Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


lunes, 26 de junio de 2017

¡Holaaa chicos! Aquí dejo el capi 30. Iris púrpura.
Se llama como el título del libro y de ahora en más se abren para ustedes nuevos personajes, muy controvertidos y a mi modo de ver, interesantes. Ellos, los errantes, cambiarán el mundo de los Craig. Pero debemos esperar para conocer el porqué. Un besazo y gracias por comentar.



Capítulo 30.
Iris púrpura.

Charles.

Llegué a Ekaterimburgo un anochecer lluvioso y frío. Ha pedido de Sebastien, viajé para encontrarme con aquellos vampiros errantes que tantas veces me habían quitado el sueño. Nunca volqué mis dudas y temores para no preocuparlo. Lo cierto que hacía mucho tiempo que un grupo de vampiros había abandonado las cumbres, aunque con el asentimiento de Adrien, deseando cambiar la única región que los había visto nacer y crecer.

Recuerdo que eran ocho salvajes e indomables. Por más que tuvieran grabado en su cabeza mantenerse en secreto frente a la raza humana, con ellos nunca podía saberse.

Tuve temor muchas veces, ¿por qué negarlo? Confiaba que adoraban a Adrien, pero una vez muerto el líder, nadie aseguraría que respetarían a su hijo como tal. Al parecer en algo me había equivocado… Los vampiros permanecían ocultos al ojo humano aunque ignoraba en qué condiciones.

Por mucho tiempo no se tuvo noticias, ni siquiera se acercaron cuando Adrien dejó este mundo. Eran una incógnita, y como errantes era difícil hallarlos.

Sin embargo, fueron vistos por Dimitri y por Iván Gólubev en tres oportunidades. Por lo tanto conocíamos que su lugar de arraigo últimamente era Rusia. Miento… Hubo un dato más… Sebastien había tenido varios encuentros con Olga, según él, bellísima vampiresa… Ahora muerta por un virus extraño.

Una tal Ekaterina había hablado a mi móvil. Evidentemente ya no eran los ignorantes salvajes que esperaría encontrar. Mejor así, quizás se podría dialogar con educación, o quizás no…

De pie, en la avenida principal de la ciudad, Avenida de Lenin, observé los edificios y monumentos que vestían las calles bajo las luces artificiales. Ekaterimburgo había cambiado mucho desde la última vez que había pisado, centena de años atrás. Aún conservaba su tinte netamente industrial. Aunque seguramente quien más recuerdos tendría sería la bella Sasha. En esta región, camino a los rigurosos Urales, había escapado con Mijaíl después que habían dado muerte a los Romanov. De la casa Ipatiev ya nada quedaba, y en su lugar un templo ortodoxo se alzaba en honor a los zares.

Caminé sin prisa, contemplando lo que había logrado la mano del hombre. Al llegar al dique sobre el río Iset, mis ojos se deleitaron con parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad. La casa Sevastiánov, construida en la primera mitad del siglo XIX. La obra maestra de estilo neogótico, era uno de los puntos obligados de ver por turistas que llegaban de todas partes del mundo.

Quité el papel de mi bolsillo para verificar la dirección de Ekaterina… No estaba lejos.

No niego que llegaría impuntual, no era mi costumbre. Pero cómo no detenerse ante una de las tantas curiosidades de Ekaterimburgo. A orillas del río, resaltaba un enorme teclado de ordenador con ochenta y seis teclas de hormigón que servían de bancos a los transeúntes. Me senté en una de ellas y contemplé el río frente a mí.

El día no habría acompañado demasiado de lo contrario estaba seguro que pulularían humanos por doquier aun a estas horas. Era un bonito lugar de esparcimiento, aunque no el único parque en la región.

¿Transitarían los errantes entre la raza humana sin caer en la tentación? Suponía que sí, de lo contrario estaríamos en problemas.

¿Cuánto tiempo más ignorarían los humanos nuestra existencia? ¿Alguna vez podríamos convivir pacíficamente? No, nunca sería posible, por la sencilla razón que ellos eran nuestro alimento.

Al doblar la esquina en la interjección de Lunacharskogo, avancé tres casas por Shartashskaya hasta llegar al número que indicaba el papel. Una casona antigua de forma rectangular, se mostró ante mis ojos. Paredes grises aunque bien mantenidas. Dos pares de grandes ventanas cuadradas, dos a cada lado de la puerta, lucían cortinas oscuras. El frente de la casona al parecer de una sola planta contaba con un borde en sus techos con ornamentos de cemento al igual que en cada ventana, y un gran farol antiguo pendía sobre la puerta.

Busqué el timbre junto a la puerta de doble hoja, y presioné.

Aguardé quizás un minuto y antes de insistir nuevamente, la puerta se abrió, dejando ver en la pálida luz, una joven rubia que sonrió tímidamente.

— ¿Ekaterina? —pregunté devolviendo la sonrisa.

Asintió con la cabeza.



—Adelante, por favor. ¿Usted debe ser Charles?
—Así es. Un gusto, Ekaterina.
—El gusto es mío.

Era una hembra alta, delgada. De pómulos marcados, boca pequeña. Su cabello largo y rubio. Ojos muy parecidos al color del iris de Scarlet y Agravar, aunque diría que más que un violeta, era púrpura.

Al pasar lo primero que vi fue un pequeño recibidor de baldosas claras y lustradas. A la izquierda un perchero de bronce con cuatro brazos junto a un espejo ovalado el cual te reflejabas de cuerpo entero. Mi coquetería no pasó por alto echarme un vistazo mientras quitaba mi abrigo y lo colgaba. En el rincón opuesto, una lámpara sencilla del mismo diseño y material que el perchero. A su lado, un paragüero cilíndrico con figuras en relieve.

—Por aquí, Charles –señaló la puerta inmediata.

El salón comedor era amplio, contemplé con disimulo los antiguos muebles ubicados entre esas paredes altas y blancas.  El color caoba predominaba en la madera. En el centro la mesa amplia de comedor rodeada por seis sillas con respaldo en tela burdeos. Seguramente pana. Aunque no pude ser más detallista en la inspección sin haber caído en desagradable conducta.

Pude descubrir cuatro puertas que darían a otros ambientes, y otros muebles antiguos como ser una vitrina de cristal de una puerta, con vasos, copas, y bebidas.

¿Beberían alcohol los errantes?

—Charles, coge asiento. Avisaré a Jul Brander que has llegado.
—Gracias.

Antes de que desapareciera del salón, pregunté.

— ¿Son ustedes dos viviendo aquí?
—No, Boris no ha llegado. Trabaja.
—Oh, Sí… Sebastien me informó que eran cinco. Por los pasaportes, tú entiendes.
—Sí, éramos cinco con Olga –su rostro ensombreció. Después desapareció por una de las puertas.

Me senté apoyando mis antebrazos en la mesa y ya con más libertad mis ojos recorrieron alrededor. La pared izquierda sin adornos ni cuadros. El mueble con vitrina, estaba ubicado allí. A poca distancia, una de las puertas cerradas. Frente a mí, un bureau secretaire en caoba de la época del imperio ruso, con adornos lineales en bronce dorado. En la parte superior, un armario central con tres pequeños cajones a cada lado. Al medio, una tapa cilíndrica que por mi pobre conocimiento alcanzaba a adivinar que cubría más cajones de menor medida y tendría una superficie para escribir que se deslizaría hacia afuera. Evidentemente era un mueble muy antiguo. ¿Cómo habría llegado a manos de los errantes?
La pared de la derecha vestía fotografías en cuadros de diferente tamaño. Reconocí a Ekaterina en alguno de ellos. En otros, el bello rostro de una joven rubia, después dos machos y… faltaban imágenes… Se notaba que tres cuadros habían sido retirados no hace mucho tiempo. Me llamó la atención una foto de dos ancianos, sonriendo.

Me puse de pie y avancé para verlos más cerca. Mis ojos se elevaron a la araña de cristales que pendía del techo. Debía ser muy antigua, y costosa… Sobre todo costosa.

Al aproximarme para ver con más detalle una de las fotos, comprobé que eran dos ancianos, quizás de ochenta años.

La puerta se abrió y giré para contemplar a Ekaterina. Permanecí en el mismo sitio. Ella se acercó a mí con la vista clavada en la foto.

—Eran los dueños de esta casa. Hicimos averiguaciones… No tenían descendientes ni familia que heredara.
—Oh…
—Los asesinamos.
—Lo imaginé.
—A los vecinos les dijimos que Félix y Mary habían partido a Moscú a vivir, con un hermano de él. Nosotros éramos la única familia joven que podía hacerse cargo de esta casa. Algunos lo creyeron.
— ¿Y otros?
—Da igual, aquí nadie se mete en asuntos privados.
— ¿La policía?
—Nunca ha venido a molestarnos. De todas formas no nos quedaremos mucho tiempo. No debemos jugar con la suerte.
—Hacen bien. ¿Y dónde vivían antes?
—Al norte de los Montes Urales, los bosques vírgenes de Komi.
—Entiendo. Es una suerte que hayan querido civilizarse.
—Comenzamos desde hace mucho tiempo. Con ayuda de Jul, Jul Brander.
—Me suena el nombre.

La puerta volvió a abrirse dejando ver un joven de alrededor de veinticinco años, vestido de suéter azul y jeans.



— ¿Charles?
— ¿Con quién tengo el gusto?

Se acercó y extendió la mano. Cabello corto castaño, estatura mediana, delgado, sonrisa amable.

—No te conocía en persona. Pero los vampiros con los que me he cruzado te han nombrado.
—Vaya, ignoraba que fuera tan famoso.
—Eras amigo de Adrien, y lo eres de Sebastien.
—Insisto, ¿te conozco?
—No, pero seguramente sabrás sobre mi historia. Mi nombre es Jul Brander Arve. Soy hijo de Olaf.
—Oh… ¡Qué sorpresa! Te habíamos perdido pisada. Salvo por los Gólubev. Viviste tiempo con ellos, ¿verdad?
—Así es. Después me decidí por la vida nómade.
—Ajá…
—Unas bellas vampiresas me subyugaron –sonrió mirando a Ekaterina.

Ella rio.

—Mentiroso, di la verdad.

Ambos rieron.

El sonido de unas llaves se escucharon y tras ellas la puerta de calle se abrió.

Un vampiro macho de casi metro noventa y cuerpo robusto, se detuvo junto a la puerta y nos miró uno por uno.

Lentamente cerró la puerta y se acercó.

—Boris, él es Charles. Nos trajo los pasaportes –presentó Ekaterina.

Inclinó la cabeza gentil, sin sonreír. Sus ojos púrpura destellaron al hundirse en mi iris, aunque diría que sentí algo de temor en ellos. Jugó con las llaves entre sus dedos pero no se movió.

Brander interrumpió.

—Extiende la mano derecha, Boris. Se acostumbra entre amigos. Y Charles lo es.

De inmediato el vampiro siguió el consejo. Consejo diría, ya que no creía por nada del mundo que un macho así siguiera las órdenes de nadie sobre la tierra. Sus rasgos duros, casi inexpresivos, lo hacían lucir más salvaje, aun con el traje negro que llevaba puesto. A pesar del temor de su parte que olía en el aire, adiviné que entre los errantes sería el más indomable y difícil de sobrellevar.

Traté de ser amable y quitar todo miedo por encontrarse frente a frente con un Craig. Supuse que no era bienvenido para él, sin embargo se debería a toda clase de dimes y diretes sobre el aquelarre del líder de los vampiros.

—Es un placer, Boris.

No respondió. Aunque estrechó mi mano.

— ¿Y bien? –continué—. Vayamos a lo que he venido.

Quité de mi maletín cinco pasaportes y un sello. Entregué todo a Ekaterina que se apresuró a cogerlos.

—Por favor, Charles. Bebe una copa de vodka con nosotros –invitó Brander.
— ¿Por qué no? De paso me gustaría hablar sobre ese virus que mató a Olga. Siento tocar el tema pero a Sebastien le preocupa.
— ¿A Sebastien le preocupa cómo murió Olga? –La voz de Boris sonó angustiada y un tanto furiosa—. Pero no le preocupó como vivió.

Arquee la ceja y lo miré.

—Boris, ya lo hablamos –susurró Ekaterina.
—Serviré el vodka, siéntense –agregó Brander, incómodo.

Aunque seguí cordialmente la invitación al igual que todos, algo me decía que no era un simple reproche… Recordé… Sebastien y Olga habían tenido un romance efímero o quizás varios encuentros. Quizás Olga como imaginaba se habría enamorado del heredero de Adrien Craig y él lejos estaría de fijarse en ella como dama de los Craig.

Ekaterina desapareció por una de las puertas y cuando regresó se unió a nosotros. Bebiendo el vodka Brander preguntó sobre su padre y le puse al tanto sobre él. Aunque la charla era amena, yo… viejo zorro, algo olía. Algo oculto entre ellos, pero no podía definir si bueno o malo. Simplemente serían secretos de una larga vida compartida. No volví a tocar el tema del virus, me pareció no adecuado. De todas formas Sebastien indagaría en otro momento, siempre y cuando los errantes no desaparecieran ahora que podrían viajar como humanos por el mundo.

—Deberán pegar la foto en los pasaportes y luego sellar arriba –indiqué—. Serán ciudadanos noruegos. No creo que les importe.
—En absoluto –contestó Ekaterina.
—Yo ya lo soy –sonrió el hijo de Olaf.
—Y dime… ¿Dónde han enterrado a Olga? Digo… Provisorio. ¿Están seguros que nadie sospecha nada?

Sentí la mirada de águila de Boris sobre mí. Lo miré…

—Hablas de Olga como si fuera un objeto enterrado por ahí.
—De ninguna forma –me defendí.
—Pues, sonó así.
—No te preocupes, Charles. Todo está muy pensado –interrumpió Ekaterina—. Ella quiso morir en los Montes de Komi, donde vivió tanto tiempo.
—Oh… ¿La enterraron allí?
—Sí.
—Entonces… el fin de los pasaportes no es para el entierro, ¿supongo bien?

Ekaterina abrió la boca pero antes de emitir palabra el sonido de una pelota botar repetidas veces contra el piso provocó que enmudeciéramos.

Boris se puso de pie al igual que ella, ambos pálidos como muertos.

— ¿Eso pareció ser un balón? Déjenme adivinar –miré la puerta cerrada—. ¿Es un niño? ¿Para él es el quinto pasaporte? –Miré a la vampiresa—. Siéntate, querida. Soy Charles Solberg, un Craig, pero por sobre todas las cosas y hechos, un caballero. Sé que no es mi casa y no daré un paso sin autorización. Aunque… me gustaría que me hablaran sobre el niño. ¿Lo harían? Sólo por cortesía.

Ambos volvieron a coger asiento. Con voz temblorosa, Ekaterina relató.

—Olga se emparejó con un guerrero, no era el adecuado para ella. Pero ella se enamoró… Hace aproximadamente siete años quedó embarazada y nació Nicolay.
—Bonito nombre –murmuré.
—Siempre deseaba decírselo a Adrien, lo del niño vampiro… Pero Olga no quiso.
— ¿Por qué?
—Bueno…Ella decía que en las cumbres había pasado un hecho horrible hace cien años más o menos…
— ¿Qué hecho horrible?
—Lucila tuvo una hija de Agravar. Pero se corrió la voz que Adrien quiso ocupar su lugar, echó al guerrero, se adueñó de su niña y de su hembra.

Me puse de pie de un salto.

— ¡Eso no fue así!
—Disculpe Charles, comprendemos que Adrien era su amigo –balbuceó Ekaterina—. Hace mucho nos cruzamos en los Urales con Agravar. Él estaba desconsolado.
— ¡Maldito hijo de puta! ¡Noo, nooo es así! Escuchen –hablé con calma—. Ustedes no conocen parte importante de la historia. Permítanme contarles todo. No obviaré detalles. Después ustedes sabrán a quien creer.

Dos horas me tomó hablarles sobre esa bazofia de vampiro, sobre Scarlet, sobre Lucila, sobre Lenya y Halldora. No oculté nada. Sólo esperaba que creyeran en la verdad.

—Como verán –tomé un respiro—, Olga se equivocó al no contar a Adrien de su niño. También por no ir a Sebastien cuando Adrien murió… Ahora pregunto y necesito sinceridad de parte de ustedes.
—Díganos, Charles.
— ¿Nicolay es hijo de Agravar?
— ¡Nooo! –los tres contestaron al unísono.

Supe que no mentían por el gesto desagradable de sus rostros.

—El padre de Nicolay murió atrapado en una caverna, congelado. En los Urales —informó Ekaterina.
— ¿Qué piensan hacer con el niño? ¿Crecerá en Rusia? ¿Piensan irse?
—La idea de Olga era que estuviera cerca de las cumbres. Ella nació allí. Es su región y su hijo merece crecer en ella. Nos mudaremos a Kirkenes. Fue su voluntad cuando murió.
—Me parece bien, Ekaterina. Allí podrán vivir tranquilos. Además Sebastien y Bianca pueden darles una mano con la crianza del niño.
—El niño es de nosotros —retrucó Boris—.No permitiremos que se nos aleje de él. Olga confió en su familia.

Arquee la ceja.

—Pero… ¿por qué alguien se los quitaría? Sólo opiné que podían ayudar.
—No necesitamos ayuda además de los pasaportes –respondió.
—Entendí, Boris. No deberías ser tan agresivo.
—Pide disculpas, Boris –susurró Ekaterina.
—Lo siento.
—No hay problema… Entonces… El niño será anotado en el pasaporte, ¿con qué apellido?
—Bueno… pensamos ponernos el apellido de los ancianos, Smirnov. Menos Brander, él es Arve.
—Buena idea. Entonces será Nicolay Smirnov. Deberán llenarlo con manuscrito. ¿Saben leer y escribir?

Boris sonrió. Primera sonrisa, aunque fría y sarcástica, que le había visto en toda la noche.

—Sabemos leer, escribir, y hacemos cuentas de aritmética. Brander nos enseñó.
—No quise ofenderlos. Es que sé muy poco de ustedes. Bueno… Creo que ya es tiempo de irme, los esperamos contentos que se unan al aquelarre de Kirkenes.
—Viviremos en Kirkenes, no nacimos para unirnos a nadie.
— ¡Suficiente Boris! –exclamó Brander.

Me puse de pie y me acompañó hasta la puerta.

Al salir la madrugada fría caía lentamente en Ekaterimburgo. Tenía la sensación de irme incompleto, quizás por no haber podido conocer a Nicolay.

Antes de despedirme en la acera, el hijo de Olaf conversó unos instantes y respondió algunas preguntas.

—He visto que Boris trabaja, ¿para quién?
—Es guardaespaldas.
— ¿Le han dado empleo sin documentos?
—Son traficantes.
— ¿Drogas?
—No, armas. Pero no te preocupes, no es a nivel terrorismo. Las venden a los maleantes.
— ¿Estás seguro?
—Como que soy hijo de un biólogo.
—Director de un hospital, querido. Estás atrasado en noticias.
—Lamento el momento, Charles. Sebastien salvó mi vida y sé que tendrá buenos sentimientos. Sólo que Boris es un poco salvaje e indomable, yo… lo conozco muy bien.
— ¿Qué tan bien?

Bajó la vista y después me miró angustiado.

—Somos pareja desde hace mucho tiempo.
—Oh… Por mi parte nada cambia.
—Me alegro… Ehm… Mira… Nicolay tiene a sus padres fallecidos… Boris y yo… Ahora que tenemos documentos… Vamos a adoptarlo como hijo nuestro.

Sorprendido lo miré.

— ¿En serio? No sabía que podría hacerse. Lo siento, estoy un poco atrasado en leyes modernas. Me parece bien, si el niño estará feliz, pues bienvenido.
—Sí, pensamos adoptarlo aquí. Viajaremos a Kirkenes cuando esté todo en regla.
—Ajá… ¿Le digo algo a tu padre? No me refiero a tu pareja, ya sabes. Si estás bien, si vivirás en la ciudad.
—Oh siii, dile que nunca lo olvidé y que ansío abrazarlo.
—Se lo diré. Buenas noches.


Bianca.

Bebí el cuarto trago de café sentada en la cabaña, mientras Sabina me contemplaba compungida.

—Bianca, debes olvidarte del tema. Creo que estás obsesionada y eso perjudica psicológicamente.

Sonreí.

—Lo mismo dijo Dimitri, mi psicólogo.
— ¿Lo ves?
—Pero es que ya es mucho tiempo que no me cuido. Debería quedar embarazada. No lo logro.
—Insisto, piensa en otra cosa.
—Imposible. Quiero darle un hijo a Sebastien. Él lo desea más que otra cosa en el mundo. ¿Sabes? A veces hablamos sobre un futuro con nuestro hijo. Se imagina haciéndolo dormir, en sus brazos. También paseando los tres por el centro de Kirkenes. Mostrándolo orgulloso –volví a sonreír—. Dice que seguramente se parecerá a mí… Imagina como serán sus ojos, su sonrisa, cuando le diga “papá”… ¿Cómo no pensar en ello todo el tiempo, Sabina? Quiero darle un hijo.

Extendió su mano sentada a mi lado y cogió la mía.

—Tranquila, ya quedarás embarazada.

Bernardo entró sofocado.

—Hola Bianca.
—Hola Berny.
— ¿Qué ocurrió? —Preguntó Sabina—. Estás cubierto de barro.
—Nada, cariño. Sólo un par de renos destrozaron parte de la huerta de Vinter. Tuvimos que echarlos.
— ¿No les dispararon?
—Eran hembras. Una de ellas tendrá cría en poco tiempo.
—Hasta los renos quedan embarazados.

Sabina rio.

— ¡Ay Bianca!
— ¿Estás embarazada y no fui el primero en enterarme?
— ¡Qué no! Por eso dije que hasta los renos quedan preñados.
—Ah pero ya quedarás, ¿cuál es el apuro?
—Sebastien es el apuro. Quiere un hijo.
—Bueno, que se calme, ya lo tendrá.
—Es lo que le dije a Bianca, que no se obsesionen.
—Okay, de todas formas iré a ver a Olaf. Me haré estudios ginecológicos con él.
—Si eso te deja tranquila –sonrió Bernardo.
—Nunca está demás, apoyo esa decisión –acotó Sabina.

No quise perder tiempo. Esperé que Bernardo tomara un baño y me llevara hasta el centro de Kirkenes. Desde la plaza crucé la calle y caminé varios metros hasta llegar al hospital. No me anuncié en la mesa de entradas, subí dos pisos por el ascensor.

Una corriente helada cruzó el pasillo.

Llegué al laboratorio. Olaf, por la hora, debía estar haciendo su recorrido. Me asomé por la puerta y sonreí.

— ¡Hola Sol! ¿El doctor Arve?
— ¡Hola doc! En planta baja, con la policía. Creo que debía llenar unos papeles.
— ¿La policía?
—Sí, llegó un cuerpo esta mañana. Un pescador cayó al río de forma sospechosa.
—Gracias. Lo buscaré.

De pronto, el aire gélido me rodeó. Me detuve, estática, inmóvil… Una sombra sin rostro se formó al final del pasillo. Cerré los ojos… Sinceramente no deseaba verlo… Hoy no… No tenía ánimo para hablar con el mensajero de la muerte.

— ¿Y ahora qué? –susurré.
—Tienes mi don, ¿lo olvidaste? –dijo su voz tenebrosa.
—No. ¿Quieres que te lo devuelva?
— ¿Crees que es tan fácil?
—Yo no pedí tu don.

Se acercó como si flotara en el aire.

—Tú te resististe a morir cuando debías hacerlo. Te escapaste entre mis dedos y al rozarme provocaste mi menoscabo.
—No tenía otra salida.
—Siempre hay otra salida… Ahora –miró de costado—. Hay alguien que no debió partir. Hazme el favor de facilitarme el trabajo.

Se esfumó en el aire como si nunca hubiera aparecido ante mis ojos. Si hubiera sido la “Bianca” de hace unos años, lo hubiera atribuido a falta de sueño, agotamiento, alucinaciones, pero no… No era mi imaginación. Ella, Hela, había estado aquí. Sin embargo sentí que esta vez, el hilo del tiempo iba afinándose peligrosamente. Lo peor es que ignoraba que deparaba el futuro.

Al bajar a planta principal vi a Olaf despidiéndose de dos oficiales. Uno de ellos, Petrov. Olaf salió a mi encuentro con una sonrisa.

—Bianca, Sebastien me habló por teléfono. Dice que mi hijo se instalará en Kirkenes.
— ¡Qué buena noticia, Olaf!
—Gracias… ¿Me buscabas?
—Sí, tengo que hacerme unos estudios ginecológicos pero no sé a quién recurrir. Tú sabes…
—Bueno, en lo que concierne a análisis comunes puedo verlos yo. Soy biólogo. Ahora si se trata de ginecología… Pensé que ustedes no corrían riesgo de cáncer y…
—Quiero saber la razón del porqué no quedo embarazada.
— ¿Hace mucho tiempo has intentado?
—Unos meses.
—No es tanto, aunque si te deja tranquila haremos una ecografía de tus órganos. ¿Te parece?
—Sí, supongo que no podrá verse esófago y… es decir el aparato digestivo.
—No te preocupes será sólo trompas, ovarios, útero. Estaré junto al ecógrafo. Por las dudas. Si algo extraño se presentara sabré salir de la situación.
—Eres un genio.
—Años de trabajar para los Craig.

Sonreí.

— ¿Petrov se retiró del hospital? –busqué con la mirada.
— ¿Quién es Petrov?
—Un oficial rubio de ojos claros de alrededor de treinta y pico de años.
—Creo que salió a la calle. ¿Por qué lo buscas?
—Es sobre el pescador. Largo de contar. ¿Practicaron la autopsia?
—Sí, el forense de turno aún está en la morgue. No había huellas digitales en su cuerpo. Parece que resbaló de la canoa.

Caminé apresurada.

—No resbaló. Subiré a la morgue.

                                                   …………………………..


Sentada en la cafetería del hospital, cuatro de la madrugada, Petrov levantó la vista de su café y me miró.

—Bien, otro asesino en la cárcel, gracias a ti y tu don.
—De nada.

Hubo casi un minuto de silencio entre los dos. Aproveché a beber mi capuccino.

— ¿Sabes Bianca? Tengo curiosidad por saber cómo se dan en ti las premoniciones.
—Ah… pues… Imágenes… Veo imágenes. A veces son sin sentido y otras voy hilvanando que puede ser –mentí.
—A mí me sucede en los sueños.
— ¿Qué curioso? ¿Siempre sueñas?
—No. Por ejemplo, soñaba muchas veces viviendo en mi barrio desde muy joven. Cuestiones sin importancia. Al menos no la tenían cuando estudiaba y no había ingresado a “Las Fuerzas”.
—Sobre Anne, ¿predijiste lo que ocurrió con tu padre?
—No, al menos no lo interpreté. Soñaba a mi madre llorando y suplicando que la ayudara. Ella ya había fallecido y me desesperaba saber en qué podía ayudarla. Evidentemente algo tenía que ver con el monstruo de mi padre.
— ¡Qué horror!
—Después, en EEUU, mientras trabajaba para el FBI… pude resolver un homicidio de un político, era juez. Pero no pude comprobar que tenía pruebas. Eso se vio muy mal…Y me echaron.
—Comprendo.
—Con Scarlet… —lo miré con temor dentro de mí. No sabía que iría a decirme—. La soñaba casi siempre, sin conocerla. Ella no había llegado a mi vida y ya la conocía en sueños.
— ¿Y qué tal era el sueño? –sonreí—. De lo que puedas contar.

Sonrió.

—Ella estaba junto a mí, en lugares maravillosos. Con su cabello largo al viento, su sonrisa… Era la mujer ideal. Pensé por momentos que sería el subconsciente, ya sabes… un ideal de mujer. Pero la conocí… Esa noche cuando festejaba el cumpleaños de Hansen, en el hotel Thon.
—Lo recuerdo.
—Después… Soñé con tu cuñado. Estaba en peligro. Se lo dije cuando lo encontré en el centro de Kirkenes. Buscaba un móvil. Creo que no me creyó. Hay sueños que no sé interpretar.
— ¿Y ahora? ¿Has tenido sueños?

Se mantuvo pensativo. Como si dudara si contarlo o no.

—Sí… Es un sueño recurrente. Pero me da vergüenza contarlo.
— ¿Por qué?

Suspiró.

—Es que se ha pensado tan mal de mí, sobre tu apellido y tu estatus social.
—Sabemos que no eres interesado y ambicioso, Grigorii. Cuenta.
—Sueño a mi hermana, vestida de novia… bajando las escaleras de tu mansión.

Bebí el café y tragué saliva. Simulando arquee una ceja y fingí sonreír.

—Bueno lo normal sería que bajara Scarlet y tú esperaras al pie de la escalera. Quizás no es exactamente como tu sueño.
—Claro… Lo pensé… Bueno –se puso de pie—, iré a descansar. Es una suerte que hayas visto la imágenes del asesino con guantes. Nadie hubiera imaginado que un pescador los llevaría puestos.
—Creo que fue premeditado. No fue una pelea como querrá demostrar.
—Supongo.
— ¿Fueron encontrados en su casa?
—Sí, bajo la alacena. Sin una orden de registro no lo hubiéramos descubierto.
—Me alegro. Yo también regreso a casa. Sebastien está que trina.

Sonrió.

—Lo imagino. No debe ser fácil para él que su esposa trabaje a estas horas de la madrugada.
—Sabe que no soy una maestra de escuela. Mi lugar es la morgue. De todas formas, cierto, no le gusta.
—Que tengas buen día y ve a descansar tú también.
—Seguro.
—Dale un beso a Anne de mi parte. Aunque Scarlet desea que se quede más tiempo tengo un bonito apartamento y tarde o temprano Anne debe tener su lugar propio.
—Claro que sí. Es que nos hemos encariñado con ella. Es muy dulce.
—Gracias. De verdad –extendió la mano mientras me ponía de pie—. Hasta pronto.
—Hasta pronto, Grigorii.

Cuando salí del hospital hacia la parada de taxis, la imagen de Anne vestida de novia rondaba mi cabeza. Si algo había de verdad en esa premonición no llegaba a entender como terminaría esa chica con tanto trauma, junto a un hombre. Sobre todo bajando la escalera de mi casa. Lo comentaría con mi marido. Lo que sí no mencionaría, era lo dicho por el mensajero de la muerte. Ni siquiera a Charles. Lograría hacerlos sentir nerviosos y preocupados. Ese malestar, lo guardaría sólo para mí.

Lenya.

A la noche regresé del hotel, después de haber liquidado los sueldos de las dos empresas de turismo que trabajan para nosotros.

La casa estaba en silencio. Encendí las luces de la sala y me disponía a subir la escalera cuando vi a Scarlet sentada en uno de los sofás. Me detuve y la miré con los brazos en jarro.

Estaba con las piernas cruzadas sobre el sofá, pensativa.

—¡Ey! ¿Ensayando una nueva forma de meditación?

Levantó la vista y sonrió.

Me acerqué después de servirme un coñac.

—¿Quieres uno?

Negó con la cabeza.

Cogí asiento junto a ella.

—¿En qué pensabas?
—En la vida.
—¡OH! Nada sencillo.
—No…

Bebí un trago y guardé silencio.

—¿Qué diría mi madre sobre Grigorii?
—¿Tu madre? Pues… No sé… Supongo que si a ti te gusta a ella le gustaría.

Su sonrisa se ensanchó con un dejo de descreimiento.

—No, ese hubiera sido nuestro padre. Mi madre… Creo que diría… ¡Scarlet, pondrás en peligro nuestra raza!

Reí.

Bebí otro trago…

—¿Y tú? ¿Y tú qué crees?

Encogió los hombros.

—No sé qué pensar. Estoy enamorada de él. Grigorii es perfecto. Inteligente, seductor, bello, maravilloso humano.
—¿Entonces? ¿Por qué dudas?
—Por su gran sentido de la moral y justicia. Él… No dejaría pasar nuestros crímenes.
—Asesinamos para alimentarnos. Si hubiera otra opción…
—¿Qué?
—No sé…Supongo que no mataríamos.
—¿En serio lo crees? Yo pienso… Que dentro de nuestros genes hay un impulso de cazar, no sólo para sobrevivir.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Maté a Samanta Vasiliev y por alimentarme.
—Fue un caso especial. Venganza.
—Sí, lo tengo muy claro. Por eso… Estoy convencida que nos falta mucho para parecernos a los humanos. Para Grigorii será inaceptable.
—¿Te darás por vencida?
—No, aún no. Sin embargo te aseguro que ya no soy la misma Scarlet inocente y atolondrada. El poco tiempo que ha transcurrido en la mansión, aunque no fue demasiado, ha servido para convertirme en otro ser.
—¿Y quisieras ser la otra Scarlet?

Lo pensó unos segundos.

—No. pero asesinar al macho que me engendró obligó a decidirme de qué lado estaba. Y no es sólo por el apellido, por el clan, o por la familia. Es como estar en una posición que no tiene grises. O es blanco o es negro. La decisión de una vida junto a Grigorii no la tengo yo, sino él. Sólo lo sabré cuando él conozca toda la verdad.
—No es momento de decírselo Scarlet. Es mi humilde opinión.
—No te preocupes. Pienso igual. Aunque, ¿qué podría cambiar de nuestra vida para que Grigorii nos acepte?

Mis ojos se elevaron al pasillo de arriba, donde a metros estaría Anne en la habitación.

Miré a Scarlet.

—No sé, uno nunca sabe. Deja que la vida te sorprenda.

Rio.

—¿Te imaginas en tu caso? ¿Tú y Drank conversando sobre el tiempo y la economía?

Arrugué la frente.

—Nooo.

Rio otra vez.

—O lo que sería mejor, Drank entregándote en brazos el bebé que parió Liz y felicitándote.
—¡Calla locaa!
—No sé –como dices tú—, uno nunca sabe. Deja que la vida te sorprenda.



NOTA: ELLA ERA OLGA....


















7 comentarios:

  1. Me encanta que salgan nuevos personajes y muy interesantes, creo que se vienen muchas cosas super intrigantes, gracias Lou por el capitulo.
    PD: están guapos los vampiros nuevos! 😊

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    1. ¡Hola Lau! Me alegro que te guste. Van a dar que hablar, y mucho. Los vampiros estás súper guapos. Te agradezco que te tomes el tiempo en comentar, me hace feliz.Muchas gracias. Besotes miles.

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  2. Uy me gusto mucho el nuevo capitulo y Boris a pesar de todo. Te mando un beso

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    1. ¡Hola Ju! Siii Boris es una caja de sorpresas. Espero que te atrape la historias de los iris púrpura. Te mando un beso grande y muchas gracias por estar siempre. Un abrazo fuerte desde Buenos Aires.

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  3. una Olga preciosa, como todas las demás,,,un muy buen capítulo, gracias amiga LOU,,,abrazos

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    1. ¡Hola Lobo! ¿Verdad que es bonita? Gracias por pasarte por aquí y leer, amigo. Un abrazo grande.

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  4. Estos nuevos personajes darán que hablar! me encantó el capi y que hermosa era Olga!

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