Saga para + 18

Iris púrpura es el cuarto libro de la saga Los Craig. Para comprender la historia y conocer los personajes es necesario partir de la lectura de Los ojos de Douglas Craig.

La saga es de género romántico paranormal. El blog contiene escenas de sexo y lenguaje adulto.

Si deseas comunicarte conmigo por dudas o pedido de archivos escribe a mi mail. Lou.


sábado, 4 de agosto de 2018

¡Hola chicos! Disculpen la demora. Al fin pude cumplir con el nuevo capi. Espero que les guste, "Nuevo rumbo".  Para varios será un paso más hacia el destino.
Les dejo un beso grande a todos los que me acompañan siempre y aguardan con paciencia. ¡Gracias!


Capítulo 58.
Nuevo rumbo.

Bianca.

Hacía varios días que había regresado a la mansión Craig, a mi casa. Parecía todo volver a los viejos tiempos aunque algunas cosas eran diferentes. Además de la adorable presencia de Nicolay, teníamos nuevos integrantes llenando los espacios de esta gran construcción que guardaba recelosa tantos hechos. El bebé de Sara y Rodion, Dyre, pasaba más horas del día despierto y regalaba sonidos guturales y sonrisas. Anouk Gólubev había llegado el día anterior para instalarse y conseguir su ansiado puesto de docente. Numa se quedaría unos meses para poder iniciar la carrera de Química. Por otra parte Liz avanzaba en su embarazo y festejaría su cumpleaños el próximo domingo. Por supuesto notaba la ausencia de Douglas. Me hubiera encantado que él y Marin vivieran entre estas añejas y entrañables paredes, pero los chicos habían decidido no cambiar de idea y continuar conviviendo fuera de lo que era el seno familiar, mudarse del hotel, construir su propio nido, y comenzar una nueva vida sin ninguna ayuda de Sebastien. Según Douglas era una forma de independizarse y ser responsable de tu propio futuro.

Estaba de acuerdo. Sin embargo, extrañaba su voz y hasta por qué no, su rebeldía.
También contábamos con la presencia de Ekaterina… Sí, imposible olvidarme de ella. A pesar que la errante evitaba enfrentarme, nadie ignoraba que ella y yo no nos teníamos una pizca de simpatía. No podría negar que era voluntariosa y ayudaba mucho en las tareas. Incluso a Sara con el bebé. Nicolay estaba feliz con su presencia y yo no sería quien pondría escollos en el camino del principito de los Craig.

Esta semana la casa estaba silenciosa. El niño convivía con sus padres adoptivos como habían acordado así que aproveché para dar rienda suelta a mi lívido cada vez que me encontraba con Sebastien a solas. Adoraba verlo sonreír de lado y mirarme de reojo cuando escuchaba la puerta del despacho cerrarse. También a la madrugada en constantes escapadas a la solitaria cocina o al garaje. Me sentía plena con él y él conmigo, aun así muchas veces, después de hacer el amor, terminábamos conversando sobre lo que había ocurrido entre nosotros. No para volver con reproches y regaños, sino para entender aquellos errores que no debíamos volver cometer.

La noche del jueves después de darme una ducha. Me vestí con una bata negra y descalza atravesé la sala. Solo un spot iluminaba tenue alrededor del piano. El silencio era tan profundo que hasta podía escuchar la respiración.

Cuando abrí la puerta del despacho vi a mi marido sentado en el escritorio. Escribía unos mails muy concentrado, pero al verme sus ojos me recorrieron de arriba abajo.
-Amo tu bata.

Sonreí y avancé hasta sentarme en sus rodillas. La taza de café sobre la mesa parecía haberse enfriado. Para convencerme probé un sorbo mientras él pulsaba “enviar” en el teclado.

-Cielos Sebastien, estás trabajando mucho. Ni siquiera te has dado tiempo de beber el café. Está horrible.

Una mueca sonriente iluminó su iris grisáceo.

-¿Horrible? ¿No era que te gustaba el café frío? ¿Recuerdas?

Reí recordando…

-Sí, pero debo confesarte que te he engañado cuando me conociste.
-¿En serio? Nunca lo hubiera imaginado.
-Mentiroso. Sabías el estado de nervios que me provocaba tu sola presencia. Di la verdad –pasé mis brazos alrededor de su cuello.

Él me miró a los ojos divertido.

-Bueno… Sospechaba que te gustaba.
-¿El café? –alcé la barbilla y sonreí.

Negó con la cabeza sin abandonar la mirada cómplice.

-Yo.
-¡Qué vergüenza! Habrás creído que era una mujer desesperada.
-Lo sigo creyendo, mi amor.
-¡Tonto! –reí-. ¿En qué te basas para tamaña afirmación?
-Te voy a demostrar tu resistencia ahora mismo –me atrajo y me besó con pasión.

No pude memorizar como fue aquel primer beso. Sin embargo amaba recordar el anterior a este momento. Quizás porque la memoria estaba fresca, o porque ya no sufría esos nervios y ansiedad de las primeras veces. Todos los besos son diferentes. Creo que eso es lo que los hace mágicos.

Unos golpes en la puerta interrumpieron lo que podía haber sido una buena noche de amor.
Me puse de pie y cerré la bata. Sebastien dio permiso para que el desagradable inoportuno pasara. Es decir… inoportuna.

-Permiso.
-Ekaterina, pensé que habías ido a cazar con Ron.
-No quiso esperarme.
-Ron es encantador, no creo que haya sido a propósito –interrumpí indignada.
-Ekaterina, ¿qué necesitas?
-Quería preguntar si habría inconveniente en ayudar a Sara con su bebé.
-¿Qué dices? –Interrumpí otra vez-. Pero si ya la ayudas.
-Bianca…
-¿Es que no ves que solo quería molestar?
-No es así –contestó.
-¡Sí es así! Te enfurece que Sebastien y yo estemos juntos. No puedes soportar que nos llevemos bien.
-No es cierto.
-Bianca, por favor. Ekaterina… Si Sara está de acuerdo no tengo inconveniente.
-Gracias. Permiso –se retiró en silencio.

Me crucé de brazos y miré a mi marido.

-Sé qué crees que exagero pero no.
-No soy tonto, Bianca. Me doy cuenta. Sin embargo no entremos en su juego. Vamos cariño, cerraré el correo y subiremos a la alcoba.
-Está bien…

Asgard Nilsen.

El transcurso de la semana había sido penoso para mí. El martes, después de corroborar en mi despacho que la cuenta de la caja de ahorro del menor John Dietrich estaba en condiciones, firmé el asentimiento y cerré la carpeta. Había estudiado minuciosamente los movimientos de su saldo. El niño había recibido una herencia de un tío y sus padres divorciados se disputaban la administración. La madre de John solicitaba el retiro de una suma importante para viajar a Disney Wold alegando que deseaba que conociera la ciudad de los niños. Podría ser la excusa perfecta para incurrir en un gasto a beneficio propio, por lo tanto exigí la reserva de ambos pasajes. Efectivamente dentro del expediente tenía el permiso de su padre para salir del país y las copias de lo solicitado, por lo tanto no tenía objeción para la extracción de la importante suma.

El miércoles fue un día agitado en el juzgado. Marie Triny, la adolescente cuya tenencia tenían sus padres, había desaparecido de su hogar. El caso fue derivado al foro penal, ya que se sospechaba que estaba escondida en la casa de sus abuelos maternos. Terminé muy tarde ese día, aunque logré convencer a los abuelos que lo mejor era ir por la vía legal y demostrar las acusaciones. Que por cierto eran graves, maltrato y explotación infantil. De todas formas conseguí que el juez Oswell dejara a Marie Triny al cuidado provisorio de sus abuelos.

Hoy, jueves, podía decirse que había transcurrido sin peleas ni gritos en la sala. Un abogado y un cliente parecían no ponerse de acuerdo sobre los honorarios, a pesar de ello hablaron en tono bajo y guardando compostura.

Me puse de pie en cuanto miré la hora. Si no me apresuraba las puertas del cementerio cerrarían y no podría llevarle flores a mi hijo. Compraría un ramo para la tumba de Hermansen. Lo extrañaba, había sido un excelente juez a lo largo de toda su carrera. También para Oliversen, el chico que se había suicidado ante mis ojos. Aún recordaba su mirada introvertida y su cabello sin peinar.

Ordené como pude el escritorio, apagué la notebook, y cogí mi chaqueta. Al salir eché un vistazo a la pequeña oficina donde trabaja Mirna. La puerta entreabierta inspiró curiosidad y me acerqué para saludarla. Desde aquella noche que habíamos pasado juntos no habíamos repetido una cita. No era que estaba enamorado ni mucho menos, pero creía que a ambos nos hacía bien compartir la soledad.

Mirna no estaba en su escritorio y el perchero lucía vacío. Al girar para retirarme del recinto, Raquel, una de las jóvenes secretarias del juez Fried Schneider me sorprendió.

-Ah Nilsen, ¿cómo le va?
-Bien, ¿y usted?
-Muy bien. Sobre todo ahora que lo veo. ¿Busca a Mirna?
-Sí, tenía que dejarle unas indicaciones pero no veo su bolso y abrigo en el perchero. ¿No vino?
-No, Mirna pidió unos días por enfermedad. Según ella, una gripe. Pero si quiere puede dejarme las indicaciones a mí. Con gusto haré su trabajo.

Sí, claro… Trepadora. Pensé.

No sabría cómo iba a realizar la tarea eficiente de una verdadera secretaria de juzgado si solo tenía una vasta experiencia en como acostarse con jueces viejos y potentados.

-Le agradezco Sra Aiehg, tengo tiempo. Esperaré a que se integre…
-Puede llamarme Raquel –interrumpió sonriente.
-Prefiero guardar las formas.
-Sin embargo –hizo una pausa mientras estudiaba mi abdomen y brazos con total desparpajo-, a ella la llama por su nombre.
-Mirna y yo nos conocemos hace mucho tiempo Sra Aiehg, amerita que la llame por su nombre. Que tenga buenas tardes.
-Buenas tardes.

Cuando di la espalda y me alejé, supe que sus ojos se habrían clavado en mi culo y espalda. Indignado salí a la calle. No entendía como algunas mujeres podían venderse al mejor postor. Ellas, que eran las diosas de la tierra. Lo mejor que había hecho “el Creador”, en este bendito mundo. Sin embargo, al parecer la dignidad para algunas no era prioridad en la escala de valores.

Bajé al estacionamiento y subí a mi coche. Antes de dar arranque me pareció ver a los Holt bajar de un Ford azul. Aguardé inquieto. De solo verlos me revolvió el estómago. ¿Qué hacían aquí si Hermansen había anulado la adopción del pequeño Elvis? Un negro presentimiento azotó mi corazón. Pero no, Schneider no podía ser tan hijo de puta. Quizás debían firmar alguna documentación.

Durante el viaje encendí la radio para escuchar las noticias. Nada sorprendente. Un narco traficante había sido asesinado por la policía de Oslo en un intento de fuga. Las temperaturas este verano según el centro meteorológico no serían tan altas. Después, una noticia sobre la desaparición hace un tiempo de cazadores de un ballenero en el Mar de Barents. Cambié el dial y la música de los Rolling Stone deleitó mis oídos. Recordé mi juventud entre discotecas bailables y libros de abogacía. En esos tiempos salía con muchas chicas, bonitas, feas, ricas, pobres, daba igual. Siempre que fueran inteligentes y tuvieran sentimientos de amor y compasión hacia los animales. ¿Es que quién no sería capaz de llenarse el alma de felicidad cuidando y amando a una mascota? Fuera perro, gato, hasta un hámster. Bueno… Mi exmujer por ejemplo. Sí, lo sé… Me había quedado con lo peor. Hay personas que logran engañarte con habilidad. Fried también debía ser uno que odiaría los animales. Daba el perfil perfectamente.

Frené ante la luz roja del semáforo. Aproveché y cogí el móvil de mi bolsillo. Llamé a Mirna. Necesitaba saber sobre su salud. Era lo que haría cualquier caballero. Después de todo me sentía culpable de no corresponder de la misma forma a ese sentimiento de amor que en ella sospechaba.

Tardó en responder, pero al fin lo hizo.  Me contó que tenía fiebre y dolor de garganta pero que suponía que para mañana se encontraría mucho mejor. Le dije que dejaríamos la invitación para cenar, la próxima semana. Agregué un “cuídate mucho” y corté.

En la puerta del cementerio me detuve a comprar los tres ramos de claveles blancos. Saludé a Charles, el guardia, y pregunté el sector donde descansaría Hermansen. Avancé a paso lento por el sendero angosto y empedrado. Me lo conocía de memoria. No solo por haberlo transitado desde hacía ya siete años, sino porque mis ojos eran lo único que miraban tras mis pasos. Cada piedra agrietada, cada hierba que crecía entre los espacios de baldosas rústicas. Ni siquiera me detenía a curiosear a los distintos familiares y amigos que estaban aquí por lo mismo. Solo deseaba llegar hasta la tumba de mi hijo y completar la rutina. Limpiar su lápida, ponerle flores, y hablar con él como si me escuchara. Ah, sí… También pedirle perdón. Aunque el trabajo de mi psicólogo había sido brillante, tanto es así que las aseveraciones de, “fue un accidente”, “tú hiciste todo lo posible”, etc., cavaron hondo en mi cerebro logrando arraigarse. Aún algún vestigio de culpa merodeaba en mi alma. Porque no es lo mismo lo que siente tu alma que lo piensa tu cerebro. A pesar que la ciencia nunca estuviera de acuerdo.

Cuando llegué a ese sitio sagrado, a esa porción de tierra que acunaba al ser que había amado más en este mundo, me detuve a contemplar su foto. No solo reflejaba sus cortos cuatro años sino la alegría a través de su sonrisa. Él nunca estaba de mal humor. Tragué saliva y contuve la angustia. Los días pasan, los meses, los años, sin embargo siempre sigue siendo difícil. Por un lado entender que no regresará, por otro pensar que de aquel niño que jugaba y reía no quedaba nada. Recordé aquél atardecer de verano. Hacía pocos meses que Ricky nos había dejado. Pasaba todos los fines de semana recostado aquí, sin moverme, sin deseos de regresar a casa y abandonarlo. Pero esa tarde, por el camino de piedra, una pareja junto a un sacerdote caminaban hacia la puerta de entrada. El religioso se detuvo y me miró. Se acercó y contempló apenado aquel cuadro de un padre desesperado. Puso la mano en mi hombro y dijo, “no pienses que tu hijo está aquí, él se encuentra en un lugar mejor”. Yo era creyente pero no acérrimo practicante, sin embargo aquella tarde cuando me fui pensé sobre lo dicho por aquél hombre de fe. Quizás opté por creerle porque no era lo mejor para mí, sino para Ricky.

Después de visitar la tumba de Hermansen y poner los claveles en esos bellos floreros de bronce, hice lo mismo en la sepultura de Oliversen. Claro que allí no había floreros costosos, pero era lo que había podido pagar de mi bolsillo para darle un lugar digno.

El sol dormía en el horizonte cuando me dirigí a casa. Mañana tendría un juicio de filiación y otro sobre tenencia. Debía poner todo mi conocimiento y vocación como siempre. Por la tarde tendría que recibir a un jardinero ya que el comienzo del próximo verano se acercaba y deseaba renovar las especies y recortar el césped. También llevar a Dalila a vacunar.

Durante el viaje volví a encender la radio. Era más que necesario escuchar un poco de música. Porque durante varias horas, el silencio del cementerio parece seguirte a todas partes.

………………………………………………………………………………………………..

Al fin llegó el viernes. Mirna había vuelto al trabajo aunque se la veía pálida y ojerosa. Me acerqué y di un beso en la frente. Sonrió y guiñó un ojo.

-¿Cómo te sientes?
-Mejor, gracias.
-¿La serpiente? –pregunté por lo bajo.
-Estará en su despacho. Hoy he llegado un poco tarde. No lo vi.

En ese instante, las puertas de la salamanca donde se encontraría el demonio vestido de toga negra, se abrieron.

Al ver salir una pareja con un niño, Mirna y yo quedamos impactados.

Sin pensar dos segundos en mi reacción avancé hasta ellos.

-¿Qué hacen aquí? ¿Por qué Elvis está con ustedes?

Ella me miró sonriendo perversa.

-¿Por qué va a ser, Defensor? Porque es nuestro hijo.
-¡No es verdad! La adopción de ustedes fue revocada.
-¡Qué atrasado está en noticias, Defensor! –Contestó Holt-. El juez Schneider ha enmendado ese terrible error.
-No puede ser.
-Sí, puede ser. De hecho lo es.

Él se dirigió a Mirna con un papel extendido. Su esposa lo siguió no sin antes sonreírme con burla.

Los seguí hasta el escritorio donde Mirna me miraba asombrada.

-¡Dinero! ¿No es así? ¡Le dio dinero a ese maldito juez!
-Por favor, señorita. Debe sellar en la parte inferior, así dijo “Su Señoría”.

Vi la desesperación de Mirna en sus ojos. Su mano temblorosa tanteó el sello. Eché una mirada a Elvis. Estaba pálido, recostado a la pared, inmóvil. Su rostro reflejaba el terror y la decepción del abandono por parte de la justicia.

Hice una seña a Mirna y me alejé cuidadosamente mientras ellos buscaban sus identificaciones personales. Me acerqué a Elvis buscando un papel en mis bolsillos y quité la lapicera de uno de ellos. Escribí lo más rápido que pude. Me incliné cerca del oído del niño.

-Elvis, coge este papel. Por favor no lo pierdas, si puedes lo memorizas. Es mi número de teléfono. Escucha… Sea la hora que sea, si necesitas ayuda, me llamas. ¿Entiendes? No te dejaré solo.

El niño asintió y guardó el papel en su bolsillo.

Tuve que soportar que esa gente cruel y sin alma, arrastrara de la mano a Elvis. Cuando la puerta se cerró tras esas sonrisas triunfadoras, mi corazón aún latía por la indignación. Sentí la retina de mis ojos dilatarse de furia. Juro que la sentí. Mis puños se cerraron y comencé a transpirar. Mirna se puso de pie asustada. La vista se desvió desde ese rostro demacrado hasta las pesadas puertas de roble…

Di cuatro o cinco zancadas y de un golpe la abrí. Las dos hojas golpearon contra las paredes. Y entré… al infierno.

El maldito estaba de pie contando numerosos billetes. En cuanto me vio se sobresaltó,se sentó, y guardó el motín en el cajón.

-¡Tú, maldito hijo de puta!
-Nilsen, ¿qué hace entrando así en mi despacho? ¿Se ha vuelto loco?
-¿Qué si me he vuelto loco? ¡Seguro qué sí!

Del lado opuesto del escritorio lo cogí de la solapa y lo forcé a ponerse de pie. En segundos, su arqueada espalda dio contra una de las paredes.

-¡Váy…váyase! –balbuceó-. O llamaré a seguridad. ¡Lo despedirán!
-¡Voy a decirle dos cosas ser inmundo, lacra humana! –Lo sacudí por el cuello-. La primera, no me echarán porque me iré por mi voluntad. ¡Métase mi cargo en el culo! La segunda, ¡no descansaré hasta ponerlo en evidencia ante el más alto Tribunal! Y olvidaba –me pegué a su nariz-. Si le llega a pasar algo a Elvis, juro que lo mato, así termine entre rejas.

Lo liberé de un empujón y trastabilló masajeando su cuello.

-Eres un infeliz, Nilsen. Un pobre diablo que no pudo salvar ni a su propio hijo.

Volví a abalanzarme sobre él y le propiné una trompada. Lo hubiera matado, quizás… no lo sé… Mirna se interpuso y me rogó que lo dejara.

-¡Señorita! Haga la liquidación de este loco ya mismo. No lo quiero ver más en el juzgado.

Mirna lo miró…

-¡Qué hace ahí parada como idiota!

Ella se acercó al escritorio y cogió varios expedientes mientras yo recuperaba el aliento por tanta furia contenida.

Con un solo movimiento lanzó las carpetas en el rostro del juez. Decenas de papeles volaron por el despacho.

-¿Qué hace incompetente?

-Yo también me voy, basura. ¡Y los papeles, cójalos usted!

………………………………………………………………………………………………

Acompañé a Mirna hasta su casa. Me preocupaba su situación aunque ella aseguró que tenía contactos suficientes para conseguir otro puesto de trabajo. En cuanto a mí, la situación era muy diferente. Era un Defensor de Menores, el cargo era público y estatal. No podría volver ni lo deseaba. Quizás podría ayudar a niños desde otro sector. Por el contrario no me olvidaría y estaría pendiente de la llamada de Elvis Holt.

A la noche, después de ducharme me puse el pijama y encendí el televisor. No tenía apetito y mucho menos ganas de prepararme algo de comer. Tantee el móvil sobre la mesa baja de living. Dalila estaba echada a los pies del sofá y se levantó estirando el hocico para curiosear.

-Tranquila, no llamaré a Mirna, hoy estoy exclusivo para ti –sonreí-. Llamaré a mamá.

Ladró dos veces y movió la cola.

-Sí, lo sé. Sé que la amas.

Hablé con mi madre aproximadamente quince minutos. Ella vivía en un pueblo de la India. Se dedicaba a tirar el Tarot y vender objetos artesanales. Una vida bastante sencilla a pesar de contar con una jubilación suculenta. Mi padre había fallecido hacía quince años y ella decidió alejarse de todo lo que le recordara a él. Menos de mí. Mamá solía viajar cada dos años para verme, se quedaba en casa alrededor de un mes y después regresaba a la India. Después que falleció Ricky, las visitas se hicieron más frecuentes. No quería dejarme tan solo y a la vez no deseaba regresar a Noruega. Por lo tanto contaba con su presencia cada tres meses.

Cuando por fin la convencí que estaba alimentándome bien y mi trabajo iba sobre ruedas, esto último haciendo un esfuerzo por mentirle, me prometió que pronto me haría una visita. Por supuesto era obvio que preguntaría si estaba solo o había encontrado a alguien especial. Sobre ese tema preferí no faltar a la verdad. No estaba enamorado ni creía que lo estaría en mucho tiempo. Sinceramente mi vida social era casi nula. “No dejes de pasear por el parque a Dalila”, dijo entre risas. Imaginé que para ella el milagro de encontrar el amor como la pareja de “101 dálmata” era posible en su mundo. Donde todo sucede por algo en el momento justo.

A la media noche apagué las luces de la sala y el televisor. Avancé hasta mi habitación y sin querer me detuve en aquella puerta que permanecía cerrada hace mucho tiempo. Siete años para ser exactos. La palma de mi mano se apoyó suavemente en la madera. Del otro lado, silencio. Ni un solo sonido que diera indicios del más mínimo movimiento. La habitación de Ricky había sido cerrada con llave después de aquél hecho fatídico. Sabía que cada cosa, cada objeto había quedado intacto. Como suspendido en el tiempo. Como si él algún día pudiera regresar. Pero yo no estaba loco. Conocía que jamás volvería a verlo dormir en su cama ni jugar con sus juguetes. Sin embargo tampoco tenía la suficiente valentía para enfrentarme a todas sus pertenencias.

Me retiré a mi alcoba y antes de caer rendido en los brazos de Morfeo, pensé si sería tiempo de vender esta casa tan grande y partir de estos rincones que me ataban día a día a la angustia y a la desolación.

Sara.

La mañana había amanecido muy gris. Para nosotros los vampiros era maravilloso poder pasearse por la ciudad sin tener que aplicarse el espeso bloqueador solar. Aproveché a llevar en cochecito a Dyre y de paso comprarle algo de ropa para el próximo verano. Rodion estaría en Rusia por un par de semanas debido a la flamante adquisición, regalo de Lenya. Aunque el hijo menor de Adrien Craig insistía que la lujosa mueblería no era un regalo sino una propiedad que había regresado a manos de su dueño. En eso estaba totalmente de acuerdo. No había nadie más en este mundo que merecía ser propietario de esa herencia.

Ron  nos alcanzó con el coche de Charles y nos dejó en el centro de Kirkenes. También nos acompañó Ekaterina. Según ella Sebastien había dado autorización para que pudiera darme una mano con el bebé. No tenía mucho de qué hablar con la ermitaña tía de Nicolay, además que era de público conocimiento que no se llevaba bien con nuestra querida Bianca, pero debo decir que se notaba el cariño por los niños. Dyre le sonreía a menudo y ella se sabía manejar muy bien en cada caso. Hasta supo como acomodar al bebé en el cochecito cuando él pareció molesto en la posición.

-Sabes mucho de bebés –dije mientras me detenía en la puerta de una tienda.
-Ayudé a criar a Nicolay, además me gustan los niños.
-Se nota. ¿Nunca quisiste tener los tuyos? Digo, ¿no te has enamorado y querido formar una familia?
-No –rio-. Los machos no quieren compromiso.
-Pero… Lenya, Rodion, Sebastien, no sé… No todos los machos viven de juerga.
-En mi mundo sí.

Me detuve a pensar en la vida de los errantes. Un poco aquí, un poco allá… Ekaterina habría conocido muchos de nuestra raza pero era evidente que en el medio donde se movía eran más salvajes llevados solo por el instinto. Quizás por ello, Olga se había enamorado perdidamente de alguien tan diferente como lo era Sebastien.

-Mira, me gusta esa camiseta con ositos. ¿Crees que será liviana para junio?

Se acercó a la vidriera y la observó.

-Es muy bonita, aunque quizás convenga sin mangas. Los bebés sufren mucho el calor en verano.
-Tienes razón.

A medida que la amable vendedora me mostraba modelos de enteritos de algodón, observaba a Ekaterina con mucho disimulo. Ella permanecía junto al cochecito con ese porte firme y erguido similar a una institutriz inglesa. Por supuesto, ella era rusa y de instruida no creía que tuviera mucha formación. Sin embargo me daba la sensación de que Dyre estaba en buenas manos. Quizás era su mirada aguda no perdiendo detalle de alrededor. Imaginé que no sería fácil quitarle un niño y no me refería a un débil humano, sino a cualquiera de nuestra poderosa raza. Sin embargo, alguien había logrado no quitarle a Nicolay pero sí robar parte de su cariño y atención. Bianca…

Sentí pena por Ekaterina. No me pregunten el porqué. Quizás por verla tan sola, cargando con la desaparición de su querida hermana, o por sentirla perdida, sin un proyecto a futuro. Esos que nos dan fuerza y alegría para vivir. Quizás, como decía Rodion, era mi forma de ser y esa compasión por otros seres que me acompañaba desde niña. Él decía que además de mi belleza, lo que había cautivado su corazón era mi sensibilidad. La misma que había hecho que Dyre siguiera creciendo en mi vientre aunque hubiera tenido que enfrentar sola la maternidad.

Después de pagar las prendas para mi niño, invité a Ekaterina a beber café en un pub muy coqueto que quedaba en la calle principal.

Antes de entrar acomodó su ya impecable peinado y volvió a ajustar su chaqueta de paño azul.

Sonreí.

-Eres muy estructurada, relájate. No irás a una entrevista de trabajo. Ven, sentémonos por aquí –señalé una mesa cerca de una de las ventanas.

Pedí dos cafés y que entibiaran la leche de Dyre. Ya comenzaba a tener hambre.

De pronto, una voz alegre y juvenil nos sorprendió.

-¡Hola Dyre! ¡Sara, qué sorpresa!

Era Marin. Se inclinó junto al cochecito y sonrió.

-¡Hola Marin! ¿Qué haces por aquí?
-Fuimos con Douglas a la Universidad. Me anoté para Carrera de Enfermería. ¡Estoy feliz!
-¡Qué bien! Andarás con libros bajo el brazo como Rose –sonreí.
-Sí. Ahora íbamos a beber algo en este pub, es muy acogedor.
-Cierto. ¿Y Douglas?
-Fue a buscar lugar para estacionar la moto. No permiten en la acera.
-Entiendo. ¿A Ekaterina ya la conoces?
-Oh sí, buenos días. Disculpa, Dyre llevó toda mi atención. ¡Qué grande está!
-¿Has visto?
-Buenos días –contestó con timidez.
-¿Quieren beber algo con nosotras? –pregunté.

En ese instante Douglas hizo su aparición. Con un “buenos días” de protocolo más que de cordialidad, miró a Marin.

-Vamos, cariño.
-¿No nos quedaremos a beber algo?
-No aquí –fue la respuesta cortante.

Sus ojos parecían de un dorado pálido y el rictus de pocos amigos confirmó que no se quedaría ni un segundo cerca de Ekaterina. Lo imaginaba.

-Te espero en la puerta –agregó-. Que tengas buen día Sara.

Marin también captó el incómodo momento así que saludó rápidamente y abandonó el lugar.

Nos quedamos en silencio hasta que el mozo trajo el pedido.

-¿Algo más querrían, señoras?
-No, gracias.

Ekaterina puso azúcar a su café y yo acerqué el biberón a la boca de Dyre. Él se prendió ansioso y sus pequeños ojitos brillaron de satisfacción.

-Tenía hambre –sonreí.
-Sí, parece.
-No debes preocuparte por la reacción de Douglas. Entiende que adora a Bianca, tú sabes…
-Sí, entiendo.
-Bebamos el café. Llamaré a Rodion para contarle de las compras.

Rodion quedó fascinado cuando detallé las compras para el bebé. Contó que nos extrañaba y deseaba regresar cuanto antes a la mansión. También preguntó por Lenya y Liz y aseguró que había elegido unos bonitos regalos para Dyre y su futuro nieto.

Cuando corté, Ekaterina había terminado su café y observaba la calle con una expresión triste y abatida. Sus delgadas y blancas manos descansaban cruzadas sobre el mantel. La vista de un claro púrpura parecía perderse entre los transeúntes que caminaban por la calle. Era delgada. Sin embargo podía adivinarse sus buenas curvas femeninas bajo la blusa entallada.

-¿Qué piensas? –me animé a preguntar.

Ella me miró confundida. Como si regresara de un sueño.

-Perdón.
-No me pidas perdón –sonreí-, solo que soy muy curiosa.
-Ah pues… pensaba en los Montes Komi, en Siberia. Crecí allí. Viví en esas montañas rodeada de nieve hasta que Olga falleció. Hay leyendas muy bonitas sobre el lugar. A Nicolay le encanta escucharlas. Como la leyenda de los siete gigantes.
-Nunca la escuché.
-Se trata de siete rocas verticales muy altas. La leyenda Mansi, dice que un chamán encantó a unos gigantes que pretendían cruzar los Montes Urales. Pero se dice que el hechizo lo envolvió a él. Por eso una de las rocas está separada del resto.
-¡Qué linda leyenda!
-Sí, Siberia es un lugar mágico. A pesar que los errantes no pertenecemos a un lugar específico. Los Sherpa siempre fueron quienes dominaron el lugar.
-Sebastien está preocupado. Dice que no hay noticias de ellos.
-Siberia es muy grande. No creo que hayan desaparecido y menos que hayan emigrado. Es una tierra en la que no deseas partir jamás. Salvo por alguna razón importante. Como yo, por Nicolay. De todas formas llevo a esa tierra en mi corazón.
-Entiendo. El desarraigo es fatal. Ánimo, quizás encuentres una pareja y puedas regresar.
-No creo que encuentre a nadie que me quiera.
-¿Por qué no? Eres muy bonita y no eres ninguna tonta.

Sus ojos volvieron a perderse tras el cristal.

-¿Nunca te has enamorado?
-No… ¿No te molestaría si te acompaño hasta que cojas un taxi? Me gustaría ver a Brander y Boris.
-Por supuesto, no te preocupes. De paso estarás con Nicolay.
-Sí.
-Vamos, dudo que no tarde en llover.
-Es verdad.
-Puedo acercarte con el coche de alquiler.
-No te preocupes. No queda lejos. Serán cinco manzanas.
-Muy bien, entonces vamos.

Caminamos en silencio por la acera, sintiendo en el aire un ligero aroma a tierra mojada. Con seguridad estaría lloviendo en alguna zona alejada del centro. Ekaterina empujaba el cochecito. Dyre se había dormido.

-Coge un taxi para regresar a la mansión. La lluvia no tardará en caer.
-Quizás me quede a dormir.
-Entonces, recuerda avisar.

Se detuvo y acomodó la manta celeste sobre Dyre.

-¿A quién le puede preocupar?
-Todos en la mansión nos preocupamos por todos.
-Pero no soy familia.
-Eres la tía de Nicolay. Es más, te pasaré mi número de móvil.
-No tengo móvil.
-Debes comprarte uno. Es necesario.
-Lo haré un día de estos.
-¿Tus amigos tienen móvil?
-Sí, Brander tiene. Recuerdo su número.
-Perfecto, dímelo, tengo buena memoria.

Ekaterina.

Llegué hasta la puerta de la nueva casa de mis queridos amigos. Toqué tres veces. Desde el interior predominaba el silencio. Tuve temor de no encontrar a nadie. Quizás habían salido a pasear con Nicolay. ¿Y qué haría yo tan sola? Me sentaría en el umbral a esperarlos. Solo deseaba que la lluvia que amenazaba no fuera torrencial. El alero no era suficientemente ancho para guarecerme. Aunque después de todo, ¿no corríamos bajo la lluvia junto a Olga cuando nos sorprendía en la montaña? Sí, nos encantaba. Pero ya no vivía en la montaña, y ella ya nunca más regresaría.

La puerta se abrió y me quedé mirando a Brander que de inmediato sonrió.

-¡Hola! ¡Qué grata sorpresa! Ven, justo íbamos a jugar un videojuego con Nicolay. ¿Quieres ver cómo lo hago perder?

Reí.

-No sé porqué te gusta pelearlo. Pareces un niño como él.
-Es divertido hacerlo enojar. No le gusta perder.

Seguí sus pasos a través de la pequeña sala.

-Eso lo sé. Aunque debe aprender que no siempre ganamos en la vida.

Se giró y me miró sorprendido.

-¿Tú estás bien?
-Sí. Salí de compras con Sara. Buscamos ropa para el bebé. Se llama Dyre.
-¿Sara?
-Es la esposa de Rodion. Rodion es como el padre de Lenya. El que lo crió.
-Ah… Okay.

Nicolay salió de la habitación.

-¡Hola, tía!
-¡Hola, cariño!

Me incliné y di un beso en la mejilla. Él me rodeó con sus brazos.

-Íbamos a jugar con Brander. Ya comí toda la comida –salió corriendo a su habitación.
-¡Qué bien! Entonces, prepararé café. ¿Y Boris?
-Trabajando.
-¿Está yéndole bien?
-Parece que sí. Al menos no ha almorzado a nadie.
-¡Qué tonto! ¿Tu estudio?
-Bien, hoy no tuve clases pero mañana tendré jornada completa. Boris pensó que esta noche podíamos llevar a Nicolay a la mansión. No puede quedar solo.
-Por supuesto.
-Salvo que quieras quedarte aquí, con él.
-No lo creo conveniente. No me he sentido bien, últimamente.

Una sombra de temor cubrió sus ojos. Temor que comprendí al instante.

No te preocupes, no pienso hacer nada contraproducente.

-Okay.

Avanzó hasta la habitación del niño pero se detuvo en la puerta.

-Nicolay, voy a beber café con Ekaterina. ¿Podríamos jugar luego?
-¡Claro!

Sonrió y se dirigió a la cocina. Lo seguí.

-Prepararé el café.
-Un taza pequeña, ya he bebido café con Sara.

Antes de sentarme colgué mi chaqueta en el respaldo. Brander buscó la lata de café y los filtros.

-Has hecho amistad con esa tal Sara. Me alegro.
-Parece muy buena.

Puso agua en la cafetera y me miró.

-¿Y con Bianca como van las cosas?
-Me odia. En realidad hay varios que sienten lo mismo en la mansión.
-Tranquila, deja pasar el tiempo. Deben conocerte mejor.
-No sé qué cambiará.
-¿Por qué dices eso? Eres agradable, buena chica.
-Brander, eres un amigo. El único que me dice esas cosas.

Dio la espalda a la cafetera enfrentándome y se cruzó de brazos.

-Tú sabes que es porque quieres demostrar al resto algo que no eres. No sé porqué te boicoteas así. Puedes ser simpática si te lo propones. ¿No te gusta tener nuevos amigos?
-No los necesito.
-Todo el mundo necesita amigos.
-Tú tienes solo a Boris.
-¡Claro qué no! Te tengo a ti.
-Y yo a ti.
-Hablo de tener otros amigos. En mi caso Iván Gólubev es un buen amigo. Es cierto que no nos vemos a menudo. Pero desde que viví con los Gólubev quedó una linda amistad. Sé que estaría si lo necesito.

Bajé la vista al tiempo que la cafetera emitía un silbido.

-¿Todavía te duele lo de Iván? -Preguntó.
-No, lo olvidé muy pronto.
-Te has puesto triste, te conozco.
-No es por él. Lo nuestro fue sexual y efímero.
-Para él. ¿Y para ti?
-Al principio creí que no, después me di cuenta que era admiración. Él sabe tantas cosas, es tan inteligente, distinguido. Huele muy bien. Pero supe de inmediato que no era para mí. Nunca sería para mí un Gólubev.
-Son muy agradables.
-Sí, pero jamás estaría a su altura. Soy ignorante y no sé relacionarme tan bien con los humanos como ellos. Creo que a Sasha le hubiera dado un ataque de pensar que su hijo mayor se emparejaría con una errante.

Cogió dos tazas y las puso sobre la mesa.

-Y sigues tirándote abajo. Como si fueras cualquier trasto viejo.

Volcó café en mi taza.

-Suficiente, gracias.

Después de servirse se sentó frente a mí.

-¿Azúcar?
-No, me gusta amargo… El hijo de Sebastien me detesta.

Levantó la vista y me miró.

-¿Cuál de los dos?
-Douglas.
-¿Quieres que hable con él?
-No, por favor. Me dijiste que eras mi amigo así que solo estoy contándote la situación.
-¿Por qué no te vienes a vivir con nosotros?
-No hay suficiente lugar.
-Dormirías con Nicolay.
-No, el niño necesita su espacio… ¿Sebastien tuvo dos hijos con la loba?
-No, Numa… creo, se llama así. Es adoptado. Fue convertido por Sebastien como yo.
-Ah… ¿Entonces vive hace poco con los Craig?
-Según Ivan desde pequeño. Lo recogieron de la calle o algo así.
-¿No tenía padres?
-Tanto no sé. Sabes que los Gólubev no son propensos al chismerío.
-Debe tener dieciocho años. Parece muy joven.
-No sé exactamente. No lo he visto en persona.
-Yo sí… Casi desnudo.

Se atragantó con el café.

-¿Qué dices? –rio.
-Fue una situación embarazosa. Largo de explicar.
-Soy todo oídos.

La puerta de calle se escuchó y la voz de Boris retumbó en la casa.

-¡Hola! ¡Huelo a café!
-¡Estamos en la cocina, amor! –Se acercó a mi rostro-. Tú no te irás sin contarme esa anécdota.
-No tiene importancia –hablé bajo-. Es un niño mimado y altanero. Como todos los Craig.
-Si tiene dieciocho no es tan niño. Y no sabemos si tiene esa edad.
-¡Hola, Ekaterina!

Boris entró a la cocina y lanzó la chaqueta en el respaldo de la silla.

-¡Hola Boris! ¿Cómo te fue?
-Bien. Para ser los primeros días no puedo quejarme.
-Oye Boris, ¿quieres colgar la chaqueta en el ropero?

Boris bufó y sonreí.

-Ya voy. ¿Hay café?
-Recién hecho pero antes lávate las manos.
-¿No estás un poco insoportable?
-No. Nicolay aprende de los ejemplos así que sé bueno y compórtate.
-¿Dónde está mi príncipe?
-En su habitación.
-Iré a saludarlo.
-¡Y cuelga la chaqueta!
-¡Qué fastidio! Ekaterina, ¿no quieres llevártelo a la mansión?
-No sabrías vivir sin mí.
-¡Prueba!

Reímos.

Permanecí toda la tarde con Boris y Brander. Hablamos de muchas cosas. Incluso me enseñaron unos folletos del nuevo colegio de Nicolay. Me sentí cómoda y sinceramente no hubiera querido irme de allí. Pero la lluvia parecía no cesar así que cerca del atardecer tormentoso regresé a la mansión de los Craig.

NOTA:

LOS SIETE GIGANTES.


























7 comentarios:

  1. Bastante cabroncete el juez Schneider. Tampoco trabajaría con este elemento, le llegará su San Martín como a cada cerdo. Insisto en que Ekaterina le robará el corazón a Numa. Será Douglas quien más se oponga? No, habrá más opositores.
    Bso

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    1. ¡Hola Ignacio! Gracias por el comentario.
      Ese juez tendrá su merecido, creo que debemos esperar. Todo llega.
      Ekaterina, Numa, son muy diferentes, o quizás no, ¿verdad? Supongo que Iris púrpura no nos rebelará el secreto. Habrá que esperar el próximo libro. Será muy pronto y espero que te guste.Muchas gracias por acompañarme en mi loca imaginación. Un abrazo grande y buena semana!!

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  2. Bianca y Sebastien estan muy felices y Ekaterina los ha interrumpido adrede,no se quiere llevar bien con Bianca pero con Sara se lleva bien.Nilsen es muy buena persona,defiende muy bien a los menores y el juez es de la piel del diablo.Me gusta Mirna para Nilsen,harian buena pareja.El capitulo me ha gustado mucho pero me hubiera gustado mas si Nilsen hubiera molido a palos a ese juez que es un sinverguenza.Besos.

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    1. ¡Hola Ramón! Gracias por tu comentario. Sí, Ekaterina tiene algunos problemas que resolver pero hay que esperar, a veces los seres cambian.
      Nilsen no molió a palos al juez creo que porque estaba Mirna que lo hizo entrar en razón. Como buen abogado debe ir por la vía legal. Tendrá su merecido, verás.
      Mirna y Nilsen... creo que tengo otra sorpresa que espero te guste.
      Muchas gracias por acompañarme, te envío un gran abrazo y buena semana!!

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  3. Uy te va qurdando genial . Esperó que tu mamá este mejor . Veamos que pasa con Ekaterina que va mejorando antes me resultaba un personaje antipatico ahora no tanto. Te mando un abrazo

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    1. ¡Hola Citu1 Gracias por comentar. Mamá no creo tenga mejoría, su cerebro ya no responde como antes, ya te contaré.
      Ekaterina es un personaje que promete, solo ten paciencia y verás.
      Te mando un abrazo reina y muchas gracias. Buena semana!!

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  4. Muy bueno capítulo me gustó y ojalá que Ekaterina cambie para mejor porque antes es cierto no la soportaba si cambia seria mejor, Lou no sabía que tu mami estaba muy enferma pensé que estaba mejor, que Dios me la protega e igual para ti, gracias por el capítulo!!!

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