa.

Se lo ofrecí…

Lo miró y volvió a negar. Pero no me di por vencido. Mi signo de tauro me hacía tenaz y jodido.

-Vamos, sólo un bocado.

Su mano alcanzó la rebanada de pan y lo llevó a la boca. Masticó despacio por unos segundos para después engullirlo con desesperación. No me quedé a observarlo para no ponerlo incómodo. Aunque muchas veces él había procurado hacernos sentir miserables con sus objetos de valor y ropa de vestir. Pero no era tiempo de revancha. No habría lugar para eso. No, si se trataba de alguien que está en evidente desigualdad de condiciones.

Me dirigí a la mesa y unté varias rebanadas.

-¿Sabes cómo se elabora el queso?
-No. Siempre lo compré.
-Es fácil. Algún día te enseñaré.
-No creo que aprenda. Soy un inútil para todo.

Deposité la cuarta rebanada con queso en el plato y lo miré.

Nadie es inútil para todo. Siempre podemos hacer bien varias cosas, no todas. A mí se me da horrible cortar leña. Puedo ser capaz de tirar abajo una especie en peligro de extinción. Es que no recuerdo las características, y la lista nunca la he aprendido. Si me hubieran dejado solo en la tarea, creo que la naturaleza me colgaría de las pelotas.

Al mencionar el verbo “colgar” quise que la tierra me tragara. Mierda…

-Difícil hablar con un suicida, ¿verdad? –murmuró.

Su mirada se clavó en la llama azul de la hornalla y quedó pensativo.

-Sé que es muy pronto pero cuando tengas ganas puedes pensar a qué te gustaría dedicarte. Aunque… ¿Seguirás con tu negocio de Kirkenes? Ese de ropa tan costosa.

Negó con la cabeza.

-Mi cuñado me fundió. Me servirá para venderlo y pagar deudas.
-Okay…

Sus ojos recorrieron las paredes de la cocina. Se detuvo en uno adorno de mimbre de gran tamaño.

-Hubiera sido una canasta -informé-. Lo hizo Lara. Pero fue la primera de sus manualidades y no le quedó muy bien.
-Ah…
-La lámpara sí –señalé el adorno de mimbre que cubría la bombilla de luz.
-Tienes muchos recuerdos de ella.
-Sí…
-Recuerdo el accidente, fue hace ocho años, ¿no es así?
-Sí, así fue. Noviembre, con las primeras nevadas.

Quitó la cafetera del fuego y giró la perilla de gas.

Me apresuré a alcanzarle una taza mientras echaba un vistazo a la hornalla apagada. Era difícil estar atento a todo.

-Creo que no me acerqué a darte mis condolencias.
-No lo recuerdo.
-No, no lo hice. Ustedes para mí eran tan poca cosa.
-Es pasado, Carl. Basta.

Sirvió café y me extendió la cafetera.

-¿Quieres que te sirva un café?
-Buena idea.

Unos golpes de llamado a la puerta nos interrumpieron.

No muy convencido abandoné la cocina apresurado y abrí la puerta. Bernardo inclinó la cabeza a modo de saludo y sonrió.

-Bernardo, ¿qué tal?
-Yo bien. ¿Tú? Sin dormir, lo imagino.
-Pasa, por favor.
-¿Cómo está? –bajó la voz.

 Arquee las cejas sin saber mucho que responder.

-Está en la cocina. Íbamos a beber café y a comer pan con queso.
-Eso suena bien. Aunque… -habló en susurros-. No debemos descuidarnos.
-Sí, lo sé.

Carl se asomó por el marco de la puerta.

-Hola Carl.
-Hola.
-Quería saber si necesitas algo. Y… tu hermana vino a casa. Quiere saber cómo te encuentras.

Él no contestó. Su rostro dibujó el disgusto y abandonó el living hacia la cocina.

Encogí los hombros.

-Okay… Regreso a casa. Ya sabes si necesitas ayuda me llamas.
-No te preocupes. Gracias.
-Gracias a ti, Tim.

Regresé a la cocina. Carl estaba sentado. Cogí asiento frente a él y dudé si hablar sobre el tema. Sinceramente ignoraba si empeoraría las cosas, aunque después de todo era su familia.

-Si tu hermana se preocupé por ti quiere decir que te quiere. Quizás no supo como hacerlo o por cobarde y no contradecir a tu…
-No quiero hablar de ellos –interrumpió.
-Okay.
-Desearía no verlos más.
-Bueno… Bernardo ya dispuso lo de tu madre, ya sabes. No la verás en la reserva. De tu hermana poco y nada sé, no he hablado con nuestro guía.
-Cambiemos de tema.
-¿De qué quieres hablar?

Bebió un sorbo sin mirarme. Seguía con la mirada perdida.

-Ernestina… Ernestina se fue… Necesito encontrarla.
-¿Es la chica que trabajaba en tu casa como empleada doméstica ¿Por qué quieres encontrarla? Te ayudaré en lo que pueda.
-Ella… Yo la amo. Lleva en su vientre a mi hijo.

Lo miré sorprendido.

-¿Qué? ¿Tú no eras novio de la chica rubia de cabello largo? La que te abandonó por Douglas.
-Es una larga historia, llena de fracasos y cobardía.
-Quiero escucharla. Tenemos mucho tiempo y más café.


Ron.

Caminé por la avenida principal observando las vidrieras iluminadas. Deseaba encontrar algo que Anne le gustara y a la vez fuera fácil pasarlo por debajo de la puerta. Anoche había estado casi una hora sentado contra el zócalo contándole sobre mi infancia. También incluí alguna que otra anécdota graciosa cuestión que logré hacerla reír en más de una oportunidad. Ella me devolvió tres mensajes escritos. El primero decía, “¿tienes hermanos?” La segunda, “¿te gusta dibujar?” Y la tercera, “mi segundo nombre es Cataline”.

Recuerdo que sonreí y escribí debajo,” me encanta Cataline”.

Una bocina estridente me sobresaltó antes de dar el tercer paso en la calle. Retrocedí y subí a la acera mientras escuchaba gritar al conductor de un taxi, “¿eres idiota? ¡Mira el semáforo!”

Okay… Pondría atención.

Al cambio de luces crucé la calle y me acerqué a un negocio de ropa femenina. Pero desistí, era muy íntimo regalarle cualquier prenda a Anne si ni siquiera éramos amigos. Quizás con el tiempo…

¿Pero qué estaba pensando? Anne pronto abandonaría la mansión y viviría junto a su hermano. ¿Cómo lograría afianzar una amistad? En realidad, no podía engañarme. No quería ser su amigo. Yo deseaba ser su verdadero y único amor… Aunque tuviera que disfrazarme de Peter Pan.

De pronto, la cuarta vidriera mostraba artículos de invierno, tales como bufandas tejidas de colores vivos, gorros de piel, calcetines gruesos de lana, y guantes. Lucían muy bonitos. ¿Pero que podía pasar por debajo de la puerta? Quizás la vendedora me daría una idea…

Estuve merodeando por cada rincón del negocio. El local atestaba de gente y una de las vendedoras me vio cuando me acerqué al mostrador.

Sus ojos se clavaron en mí y una sonrisa seductora se dibujó en sus labios pintados.

-Caballero, ¿puedo ayudarlo?
-Señorita, estoy yo antes que él –protestó una anciana.

La empleada cambió el gesto dulce y sensual por uno de enfado.

-No te preocupes –me apresuré a intervenir-. No estoy apurado.
-Vale, ¿me aguarda unos minutos? –sonrió.
-Claro.

Me alejé hasta el muestrario de ovillos de lana. Había de todos los grosores y tamaños. En unos estantes contiguos había agujas de tejer en madera y en otro material que no llegué a distinguir.

Anne volvió a mi cabeza…

¿Cómo lograría sanarla? Daría lo que fuere por verla caminar libre por las calles, relacionarse con las personas, que pudiera estudiar una carrera, etc…

-Caballero, estoy a su entera disposición.

Giré la cabeza y vi la cara sonriente de la empleada.

-¿Has lanzado a la anciana por la ventana? –bromee.

Ella rio.

-Vamos, cuénteme, ¿qué necesita?
-Busco un regalo para una chica.

Su gesto de desilusión fue alevoso.

-¿Para su novia?
-No, una amiga.
-Ah…Okay…Acompáñeme por aquí, por favor.

La seguí hasta la parte izquierda del negocio. Sobre un mostrador pequeño extendió un suéter verde limón.

-Es súper abrigado para el tiempo que se avecina.
-Es muy bonito.
-Sí, y no es caro.
-Por eso no hay problema, pero…necesito un regalo de dimensiones pequeñas.
-¿Pequeño?
-Sí, ehm… Debo enviarlo por correo, una encomienda.
-Ah…
-¿Guantes?
-Quizás.
-Mire éstos –quitó de un estante de arriba varios pares de guantes muy pequeños de diversos colores-. Se llaman guantes mágicos. Son tejidos en una mezcla de lana y elástico. Mire… Se estiran.
-Oh, ¡qué bien!

Quitó tres pares con motivos infantiles y los guardó en un cajón.

-Disculpe, estos son infantiles.
-No los guarde, me interesan.
-¿De verdad?
-Sí, esos de Mickey Mouse. Es que… Ella es la hija de mi amiga.
-Ah… Hubiera comenzado por ahí.
-¿Ron? –la voz a mi espalda me sorprendió.

Giré para encontrarme con Petrov en persona.

-¡Petrov! ¿Qué haces aquí?
-Buscaba una bufanda y gorro para Anne. Ha comenzado el frío y aunque esté en la mansión quizás quiera recorrer el parque…
-Claro… Buena idea.
-¿Y tú, qué haces por aquí?
-Bueno yo…
-¿Llevará los guantes de Mickey? –preguntó la empleada.

Petrov los miró sobre el mostrador.

-No sabía que tenías hijos, Ron.
-No, no tengo. Es que… Tengo una sobrina que cumple años.
-Oh, ¡qué bien!
-La hija de una amiga –acotó la empleada.

¿Quién la mandaba a abrir la boca?

-Bueno, con mi amiga somos como hermanos, sí…

Quería que la tierra me tragara. Justo con Petrov que no perdía el hilo de nada. Por suerte él se dedicó a elegir bufandas y gorros, un poco más apartado.

La empleada nos atendió muy amablemente y sin dejar de sonreír. Quizás con la esperanza de que alguno de los dos la invitara a salir. Yo estaba fuera del juego de seducir ya que no me interesaba nadie que no fuera Anne. Y Grigorii no creía que fuera hacerse el seductor frente a mí ya que era seguro que iría con el cuento a Scarlet. Así que como dos caballeros comprometidos con el amor, salimos inermes de la desesperación de la vendedora.

Al salir Grigorii me invitó un café, el cual acepté de buen grado. Si él deseaba saber sobre Scarlet, a mí me interesaba conocer detalles del pasado de Anne. Así que nos dirigimos a un pub cercano del barrio residencial.

Sentado en una mesa apartada, bebimos el café y conversamos sobre las pasadas heladas en Kirkenes. La ola de frío, la inundación, y el deseo de que el clima no volviera a castigarnos de esa forma. Por supuesto evité contarle que parte de la catástrofe se debía a un vampiro malvado y vengativo, que además era nada menos quien había engendrado a Scarlet.

Por unos segundos, aprovechando que Grigorii agregaba un sobre de azúcar más y revolvía concentrado, lo observé…

Sus ojos azules, que reflejaban casi siempre serenidad. Parecía ser un humano que vivía en paz con su conciencia, creyente o no, no lo sabía. Sin embargo con un orden en la vida basado en la ética y en la moral. Scarlet se cruzó en mi mente… ¿Qué pensaría Grigorii si supiera la verdadera naturaleza de la princesa de los Craig? ¿Saldría corriendo a mudarse de ciudad? ¿Nos delataría ante la policía? No creía que Grigorii fuera de esos de salir apresurado a esconderse aunque tuviera frente a él dos colmillos amenazantes. Lo que era peor. Lo convertía en un poderoso enemigo teniendo en cuenta su profesión.

En ese instante su móvil emitió un sonido gracioso.

-Lo siento –se disculpó y quitó el móvil de la chaqueta de cuero.

Casi siempre usaba esa chaqueta, botas, y con algún par de jeans. Vestía informal y corriente. Cualquiera diría que no era parte de “Las Fuerzas” a no ser por el cabello corto y bien peinado.

Noté que sonreía y escribía un texto. Bebí un sorbo de café sin dejar de estudiarlo. Era fornido y de cuerpo entrenado. Imaginé que Anne tendría un buen guardián y defensor en su hermano. Quizás el mejor que podía tener. Al menos por ahora.

Cerró el móvil sin dejar de sonreír y me miró.

-Anne, era Anne.
-¿De verdad?

De solo escuchar su nombre mi boca se secó.

-Sí, desde que Scarlet le regaló en Navidad un móvil, casi siempre me envía mensajitos de texto.
-¡Qué bien!

Me miró con una mueca de pena.

-Gracias.
-¿De qué?
-Gracias por brindarle a Anne tanto amor. Ustedes… Ustedes los Craig, la han ayudado mucho. No tengo como pagarles.

“Bueno, no delatarnos jamás por más que sepas nuestro secreto sería un buen pago”, pensé.

-No te preocupes, evidentemente Anne se ha ganado el cariño de todos.

“Y mi amor”. Agregué para mis adentros.

-De todas formas debo confesar que tenía mis resabios con ustedes.
-¿No digas?
-Sí –bebió un sorbo de café-. No los conocí en ideales condiciones.
-¿Por qué lo dices?
-Por el caso de Samanta Vasiliev, una mujer que aparentemente se había suicidado.
-No me suena –mentí.
-En realidad la mujer fue reducida a cenizas poco después del hecho. La doctora McCarthy efectuó la autopsia, a mi entender apresurada y con errores.
-¿Bianca? No creo que alguna vez se equivoque en un dictamen.
-En eso coincidimos, Ron. Por eso me extrañó.

Bajé la vista y bebí un trago largo de café. Debía cambiar de tema…

-Grigorii, no sé si te incomoda pero… ¿Podría preguntarte porque Anne no sale del cuadro que la afecta? Pregunto porque ya tu padre… Bueno, me lo contó Scarlet por el motivo de los cuidados que debíamos tener en la mansión… Es decir, tu padre no vive cerca, jamás se cruzarían. Ella podría comenzar a vivir más tranquila y disfrutar en…
-Mi padre no está muerto, Ron –me interrumpió-. Supongo también te lo habrá dicho Scarlet.
-Sí… De todas formas viviendo en Noruega.
-No, él vive en Rusia, volvió al barrio donde me crie. Mi compañero, Vikingo, fue el que me informó. Después no quise saber más nada.
-¿En Rusia? ¿Dónde creciste? ¿En qué barrio?
-En Solntsevo, al noroeste de Moscú –sonrió con pena-. Tengo en la memoria la tercera calle a la izquierda, angosta. Los edificios donde albergaban tantas personas. Sí, éramos muy pobres.
-¿En qué edificio? Tengo a mis tíos viviendo allí –mentí.
-¿No digas? Vivimos en el primer edificio a la izquierda, si te paras a espaldas del lago. Último piso.
-Oh… Hablaré por teléfono con mi tío, preguntaré. No los visito a menudo pero creo que no era el primer edificio.
-Ah… A Anne le gustaba patinar en el lago congelado.
-Quizás algún día pueda regresar.
-No, Ron. Mi padre ha regresado y se instaló allí. Un hijo de puta. Vive sin cargo de conciencia.
-Sí… Un hijo de puta –susurré.
-Costó comenzar de nuevo por su culpa.
-Pero saliste adelante. Eso tiene un gran valor.
-No sé si para Scarlet.
-¿Por qué no? ¿Aún piensas que somos una familia de ricos que discrimina?
-No… -me miró como dudando. Al fin lo largó-. ¿Qué le gusta a Scarlet, Ron? ¿Qué le molesta o la irrita?
-¿No la conoces?
-Muy poco. Ella es muy cerrada a hablar sobre ella. Y yo no sé qué hacer para conquistarla.

Sonreí.

Mi mente fue al pasado. Cuando creía estar enamorado de Scarlet. Sin saber que lo que sentía no era el verdadero amor.

-Creo que es bastante sencilla. No espera de un hombre algo diferente del que esperan todas las chicas. Cariño, respeto, deseo, no sé… Nada fuera de lo común.
-Entonces no le gusto lo suficiente. Yo… Voy a confesarte algo.

Tragué saliva. ¿Qué sería?

Bebió el café y pareció pensarlo unos segundos.

-Nunca intimamos y… Creo que no me desea. Sé que es muy joven sin embargo…A veces, siento que muere por estar entre mis brazos y después… Como si se alejara y se encerrara en un caparazón. Juro que no la apuro ni la acorralo… No sé… Estoy desorientado.
-Dale tiempo. Quizás dude ella de ti. Tú sabes… Algunas chicas tienen temor de no ser correspondidas.
-Daría cualquier cosa por Scarlet. Haría lo inimaginable.

Lo miré.

-Repito, dale tiempo y… Habla con ella de tus sentimientos, sobre todo de lo que serías capaz.
-Sebastien sabe lo que siento por ella. Ya sabes, me puso a prueba el cretino.
-Lo sé. Pero Sebastien no es Scarlet, insisto. Debes hablar con ella.
-Lo haré.

Al cabo de una hora de charla animada y distendida, nos pusimos de pie y caminamos hacia la puerta de salida. En el instante que cogía el picaporte, un hombre mayor intentaba entrar a la cafetería.
-Disculpe, adelante –invité haciéndome a un lado.

El hombre con gesto amable también se disculpó, pero en vez de seguir camino miró a Grigorii a la cara sorprendido.

-¡Oficial! ¿Se acuerda de mí?

Grigorii frunció el entrecejo y dudó.

Soy el marido de Samanta Vasiliev, es decir el viudo. ¿Recuerda ahora? Usted estuvo en mi casa haciendo averiguaciones.

Petrov dio un paso atrás y estudió el rostro del hombre.

-Oh, siii. Señor…
-Boss. ¿Cómo ha estado tanto tiempo, oficial?
-Bien, y ¿usted?
-Vamos marchando. Saliendo de a poco de la desgracia. He viajado mucho últimamente, me hace bien.
-Ya lo creo.
-Disculpen, yo me retiro –dije algo incómodo.

El hombre me miró fijo…

-Aguarde… Usted… Yo lo conozco.
-No, imposible –afirmé.
-Siii, siii, lo conozco. Usted… Usted estaba en el pasillo aquel día que Samanta se suicidó. ¿Recuerda? Entramos juntos al baño.

Petrov me miró.

Sonreí.

-Disculpe, debe estar confundiéndome con otro. Yo no lo conozco y no sé de qué me habla.
-Usted era el asistente de mi mujer. Me lo dijo ese día en el pasillo.

Petrov intervino.

-Señor Boss, conozco a Ron y trabaja hace muchos años para los Craig, una familia pudiente de Kirkenes. Quizás está confundido. ¿Se siente bien? ¿Está tomando medicación?
-No tomo nada. Ni siquiera para dormir, oficial. Estoy seguro que era el mismo rostro del caballero.
-Pues se equivoca. Nunca fui asistente de nadie. Soy guardaespaldas del señor Sebastien Craig. Si me permite, me retiro. Tengo cosas que hacer. Nos veremos Grigorii.
-Adiós Ron, saluda a Scarlet de mi parte, no la veré hasta el viernes.
-Okay.
Crucé la calle y me refugié en la plaza. Mi corazón aún latía alocado. Estuve muy cerca de ser descubierto. Maldita memoria del viejo. Ojalá que todo quedara en una confusión.


Drank.

El camino sinuoso y empedrado, ahora cubierto por la gruesa capa de nieve, provocaba que mi motonieve saltara y me elevara dos metros del suelo. Eso y sumado a la alta velocidad daba una sensación indescriptible de estar volando. Por la ladera empinada descendí y zigzaguee entre los árboles una y otra vez hasta que el camino se abrió a un claro de suelo parejo. Sólo en ese momento giré mi cabeza hacia atrás para contemplar a Douglas pisarme los talones. Habíamos alquilado dos vehículos para recorrer en las pocas horas de luz tenue, parte de la pradera.

-¡Loco de mierda! –gritó entre risas-. ¡Ten más cuidado!

Sonreí y fijé la vista en el camino. Aceleré afirmándome en el manubrio y apoyé mis pies preparándome para saltar el próximo montículo que se avecinaba.

-¡Drank! ¡No llevas casco! –volvió a gritar.
-¡No te preocupes! –grité.

El desnivel pronunciado moría en el sendero. Después, la curva cerrada y ya podría coger la calle nevada que me llevaría  a la reserva.

La moto saltó y cayó cimbrando mi cuerpo aunque no logró despedirme. Hubiera sido grave si me ponía a pensar que mi cabeza estaba sin ninguna protección. Era extraño sentirse tan poderoso, aunque sabía que no podía jugar con los límites porque podría fallar. Sin embargo el ansia de vivir a pleno impedía que fuera consciente y cauteloso. No deseaba nunca más una cama aunque volara en fiebre. No quería quedarme sentado viendo la vida pasar. Cuando la muerte viniera a buscarme definitivamente no tendría nada que reprocharme. Habría sacado jugo hasta el mínimo segundo.

Claro que todos no pensábamos así…

Al doblar la curva algo más que la reserva se me presentó a la vista.

En el medio del sendero, de piernas separadas y brazos a las caderas, mi amiga Liz me esperaba con la ceja arqueada. A medida que bajaba velocidad y me acercaba a ella pude distinguir sus rabiosos y rojos ojos que me apuntaban como laser de un arma.

Oh oh…

Detuve la moto a unos tres metros de su cuerpo y la miré.

Su pecho respiraba agitado como si hubiera corrido una carrera o lo que era peor, como si estuviera juntando furia.

-Hola Liz.

Mi voz sonó similar a un niño que enfrenta a un adulto ante una penitencia inminente.
Escuché la moto de Douglas acercarse y bajar la velocidad hasta detenerse a mis espaldas.
Liz lo miró detenidamente para después clavarme los ojos púrpura.

-¿Tu casco? –gruñó.

Me encogí de hombros tratando de embozar una sonrisa amable que no daría ningún resultado. Conocía de memoria que mi ex chica enojada no habría sonrisa que la ablandara. Muchas veces siendo novios habíamos discutido y mi única arma para que olvidara la discusión era acercar mi cuerpo al de ella y acomodarla entre mis brazos, inclinar mi rostro y darle un beso demoledor. Pero ahora eso estaba prohibido para mí. Jamás sería desleal y traidor. Contesté con mi único recurso, la verdad.

-No lo necesito.

Volvió a arquear la ceja.

-¡Ah! ¿No lo necesitas?

Negué con la cabeza mientras bajaba la vista.

-¡Mira qué bien! ¿Eres inmortal?

Levanté la vista y la miré.

-No, entre tú y yo, tú eres la única inmortal.

Creo que mi tono salió de mi boca con tinte a reproche. Aunque no tenía por qué hacerlo.

Me observó disgustada.

-¿Qué? ¿No es cierto? Como ahora no me diriges la palabra aunque me veas, no me has dicho nada que eres un vampiro.
-Y tú no me has dicho nada que ahora eres un gato… Digo por lo de las siete vidas.

Sonreí.

-Sólo estoy disfrutando la vida, Liz.
-Estás loco arriesgándote y no lo digo por verte en esta moto volando como idiota. Me he enterado que te has tirado del risco en un clavado que envidiaría a Tarzán. ¡Y en diciembre!
-Exagerada. Ya sabía que no había rocas y el mar tenía una profundidad de diez metros. El Mar de Barents no se congela. Además sólo fue un par de veces.
-¿No digas? ¿Y qué hay del viaje en parapente?
-Me invitó Louk.
-Una invitación atractiva pero debe tener dos neuronas.
-No lo sé –bromee-. No me gustan los hombres.

Me miró seria…

-¿Qué crees que estás haciendo?
-¿Con qué?
-¡No te hagas el imbécil, Drank! Sabes a lo que me refiero. Estás arriesgando tu vida sin motivo.
-¿Sin motivo, dices? Te diré cuál es el motivo. ¡Volví a nacer! Viví en una ciudad donde todas las malditas mañanas me levantaba para trabajar hasta que se ponía el sol. Gracias que los fines de semana, bebía y me encontraba con algún amigo en el centro de Drobak. Mi única diversión fue pescar y manejar una puta furgoneta. ¡Oh sii espera! Ir al cine también.

Respiré agitado. Me molestaba sobremanera que quisiera comandar mi vida. Ella era una amiga, a lo sumo mi ex, si hubiera sido mi mujer… Bueno eso habría sido distinto.
¿Estaba castigándola por no haberme elegido? No… No podía permitirme actuar así. Sin embargo la rabia a veces tarda en abandonarnos.

-Por lo menos yo arriesgo mi propia vida –comenté casi sin pensarlo-, ustedes son vampiros sin sentimientos que asesinan personas.

Ella me miró fijo…

Tragué saliva maldiciendo mi bocota.

Avanzó cada paso que me separaba de ella hasta que su rostro quedó muy próximo al mío. Sus ojos… cubiertos de ese extraño color.

-Es cierto –murmuró-. Asesinamos personas. Pero no olvides que dos vampiros que dices sin sentimiento te salvaron la vida.

La mirada se deslizó hasta su boca apetitosa…

-Voy a pedirte que te alejes de mi boca porque tengo códigos, sin embargo estás haciendo una tortura de mí en este instante. Porque en otra situación… Te besaría hasta desfallecer. Además tú y yo quedamos de acuerdo en no acercarnos, rompiste el trato.

Se alejó de un movimiento apresurado. Me miró con rabia y girando hacia el bosque corrió veloz hasta perderse entre los árboles.

Douglas arrastró con los pies la moto sin bajarse de ella. Cuando llegó a mi lado sonrió.

-Carácter de mierda tienen las primitas de Bianca.

-¡Está loca! ¿Cómo puede correr así, embarazada? -Llené los pulmones con el aire de alrededor. Di arranque a la moto-. Iré por ella, le debo una disculpa.
-Es una luz, no la alcanzarás.
-Iré hasta la mansión y le diré que lo lamento.
-No fue a la mansión, estoy seguro.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque si está muy feliz o muy enojada va a la costa, a la playa. Fue convertida bajo la protección de Neptuno.
-¿Y eso qué significa?
-Que el agua de mares y ríos son su punto de conexión con la energía.
-Iré a la playa.

Aceleré y enfilé hacia el sendero blanco que se adentraba en el monte.

-¡Nos vemos a la noche en el bautismo de Yako!
-¡Te cuidado! –gritó Douglas riendo-. ¡Domina las aguas!

………………………………………………………………………………………………...

Aceleré lo que daba el motor. Aunque Douglas había dicho que era muy veloz, tarde o temprano la encontraría. Una sensación incómoda dominaba el pecho. Urgía pedirle perdón. Había sido un cabrón. Aunque no podía creer que me criticara cuando ella llevando un ser en su vientre corría de esa forma por el bosque.

La capa de nieve bajo las ruedas comenzó a afinarse y hacerse más dura, solidificándose por la mezcla de la arena. La playa no estaba lejos. El monte había quedado atrás y también mi enojo para con ella. Aceleré un poco más y esquivé un médano que ocultaría al mar. Por el ruido del oleaje al romper en las rocas debía estar en la parte de la costa más agreste y rocosa.

Habrían transcurrido diez minutos más cuando por fin el Mar de Barents se abrió a mis ojos dándome un espectáculo de ensueño. Las aguas azuladas adornadas con crestas blancas viajaban en línea horizontal hasta desarmarse en una onda para después quebrarse lamiendo las rocas. En el horizonte, el sol dormido dejaba ver una línea muy fina en tonos violáceos y naranjas. Pronto desaparecería por completo durante las próximas veintidós horas. Lejos, el mar parecía un rompecabezas brillante desarmado en piezas rotas.

Avancé por el suelo grueso y húmedo donde me sería más fácil deslizar las ruedas de la moto. Al llegar al primer grupo de rocas desaceleré hasta detenerla y apagar el motor. Miré hacia los costados, entre sombras. Hacia atrás, hacia adelante. Liz no se veía por ninguna parte.

Bajé de la moto y caminé hasta las rocas trepando hasta la más alta. Miré el horizonte…

-¡Liiiz! –grité.

Aguardé inquieto la aparición de esa loca Nerea rubia, pero no había noticias.

Quizás no quería verme…

-¡Liiiiz! –repetí, aunque agregué-. ¡Lo siento! ¡Perdóname!

Bajé la vista ante el silencio que sólo era alterado por el sonido de las aguas cada vez que golpeaban furiosas unas rocas más abajo de mis pies. No quería empaparme así que me mantuve a una distancia prudencial.

Volví a mirar alrededor…

-¡Liiiz! ¡Por favor!
-Aquí estoy.

Giré hacia la derecha y hacia abajo. Ella estaba de pie en la primera explanada de rocas. Descalza, con el vestido negro hasta las rodillas totalmente empapado. ¿Había estado nadando con este frío? No debía olvidarme que era una vampiresa… Su cabello caía como lluvia hasta la cintura. Sus ojos parecían mirarme con rabia.
-Liz, estoy aquí para pedirte disculpas. No debí decirte asesina y ofender a… a tus Craig. Perdón.

Sus ojos se achinaron todavía con vestigios de furia. Creo que la acotación de “a tus Craig” no había caído bien.

Ella tenía cruzados los brazos. Los dejó caer y extendió uno hacia el mar. Seguí con la mirada el movimiento de giro lento que dibujaba en el aire con la mano sin comprender si era un rito o algo así. De todas formas no tardé en entender su intención ya que efectuó un movimiento brusco con la mano hacia mi dirección y en segundos una ola que no se sabe de dónde diablos había salido me empapó de pies a cabeza. Abrí la boca por la sorpresa y además por el frío. El agua estaba helada.

-¡Mierda! –chillé.

Ella también se sorprendió.

-¿Tú hiciste eso?
-Parece que sí. Nunca lo había hecho. Tengo mucha rabia –dijo aún asombrada.
-Me empapaste con la ola.
-Te lo mereces –murmuró.

Dejé caer mis hombros en señal de rendición.

-Lo sé. Perdón… Así que… ¿controlas el mar? ¡Qué poder! Pensé que sólo ocurrían estas cosas en el cuento de “La sirenita”.

No sonrió.

Omitió mi broma y trepó entre las rocas hacia mí.

Me asusté por su estado.

-Oye, ten cuidado llevas un niño en tu vientre.
-Sé cuidarlo, no te metas.
-Sólo intento cuidarte.
-También yo. No quería que te ocurriera algo malo.
-Lo sé, lo sé… Mira lo que no supe explicar es –caminé saltando un par de rocas pero con tan mala suerte que la capa de musgo hizo que resbalara y cayera sentado en la dura superficie-. ¡Aaaauuuh!

Se apresuró a acercarse para ayudar. Saltó con una gracia entre las aristas rocosas como si fuera una bailarina de ballet e inclinándose extendió una mano.

-¿Te has hecho daño?
-Me duele el culo pero no te preocupes. Nada serio.

Cuando ayudó a incorporarme noté la fuerza sobrenatural. Jamás podría haberme levantado con un solo movimiento soportando mi peso. De un salto me acerqué a ella logré estabilizarme y limpiar mis jeans de odiosas conchillas bebés y trozos de algas.

-Vamos –dijo sin sonreír-, caminemos por la costa.

La seguí a duras penas. Era tan ágil saltando entre la superficie resbalosa y húmeda que se me hacía difícil seguirla.

-No te caigas –protestó-. No quisiera tener un cargo de conciencia. Ser culpable de un golpe mortal sería ridículo después de todo lo que se ha hecho por ti para que vivieras.

Me dolió…

Ella lo supo. Imposible desconocer como sentía. Era mi gran y única amiga, sí… además de ex amante.

Se detuvo y giró para mirarme. De pie la observé con angustia. Odiaba estar enfadado con ella.

-No quise reprocharte nada. Es que… ¡Drank! Parece que buscas la muerte a cada paso. Sabes que si te ocurre algo yo…
-Lo sé… No te enojes. No lo volveré hacer.

Arqueó una ceja con un gesto característico de ella.

-¿No correrás más en moto?
-No –sonreí-, correré pero usaré casco. Lo prometo.

Caminamos en silencio… Ni ella ni yo teníamos demasiado que decir. Ella estaba allí por querer protegerme, yo… Mejor dejarlo ahí.

Se detuvo y miró el horizonte.

-Para los hombres la línea por donde se pone el sol debe ser lo más inalcanzable –susurró.
-No debe ser lo único. Hay cosas más inalcanzables –murmuré pero no la miré. No hacía falta.
-Volveré a casa –susurró.
-Claro…

Me detuve y giré hacia el mar. Mi vista recorrió esa inmensidad bella y misteriosa. El silencio continuó por unos segundos.

Sentí que se acercaba por la espalda…

-Drank…

Giré mi cabeza hacia la derecha donde provenía la voz pero mis ojos permanecieron fijos en la arena.

Tuve deseos de decirle todo lo que sentía en ese instante. Decirle, “no, no me compadezcas. Tu amor es algo difícil de arrancar. Tu indiferencia es dolorosa… Sin embargo nada es insuperable, lo sé. ¿Y sabes lo que es peor? Que aunque un día un milagro sucediera y te levantaras y corrieras para decirme, “te amo”… Yo… Yo jamás te aceptaría. Porque el día que me vaya de este mundo lo haré con el mismo honor con el que viví.”

-¿Estás bien? –preguntó.

La miré.

-Sí… Regreso a casa. Prometí a Gloria jugar a la “casita robada” con los naipes.

Caminamos hacia la moto sin hablar hasta que subí en ella.

-¿Irás a la fiesta de esta noche? –preguntó.

Sin mirarla a los ojos contesté.

-Claro, vivo en la reserva. Tendría que buscar una excusa muy buena si no fuera. Además no es justo para Bernardo después que me dio una mano tan grande. Es el bautismo de su niño.
-Sí, entiendo.

Su voz sonó angustiada.

Me acomodé mejor sobre el asiento y la miré.

-¿Te preocupa que me emborrache?

Di arranque al motor.

Sonrió.

Su sonrisa se hundió en mi pecho y me acarició el alma.

-Confío en tu buena conducta. Aunque pensándolo bien…
-¿Qué? –pregunté, haciéndome el ofendido.

Rio.

-Nada… Entiendo que quieras disfrutar pero te pido que te cuides. De verdad que no podría ser feliz jamás si a ti te ocurriera algo malo.
-Hasta pronto –susurré.
-Drank… Desearía que pudiéramos hacer las paces con un abrazo, como antes.
-No lo hagas, por favor. No fue un capricho el que te pedí, ni tampoco parte de una venganza. Es que no puedo, Liz. No puedo olvidarte y dejar de sentir esto tan fuerte que siento por ti. Sólo déjalo así.

Noté lágrimas en sus ojos.

-No llores, le hará mal a tu bebé.

Ella se alejó apenada. Antes de trepar las rocas se giró hacia mí y con dolor se despidió.

-Algún día, Drank. Amarás a alguien con todo tu corazón y ella te corresponderá. Ese día… me deberás un abrazo.

No esperé verla partir. Avancé con la moto e hice una curva rugiendo el motor, alejándome de la costa a toda velocidad.

¿Por qué la distancia que comenzaba a recorrer y me alejaba de ella no lograba hacerla desaparecer de mi mente? ¿Por qué mi corazón seguía insistiendo en amar aquel ser que no sentía lo mismo por mí ni lo sentiría jamás? ¿Eran bromas que te hacía la vida? ¿Eran pruebas? Quizás se trataba de una obsesión.

Lo cierto que debía hacer el esfuerzo para soltar las amarras de esa pasión no correspondida.

Ya dentro del bosque zigzagueando por el sendero un nudo apretó mi garganta y mis ojos se humedecieron. Desaceleré la moto hasta que se detuvo. Apoyé los pies en el suelo blando y respiré profundo…

Mi padre últimamente me repetía, “mira a tu alrededor Drank. La vida te ofrece muchas cosas bellas y no debes dejarla pasar”.

Miré a mí alrededor… El bosque pareció rodearme con su silencio. Me dio la sensación que me abrazaba, me acogía en ese seno húmedo de hielo y clorofila. A mis oídos llegó el sonido nocturno de un búho. Creí por un momento que todo ello me pertenecía y estaba allí para que lo tomara.

Sí… Podría no haber llegado nunca a disfrutar lo que en este instante me rodeaba. Podía no haber vuelto a oler, ni a escuchar, ni a contemplar… Pero estaba aquí, vivo. Y sentí que darme el lujo de despreciar mi suerte sería un acto vergonzoso y aberrante. Por todos aquellos que no habían tenido mi oportunidad.

Sequé mis lágrimas, di arranque a la moto, y mientras me alejaba de la playa juré que fuera la vida que me tocara, nunca más dejaría de agradecer el hecho de estar vivo.
























7 comentarios:

  1. Extrañaba leerte, espero que estés bien tqm. Me encanto la parte d e Drank y Liz.

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    1. ¡Querida amiga! Gracias por tu cariño y tu comentario. Yo también te quiero mucho. Un beso grande.

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  2. Me encanto el capi linda. Muy emotivo como siempre. Adore la charla de Liz y Drank, se deben alguna que otra conversación.
    Pobre Ron,que cerca estuvo de ser descubierto jajajaja
    En el fondo entiendo su desesperación pero sigo cuestionandome que tan malo sería que de una vez por todas Grigori los descubra?
    Bue....como sea, excelente capi amiga como siempre.
    Espero el proximo!
    Te quiero

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    1. ¡Holaaaa! Gracias Ale yo también te quiero. Grigorii... y es difícil creer en vampiros pero quizás muy pronto la venda caiga de sus ojos. Drank y Liz aún no pueden ser amigos, el tiempo dirá.
      Un besote grande, gracias por comentar nena!

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  3. Hola Lou, que bueno tener otro capítulo muchas gracias, y que bien que Liz y Drank estuvieron hablando ellos se deben sus buenas platicas, con Ron casi casi lo descubren jeje, saludos amiga!

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    1. ¡Hola Lau! Muchas gracias por comentar. Falta que corra más agua bajo el puente para que Liz y Drank vuelvan a ser amigos, aunque Drank jamás pudo superarlo. Creo que todo depende de él. Veremos quien lo ayuda...
      Un beso gigante y buena semana!!

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